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"Si el Homo bellicus no tiene frenos en el siglo XXI, ríete del XX"

Fernando Calvo González-Regueral publica Homo bellicus, una historia de la humanidad a través de la guerra.

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Fernando Calvo González-Regueral publica Homo bellicus, una historia de la humanidad a través de la guerra.
Fernando Calvo González-Regueral | Archivo

¿Por qué el Homo sapiens se transformó tan pronto en Homo bellicus? ¿Qué relaciones guarda el fenómeno de la guerra con el desarrollo político, económico, social, religioso y hasta cultural de las civilizaciones? ¿Es una actividad innata o podemos pensar en la utopía de erradicarla para siempre y dejarla como una reliquia de los libros de historia? Para contestar a todas estas preguntas, Fernando Calvo González-Regueral acaba de publicar Homo bellicus (Arzalia), repaso de las principales campañas que han determinado la hegemonía de civilizaciones, pueblos y naciones diversas desde el surgimiento de la escritura hasta nuestros días. Hablamos con él:

Pregunta: ¿La guerra surge con la inteligencia? ¿En algún momento el Homo sapiens no fue Homo bellicus?

Respuesta: Buena pregunta. Y es difícil responderla. Yo en los primeros capítulos trato de rastrear el comienzo del fenómeno bélico en esa larga noche de los tiempos a la que llamamos prehistoria. Y creo que la guerra como tal, como la entendemos hoy, es un fenómeno organizado, que necesita disciplina, formaciones de combate y desarrollo tecnológico. Por eso estoy de acuerdo con los historiadores que empiezan a hablar de guerra, en el sentido moderno, a partir de las civilizaciones mesopotámica y egipcia. Pese a todo, en la prehistoria, que es el 99% de nuestra presencia en la tierra, se intuyen claramente entre los diferentes clanes y tribus tensiones bélicas. Primero con el Homo habilis, y después con el erectus y en adelante, se va viendo cómo van desarrollando las armas. Son capaces de tallar bifaces, de atarlas a lanzas, de fabricar hachas… Si no guerras como tal, trifulcas entre tribus seguro que hubo. Y en eso el vestigio más clarificador sobre el asunto son los artefactos defensivos. Los ofensivos, al fin y al cabo, les servían para cazar. Pero hay pinturas rupestres datadas hace alrededor de 40.000 años en las que se puede ver a gente con escudos. Y un escudo no te vale para luchar contra un animal, sólo te vale para luchar contra un semejante.

P: ¿Existe algún otro animal cuyos ejemplares se maten entre sí?

R: Hombre, yo tampoco soy un experto. Conozco únicamente lo que he estudiado para este libro. Pero lo que sí que tengo entendido es que lo único que se ha registrado como una evolución virulenta entre miembros de la misma especie ha sido en algunos tipos de chimpancés. Y precisamente porque son más inteligentes. Al parecer, hacen una lucha más específica que la meramente territorial que practican el resto de animales, y llegan a ensañarse con sus víctimas, que además son sus congéneres. Pese a todo, en toda la evolución no se ha dado la organización bélica encaminada a exterminar congéneres más que en los humanos. Es algo propio del Homo sapiens. Lo que nos lleva a la pregunta anterior. Porque, por desgracia, eso que nos hace sapiens también nos hace muy peligrosos.

P: En el libro también menciona que los conflictos bélicos nacen en las fronteras. ¿Hasta qué punto la guerra podría deberse más a la necesidad de defensa que al ansia de conquista?

R: Eso es lo que llaman la trampa de Tucídides. Tucídides fue el gran estratego ateniense que después de la primera Guerra Médica, cuando los griegos expulsaron a los persas, se dio cuenta de que tarde o temprano habría una segunda invasión. Por eso comenzó a militarizar Atenas. Los teóricos hablan de la trampa de Tucídides refiriéndose al momento, precisamente, en el que por querer defenderte tanto te conviertes en agresor. Pero eso no quiere decir que la necesidad de defenderse sea la causa de todas las guerras. Mira, este libro nació de tres vocaciones. A mí me interesó mucho siempre la historia militar, mi formación es de economista y al mismo tiempo estoy muy interesado en la cultura, entendida como el conglomerado de artes, ideas y creencias que hacen al homo sapiens, precisamente, y no bellicus. En el libro busco constantemente las relaciones entre esos tres factores. Creo que toda guerra tiene un subyacente económico clarísimo. En las guerras el componente atacante, no meramente defensivo, es decisivo. A los Homo bellicus les mueve hasta cierto punto la codicia, también. Quieren lograr mejores recursos, asegurarse mejores rutas comerciales, mejores comunicaciones, etcétera. Siempre hay un componente económico. Y luego, otra cosa es que la cultura recubre todo ese componente económico con factores como la ideología o la religión, que muchas veces lo único que consiguen es enconar todavía más las posturas.

P: Aunque parece que suele prevalecer el factor económico que el ideológico, ¿no? Ahí está Francia durante la Guerra de los Treinta Años.

R: Claro. Ese es un gran ejemplo, porque Francia, gracias a las dos figuras del cardenal Richelieu y de Mazarino, vio que en esa guerra que llevaba tanto tiempo desangrando Europa podía sacar tajada. Después de tanto tiempo de hegemonía española, los intereses en juego eran altísimos. Hay una frase de Richelieu muy representativa que dice algo así como que la lealtad es cuestión de tiempo. Por eso una nación católica como Francia podía justificarse y optar por aliarse con los protestantes.

P: También se me ocurre, aunque tal vez no sea exactamente lo mismo, la figura del Cid y su faceta de mercenario.

R: Sí, claro. Eso era muy común en la época. Y qué bonito nuestro romancero, porque nuestro romance fundacional, que es el Cantar de mio Cid, no lo oculta ni lo embellece. Habla del asunto abiertamente.

P: ¿Hasta qué punto la idea ilustrada y de los primeros capitalistas de que el libre mercado es el mejor sustitutivo de la guerra tiene sentido?

R: Bueno, a ver, Marx decía que la economía es el motor de la historia. Pero yo no creo que sea el único. La espiritualidad no se puede negar. O incluso la propia guerra como elemento civilizador. Los ejércitos eran motor de civilización. A pesar de su fuerza destructora, cuando eran disciplinados y representaban a naciones desarrolladas servían como correa de transmisión de la cultura. Pero respondiendo a tu pregunta, es cierto que Adam Smith planteó esa idea en La riqueza de las naciones. Sin embargo, en la época en la que él lo escribió, Inglaterra comenzó a preconizar el libre mercado a costa de los demás, ya que tenía un imperio vastísimo al que debía seguir alimentando. Ahora bien, quizás esa intuición de Smith sí que pueda ser cierta en este siglo XXI. Estamos en un momento que está siendo más turbulento de lo que muchos imaginaban, pero también se ha llegado a un punto en el que el beneficio que se puede obtener con la guerra es muy pequeño en comparación con lo que se puede obtener por otros medios. Esa es una gran ventaja que puede servir como factor de contención. La propia cultura ha cambiado debido al desarrollo y al mantenimiento de la paz en buena parte de los países desarrollados. Ahora la guerra es un espanto, pero antes no era así. Ha habido épocas en las que era glorificada. Y eso llevaba a muchas naciones a ser militaristas. Trataban de conseguir con la guerra lo que de otra forma les llevaría décadas de trabajo constante, pero sin la percepción de ir encaminadas hacia un beneficio específico a corto o medio plazo.

P: Eso es interesante. ¿Cómo ha cambiado la guerra la mentalidad humana y su relación con la muerte en las distintas épocas?

R: Pues sí que es interesante. Mira, yo siempre he pensado que la historia militar nada entre dos aguas, muy peligrosas las dos. Una es la exaltación de lo bélico y la otra el pacifismo ingenuo. Ojalá hubiera paz, pero la historia nos demuestra que el hombre ha recurrido a la guerra por motivos diversos en todas las épocas. Además, la guerra, al ser un fenómeno humano, es claramente negativa, sí, pero también ha traído cosas positivas. Ha generado avances tecnológicos y científicos. Lo que hay que tener en cuenta es que la percepción que tenemos hoy de ella es muy reciente. Se debe fundamentalmente a las dos Guerras Mundiales, y sobre todo la Primera, antes que a la Segunda. Aquella fue una guerra que supuso una verdadera masacre. Generaciones enteras de jóvenes perecieron en un lodazal. Además, una buena parte de la población civil pudo verlo con sus propios ojos a través de imágenes y fotografías. La conmoción que supuso es incomparable a la generada por cualquier otro conflicto en la historia. Porque no nos engañemos, hasta entonces la guerra no sólo no era mal concebida, sino que era más bien un timbre de gloria. La excepción tal vez comenzó con las Guerras napoleónicas y con la Guerra de Secesión americana. Pero no hay más que ver la literatura universal para darse cuenta de esto. El primer poema épico es la Ilíada, que a lo mejor no es un canto a la guerra en sí, pero si a los valores que se producen en ella. Y por eso hay que tener cuidado en cómo se cuentan las guerras, para no caer en esas dos tentaciones peligrosas.

P: ¿Cómo cree que ha afectado una paz tan prolongada a las sociedades occidentales?

R: Bueno, es que eso es relativo. Esa paz de la que hablas se puede aplicar en ciertos países muy concretos, pero hay otras muchas zonas del mundo en las que la violencia sigue estando muy presente. De nuevo, todo proceso humano es polifacético. Se dice que Europa lleva en paz desde el año 45, pero yo lo dudo. Primero por la Guerra de los Balcanes, pero también por los diversos movimientos terroristas que en aquí conocemos tan bien. Pese a todo, sí, podría decirse que la sociedad europea se ha olvidado de la guerra, hasta cierto punto. Y esto es bueno y malo. Yo entiendo que una sociedad pacífica, que apuesta por la vía de la cooperación, es mejor que una beligerante y autodestructiva. Pero la cosa cambia si esa sociedad empieza a dejar de ser capaz de percibir las amenazas externas. El canto a la paz puede transmutarse en una falta de alerta peligrosa. Y Europa a día de hoy no parece estar demasiado alerta con los grandes retos que plantea el siglo XXI. No obstante, igual que te digo esto, no hay nada nuevo bajo el sol de la historia. El espíritu bélico se recupera en milésimas de segundo. Cuando una nación se ve en peligro, enseguida moviliza los recursos, y da igual que hubiese sido pacifista hasta el día anterior. Igual está peor preparada para afrontar la amenaza, pero movilizarse se moviliza. Sólo hay que ver a España en 1808, por ejemplo. Eran otros tiempos, por supuesto. No se puede decir que España fuese un país pacifista. Pero sí que se encontraba muy aletargado. No se esperaba una invasión como la que le llegó. Y sólo hizo falta un primer conato de resistencia ciudadana para que el país entero se levantase en armas e iniciase una guerra a muerte contra el invasor.

P: El libro también recoge los grandes avances que aportaron generales geniales en las diferentes épocas. ¿Pero hasta qué punto cualquier batalla está más condicionada por factores azarosos e incontrolables que por las órdenes y estrategias de los que mandan?

R: Buena pregunta. Me hace recordar la famosa trilogía de John Keegan: El rostro de la batalla, que analiza la batalla desde el punto de vista del soldado; La máscara del mando, que lo hace desde el punto de vista del general; y Seis ejércitos en Normandía, que lo hace desde el punto de vista de los ejércitos como institución. De nuevo, te contesto como economista: todo es cierto y todo es falso. Waterloo es un buen ejemplo. Napoleón no planificó la batalla tan bien como otras, porque estaba cansado y le movía la prisa. Pero luego, claro, la batalla fue un caos. Cualquier batalla de cualquier época es un caos que depende de muchos azares. Si le aplicáramos el método Keegan a la batalla de Waterloo veríamos aciertos de Napoleón como organizador, seguro, pero sobre todo un error manifiesto en su decisión de practicar una batalla frontal, cuando su verdadera especialidad era el movimiento. Lo que quiero decir es que el estratega planifica, y cuanto mejor planifica mayores posibilidades de éxito tiene. Además, también hay generales que saben imprimir una determinada moral de victoria a las tropas, cosa que tampoco se debe obviar. Pero aún así, cuando se tiran los dados, la batalla está sometida a una infinidad de azares que pueden hacer que una perfecta planificación se vaya al traste.

P: ¿Y cuántos posibles avances geniales de generales valiosísimos habrán caído en el olvido porque el azar de la batalla no les dio la victoria?

R: Pues esa es una reflexión que me encanta, porque me lleva a un tema que yo pongo en valor en el libro y que suele pasar desapercibido en la mayoría de la literatura bélica. Hay una cosa que suele estudiarse poco, que es la orgánica. Se trata de cómo se articulan las armas, la instrucción, la cadena de mando y demás factores del ejército en un todo que haga posible sostener la hegemonía militar durante décadas o siglos. Y para mí sólo ha habido tres grandes revoluciones a lo largo de la historia. La legión romana, que mejoró la falange griega, demasiado defensiva y compacta; el tercio español, que combinó de manera versátil y eficaz las armas de fuego con las armas blancas, sentando de esa forma el precedente de la escuela militar moderna; y por último la división napoleónica, de la que siguen bebiendo los ejércitos actuales. Unidades militares pensadas para actual de forma autónoma, pero en coordinación con otros. Por continuar con el ejemplo de los tercios, la escuela española no fue hegemónica durante tantísimo tiempo porque los españoles fueran más valientes, sino porque tenía una mejor organización. Y la buena organización, sí, en una batalla te puede fallar, pero a la larga acaba imponiéndose. El tercio era un poder militar al servicio de la política. El rey podía embarcar a los tercios hacia América o Lepanto, por ejemplo. Además, era tácticamente muy versátil. Servía tanto para un sitio en Breda como para una batalla campal. Logísticamente era un prodigio de organización: ahí está el Camino Español, que permitía que en quince días el Duque de Alba pudiese trasladar a sus tercios desde Milán hasta Flandes. Y, por último, también existe un reflejo cultural. El soldado era el centro de toda la orgánica. Se les llamaba señores soldados. Un capitán podía arrestar a un subordinado, pero no ofenderle. El señor soldado era un timbre de gloria. Además estaba imbuido de un espíritu religioso increíble, que le motivaba. También le motivaban otras cosas, como el pillaje, igual que a todos los soldados de todas las épocas. Pero era un soldado disciplinado y leal a sus mandos, sobre todo. Tanto es así que incluso cuando se subleva, con toda la razón, porque el rey no le paga, si había batalla dejaba la sublevación y cogía las armas. En definitiva, lo que quiero decir es que sin la orgánica no hay escuela que dure mucho tiempo. Y estas tres escuelas que he mencionado son las que revolucionaron la táctica y, me atrevería a decir, también la estrategia militar.

P: El libro recoge mapas y explicaciones de batallas famosas acontecidas en siglos muy diversos. ¿Alguna favorita?

R: Mira, Ricardo Artola tiene dentro de su equipo en Arzalia a un cartógrafo, así que desde el primer momento mantuvimos varias conversaciones sobre cómo enfocarlo. Al final fue como una gesta común. Los dos teníamos claro lo mismo. Él también es un gran experto en historia militar. Y no hay libro de historia militar que valga sin mapas de apoyo. Lo que sí le dije yo es que iba a ser un poco irreverente. Por ejemplo, pocas batallas hay más decisivas en la historia como la batalla de Waterloo. Sin embargo, también es muy anodina. Es un choque frontal. Prefiero poner un mapa de la campaña de Austerlitz, que no de la batalla de Austerlitz, porque se trata de algo mucho más interesante. Napoleón fue jugando con sus divisiones, entre el Rin y el Danubio, y llevando a los ejércitos austriacos y rusos hacia un punto donde les dio la batalla decisiva. Ese ha sido más o menos mi criterio a la hora de seleccionar los mapas. También he intentado darle protagonismo a las batallas navales, que son las grandes olvidadas. De hecho, disfruté mucho haciendo el plano de la batalla de Trafalgar. Es una batalla que a nosotros nos duele mucho, porque perdimos, pese a tener mandos estupendos. Pero es que fue un prodigio de organización de Nelson, que es el auténtico Napoleón de los mares. Y además creo que es un plano que nos quedó muy elocuente.

P: Otra cosa, aprovechando que es un tema que aparece en el libro y que puede llegar a estar de actualidad: ¿El concepto de España es anterior o posterior a la Reconquista?

R: Hombre, los hechos son los hechos. Luego, la interpretación que haga cada uno es libre. Algunos interpretan la historia sin demasiada base, desde mi punto de vista. Se deben más a reclamaciones políticas actuales que a otra cosa. Lo que yo le recomendaría a todo el mundo es que leyese España inteligible, de Julián Marías. Por desgracia, a día de hoy habrá mucha gente que no sepa quién es. Pero era un filósofo para nada sospechoso de ser de derechas. Y en este ensayo sostiene que España es una nación que quiere hacerse a sí misma. Que desde el principio tiene claras sus señas de identidad. Y las tiene desde la época de los romanos, cuando asumen la romanización pero también hispanizan al romano. Además, luego, los reinos cristianos compartieron el mismo espíritu de unidad para expulsar al infiel del suelo que consideraban suyo. En el fondo esa es la clave. Durante la Reconquista, como luego en el imperio, lo que se buscaba era una unión de iguales. Aunque luego todos asumiesen que Castilla era la primus inter pares, por su vitalidad, su fuerza demográfica y demás. Por eso lo que yo hago en ese capítulo es extraer una larga cita de Julián Marías. Al final, las Españas configuraron el primer país, nación, o llámalo como quieras, moderno. Europa se desangraba en el feudalismo pero en España el que tenía méritos se convertía en hidalgo. Además, cuando acaba la Reconquista y se expande, iba uniendo a su reino los territorios conquistados, para igualarlos. Por eso lo importante en España no es la bandera o los colores. Es el escudo. El escudo te cuenta que nuestra historia es una historia de ir uniendo. Nuestro siglo XIX, por el contrario, fue una especie de examen de conciencia eterno. Desde entonces nos dedicamos a torturarnos y, cuando no tenemos un problema externo, lo buscamos interno y nos matamos entre nosotros.

P: Por ir acabando, ¿la guerra es evitable? ¿Qué está frenando más el estallido de otro conflicto mundial, el comercio global o el miedo al poder armamentístico que se ha desarrollado? ¿Si mañana el Homo sapiens destruyera toda su tecnología bélica, volvería a guerrear?

R: (Risas). Buena pregunta. Yo creo que cualquier profecía se carga un libro de historia, y por eso el mío acaba en 2015 y no pretende aventurarse más allá. Ahora hay ciertas tendencias que podrían apuntar hacia algún lado. Rusia ha crecido e interviene en Ucrania, China se está remilitarizando, Estados Unidos ve los peligros... Y sigue habiendo guerras irregulares, como la de Siria. No sabemos qué pasará. Lo cierto es que no se retrocede nunca. Los avances que se alcanzan una vez, se quedan para siempre. La energía nuclear vino para quedarse. Me parece un debate absurdo cuando se dice que tal o cual país ha creado un programa nuclear. Bueno, si es que una bomba nuclear la haces casi en tu cocina, llegados al punto en el que estamos. Pero es que el debate no es ese. El tema es que la Guerra Fría, dentro de que fue cruda, larga y repleta de costes ocultos, sentó un buen precedente, que es el de la contención. Tenemos unas armas de un poder destructivo tremendo, para nadie es beneficioso utilizarlas, pero, por otro lado, nos viene bien conservarlas para poder conseguir lo que queremos vía amenaza. Entonces, si eso lo combinamos con lo que hablábamos antes de los economistas, y si vamos viendo que en un mundo globalizado la economía de cooperación e intercambio, que no altruista, sigue dando más beneficios que la guerra, a lo mejor aseguramos dos frenos poderosos que paralicen a Homo bellicus en el siglo XXI. Porque si Homo bellicus no tiene frenos en el siglo XXI, ríete del XX. La fuerza armamentística y las formas de propagar las amenazas a través de la tecnología, que es la verdadera revolución que estamos viviendo ahora, no tienen parangón con ningún otro momento histórico. Al final, hay un pulso constante entre Homo sapiens y Homo bellicus. Y Homo sapiens debiera imponerse, porque lo contrario supondría una destrucción de límites incontrolables.

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