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Agapito Maestre

Don Marcelino y la vuelta al mundo

El propio Cervantes ya sabía que don Quijote estaba destinado a trascender la figura del autor y su circunstancia.

Agapito Maestre
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El propio Cervantes ya sabía que don Quijote estaba destinado a trascender la figura del autor y su circunstancia.
Quijote de Gustav Dore (1863) | Cordon Press

Septiembre. Madrugada. Noche cerrada. Luces y faros resplandecientes vemos en el horizonte. Un barco velero encomendado a la Cruz de Santiago se aproxima al muelle. Es una réplica perfecta del mítico barco de Magallanes y Elcano. Surca las aguas a vela plegada. Al timón de la nave de 21 metros de eslora va el doctor Cidad. Su cara es de satisfacción. Todo es sosegado. El vídeo esta filmado desde el barco que se acerca a tierra. Son siete minutos de película inolvidable. El silencio de la noche es interrumpido por una voz, casi un susurro, una indicación para virar un poco más a estribor. La noche es de fin verano. Otoñal. Son las cuatro de la madrugada y el Brujo de Villahizán entra en puerto como lo hiciera, en el siglo XVI, El Cano y sus acompañantes. Ha llegado a Sanlúcar de Barrameda. Está feliz. Cumplida su aspiración. Asistimos al final de una pequeña aventura. Ha hecho, o repetido, los últimos días de la travesía marítima de una de las hazañas más grandes de los españoles de todos los tiempos: la vuelta al mundo. La imitación mereció la pena. Memorables fueron esos días y noches en el mar.

El viaje ha terminado. El amigo Ángel me hace partícipe de su experiencia por WhatsApp con la entrega del vídeo y unas palabras para resumir lo vivido:

"He concluido mi intento de comprensión de las maneras y los medios de los bravos españoles que dieron la vuelta al mundo. Cambiaron la historia de la humanidad. Hemos atracado prácticamente donde lo hizo Elcano en septiembre de 1522. Estoy más cerca de entender la pasión de algunos hombres por jugarse su vida por la grandeza de una nación, o quizá simplemente por sentirse vivos. Creo que esta travesía me vuelve un poco más sabio, y me llena de gratitud hacia aquellas personas que consiguieron hacer más ancho y holgado el mundo. Esa gente me da motivos para tener esperanza en los seres humanos."

La postdata a sus palabras no podía faltar:

"Leí con mucha atención, durante la travesía de Algeciras a Sanlúcar de Barrameda, tus comentarios sobre el estudio de don Marcelino al cervantino Coloquio de los Perros. En cuanto tenga tiempo, volveré sobre esas páginas de la Historia de los heterodoxos españoles. De momento, me pongo la tarea de leer las Novelas Ejemplares. Seguiré el consejo sabio de don Marcelino: esas novelas deben situarse ´entre la primera y la segunda parte de El Quijote’ ", vendría a ser grandes ejercicios que preparan "para la obra serena, perfecta y equilibrada de la parte segunda, en que la intuición poética de Cervantes alcanzó la plena conciencia de su obra, trocándose de genialmente inspirada en divinamente reflexiva." (1)

Así es, querido doctor, la segunda parte de El Quijote es la culminación de una obra magna, portentosa y "progresiva" de un autor muy reflexivo y consciente de su creación. La extensa cultura literaria de Cervantes es mostrada con elegancia por don Marcelino. Todas sus obras "prueban una cultura muy sólida y un admirable sentido." Fue un escritor lento, meticuloso y preciso. Cada una de sus novelas era una nueva conquista. La obra de Cervantes es un continuo avance hacia la perfección. La segunda parte de El Quijote sería, permíteme la comparación, como las jornadas finales y culminación del viaje de Magallanes y Elcano… ¡Culminación de una hazaña! La llegada feliz a puerto con consciencia de lo realizado. Varias estrategias sigue don Marcelino para probar que Cervantes era, en efecto, consciente de ese progreso, pero hay una contundente: el análisis literario de El Quijote es inseparable del autor y del resto de su obra. Cuando leemos los trabajos de Menéndez Pelayo sobre El Quijote, vemos los avances de Cervantes. Ahí está el toque genial.

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Miguel de Cervantes

Sin embargo, lo normal, casi una cosa común, entre los estudiosos de El Quijote es olvidarse del autor para centrarse sólo en el personaje don Quijote. Esta actitud es muy corriente entre los ensayistas y los filósofos con afán de originalidad. Olvidan la crítica literaria, o peor, no saben qué contiene de sabiduría y creación el análisis literario. El propio Cervantes, como nos advierte don Marcelino, ya sabía que don Quijote estaba destinado a trascender la figura del autor y su circunstancia; son muchas lenguas y culturas en el mundo que conviven con la figura de don Quijote y desconocen por completo el nombre de Cervantes y su poder creativo. Hacen mal, porque es menester hablar de la obra entera de Cervantes para penetrar en los secretos de El Quijote.

Unamuno, Ortega, Azorín, Castro y otros muchos terminan por hablar solo del personaje, o mejor, de los personajes creados por Cervantes, pero olvidan al autor y, seguramente, su obra entera. No escudriñan la literatura, como diría Menéndez Pidal, al modo memorable e inigualable de don Marcelino. No entran, o mejor, no quieren entrar en el significado literario. Por el contrario, la intuición de don Marcelino es hacer inseparable a Cervantes de El Quijote. Creativa, intuitiva y artística es su crítica, porque su análisis estrictamente literario de la primera parte de El Quijote, junto a las Novelas Ejemplares empezando por su prólogo, tiene un objetivo preciso mostrar el tránsito de unos libros genialmente inspirados a un obra de arte completa, genuina reflexión sobre sí misma, que es la segunda parte de la vida de don Quijote y Sancho.

He ahí la singularidad, la gran diferencia, entre la visión de la obra de Cervantes de don Marcelino y los que vinieron después. Éstos no supieron valorar de modo adecuado los valores literarios de Cervantes, especialmente el poder educativo de la novela. No supieron ver, o no quisieron leer a don Marcelino, para comprobar que El Quijote es el mayor libro de pedagogía de todos los tiempos. Por eso, yo le exhorto al doctor Cidad a releerlo para comprobar la verdad de don Marcelino a propósito de Sancho:

"Es un espíritu redimido y purificado del fango de la materia por don Quijote; es el primero y mayor triunfo del ingenioso hidalgo (…). Don Quijote se educa a sí propio, educa a Sancho, y el libro entero es una pedagogía en acción, la más sorprendente y original de las pedagogías, la conquista del ideal por un loco y por rústico, la locura aleccionando y corrigiendo a la prudencia mundana, el sentido común ennoblecido por su contacto con el ascua viva y sagrada de lo ideal." (2)

No es, sin embargo, la literatura, o mejor dicho, la novela como pedagogía, el mayor acierto visto por don Marcelino en la obra cervantina, sino el haber dejado indecisas las fronteras entre la locura y la razón. Pero de eso ya habrá ocasión de departir con el Brujo de Villahizán.


(1) MENÉNDEZ PELAYO, M.: "Cultura literaria de Cervantes y la elaboración de El Quijote", en Obras Completas. Estudios de crítica histórica y literaria. Espasa-Calpe Argentina, I. Buenos Aires, 1944, págs. 326 y 327.

(2) Ibidem, págs. 355 y 356.

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