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María Dueñas: "La culpa de que yo escriba 'Sira' la tiene Tánger"

La autora, recién publicada la segunda parte de El tiempo entre costuras, pasea con la prensa por los lugares que le inspiraron la historia.

María Dueñas tardó en entender a qué se referían los escritores con los que hablaba cuando le decían aquello de que sus personajes se les escapaban. Tuvo que sentarse a escribir para experimentarlo. Antes de eso, la cosa le parecía una idiotez. Una fantasmada propia de personas adictas a crear ficciones aparentemente convincentes. Entonces llegó El tiempo entre costuras, la novela que debía girar en torno a Juan Luis Beigdeber y su amante Rosalinda Fox, pero que terminó siendo protagonizada por una modistilla que les ganó la partida pese a haber sido creada como mero testigo circunstancial, sutil recurso literario.

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Sira ya es uno de los personajes fundamentales de la literatura española en el siglo actual. Aunque sólo sea por la cantidad de lectores que llevan más de una década esperando la continuación de su historia. Felizmente, hace unos meses pudieron leerla, y lo curioso es que, igual que la primera vez se escapó de su autora para entregarse a cualquiera que la acogiese leyendo, ahora ya no le pertenece a nadie. María Dueñas dice que ella no ha sentido ninguna necesidad de resucitarla, sino más bien de regresar con la ficción a esos escenarios marroquíes que compusieron el paisaje sentimental de gran parte de su familia y de tantos otros españoles. Una vez en Tánger, sin embargo, reconoció de inmediato que tampoco podía traicionarla. Tenía que continuar con Sira aquello que había dejado hace ya doce años.

Sira (Planeta), la quinta novela de Dueñas y segunda parte de su ópera prima, llegó a las librerías hace varios meses, pero hoy toca volver a hablar de ella. A finales de la semana pasada, la autora hizo de anfitriona para la prensa en Tánger en un acto organizado por el Instituto Cervantes e ideado para que, quien quiera, pueda comprender el verdadero motor que hay detrás de esta historia. Al contrario que en la mayoría de novelas, aquí el paisaje es superior a la trama. "La culpa de que yo escriba Sira la tiene Tánger", trató de explicar la escritora. Era necesario recorrerlo con ella para entenderlo.

Los que ya hayan leído el libro sabrán que es la descripción de un recorrido cuyo destino final es el comienzo. Sira atraviesa el mundo para volver a donde dejó de ser lo que fue y comenzó a escaparse. Así, aunque en este segundo tomo regrese a Madrid, se instale en Palestina y viva un tiempo en Londres, lo más importante será su último paso. "Tánger es la cuarta última parte de la novela, pero era a donde yo quería llegar desde el principio", dijo Dueñas, y con eso resumió el sentido de su vocación creadora.

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Toda su vida había oído hablar de Tetuán, del protectorado español, tan cercano a la "metrópoli" de Tánger. Allí se instaló una gran rama de su familia. Por eso, cuando decidió ponerse a escribir, lo único que tuvo claro era que debía recrear ese escenario en sus tiempos más gloriosos. El tiempo entre costuras narra el tiempo de la guerra, Sira se centra en lo que vino después. "Si en los años cuarenta aquello era un hervidero de espías y de intrigas internacionales, en los cincuenta era otra cosa". Había más dinero, más escritores, más artistas y el refinamiento de una Barbara Hutton que acabó atrayendo a todo un séquito de admiradores. "Aunque no todo era glamour. Junto al lujo británico estaba la ciudad de los churros". Ese también era el lugar de huida de mujeres laboriosas que escapaban del hambre o de cualquier otra cosa, de embarazos no deseados, de la tristeza del hogar desolado, para ganarse el futuro que a tantos otros se les acababa de truncar.

Todo eso toca la novela, pero no sólo. A Dueñas le interesaba regresar también al Madrid del puchero en la lumbre, cuando Eva Perón se paseó por allí con sus abrigos de pieles y su temperamento burlón, capaz de quitarle importancia al mismísimo Franco; sobrevolar el nacimiento del Estado de Israel, la mala gestión de los británicos en esa encrucijada; y viajar también así hacia la capital del antiguo imperio con la intención de recorrer sus contrastes. Todo para llegar al final, a su Marruecos sentimental, quizás con el convencimiento tardío de que el viaje de la vida es una excusa, igual que la trama de cualquier novela, y el verdadero sentido reside en el lugar en el que deseamos estar en los momentos en los que no estamos en ninguna parte.

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