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David Jiménez: "Contar la verdad no cambia el mundo, pero es necesario"

El exdirector de El Mundo y antiguo reportero de guerra publica El corresponsal, novela inspirada en la Revolución Azafrán birmana de 2007.

Antes de ser director de El Mundo y de escribir un libro desvelando entresijos y chismorreos de una de las redacciones más importantes del país, David Jiménez fue corresponsal de guerra. Cubrió conflictos internacionales durante dos décadas. En 2007 presenció la Revolución Azafrán, en Birmania, y vio de primera mano cómo el ejército abría fuego contra manifestantes pacíficos e inocentes. Ahora publica El corresponsal (Planeta), una novela inspirada en aquellas vivencias y un relato que desvela el día a día de los reporteros que se juegan la vida para contar la verdad en los sitios más peligrosos del planeta. Sus miedos, sus ambiciones, sus lealtades y traiciones. Todo va deslizándose a través de la trama de un libro pensado para entretener, pero también para dejar constancia de una verdad que sigue siendo necesario conocer. Hablamos con él:

Pregunta: ¿Qué pesa más en la guerra: el cinismo, la locura o la esperanza?

Respuesta: Es difícil responder a eso con exactitud. La perspectiva periodística, además, se ve envuelta en muchos factores. El único triunfo posible del periodista es ser capaz de contar la verdad. Y al menos en eso sí que puede quedar optimismo. El periodismo es una profesión en la que hay que tener mucha capacidad para aceptar la frustración. Los reporteros de guerra se preguntan a menudo si lo que hacen sirve para algo. Y no siempre sirve. Muchas veces no sirve. Por eso la suya es una lucha constante contra los demonios del cinismo y contra la tentación de dejarse llevar por el pesimismo. Al final, cuando tú estás cubriendo el lado más oscuro de la condición humana de forma constante es muy difícil no caer en la desilusión. En el libro yo trato de plasmar esa batalla en todos los personajes, especialmente en el de Daniel Vinton. La necesidad que todos sienten por agarrarse a algo de esperanza, después de haber hecho ese trabajo durante muchos años.

P: ¿Qué papel juega la vanidad en el corresponsal de guerra? ¿Hay más idealistas que buscadores de fama o de aventuras?

R: Pues hay de todo. Los personajes de mi libro están muy inspirados en los que me he encontrado en la vida real durante mis veinte años de reportero. Y te los encuentras de todo tipo, créeme. Te encuentras idealistas locos, convencidos de que van a mejorar el mundo con sus crónicas; y tipos como Maloney, que han levantado un muro con respecto a la gente de la que escriben y que lo único que buscan es su exclusiva, hacerse famosos y tener éxito profesional. Luego hay personas que son una mezcla de ambos. Depende mucho de cada uno. En realidad, en la mayoría de los casos hay una mezcla de ambos. Sin esa mezcla, muchos no serían capaces de ir a las guerras. Hay reporteros que son idealistas, y van allí porque creen que su cobertura puede tener un impacto y aportar algo de luz en medio del conflicto, pero a la vez también quieren vivir una aventura, y obtener un reconocimiento. Todas esas motivaciones me parecen legítimas. Ahora, me cuesta creer que alguien sin ningún idealismo se juegue la vida en una guerra. Porque en las guerras, al final, fama y dinero hay poco. Yo no habría ido a la guerra si no hubiera pensado que, aunque fuera de una manera mínima, el contar lo que estaba pasando iba a contribuir a mejorar la situación. Y la historia está llena de ejemplos de cómo el periodismo ha servido. Tú te vas a Vietnam y sin esos reporteros, cuyas historias cambiaron la percepción que tenían los estadounidenses de la guerra, no se habría producido el giro en la opinión pública que forzó a Washington a llegar a un acuerdo. En Yugoslavia se estaban masacrando sin que nadie hiciera nada y fueron los reporteros, describiendo aquellos horrores, los que pusieron presión en los despachos políticos para que se hiciera algo. Yo quiero pensar que el periodismo sirve, si no para detener la guerra, al menos para aportar luz y para concienciar a la gente de que hay que hacer algo por detenerlas.

P: ¿Es posible comunicar el horror? ¿No existe un límite ahí?

R: Nunca. Ninguna imagen en el telediario, ninguna crónica, por muy bien escrita que esté, va a poder sustituir lo que es ver la guerra con tus propios ojos. Escuchar los gritos de una madre que ha perdido a su hijo. O el olor, con todo lo que ello conlleva. Pero sí que puedes aspirar a romper la indiferencia. Y a ganarte la empatía de gente que está a miles de kilómetros de distancia, pero que, a lo mejor, gracias a tu crónica, empieza a importarle lo que está sucediendo ahí. No lo va a sufrir como una víctima de la guerra, ni lo va a vivir como tú, que estás allí, pero a lo mejor sí que logras que le importe. Y eso yo creo que es mucho.

P: ¿Cuáles son los peligros de la sobreexposición informativa? ¿La gente vive anestesiada de las desgracias del mundo?

R: Creo que hay fatiga, sí. Hay una fatiga de sobreexposición, de bombardeo de imágenes. Nunca antes en la historia ha habido una oferta informativa más masiva, indiscriminada, que la que tenemos ahora. Las redes sociales también han cambiado el esquema. Tú antes veías el telediario y esa era tu única ventana a las cosas que pasaban. En cambio, ahora, te llegan estímulos visuales por todos lados. Es normal que tu reacción cada vez sea menos implicada. Lo que tenemos hoy es a una ciudadanía anestesiada con la desgracia ajena. Pero no sólo con las guerras lejanas, sino con desgracias que ocurren en nuestro país, también. Cosas que pasan en tu propio barrio. En mi opinión, la respuesta a eso no debería ser más sensacionalismo. Ofrecer imágenes más brutales. Eso ya no tiene efecto. Debería ser explicar mejor por qué se producen esas cosas. Ir al origen de los problemas. Y también indagar en las posibles soluciones. Pero sí, la gente está muy anestesiada del dolor ajeno. Cada vez nos cuesta más identificarnos con los problemas, sobre todo, de pueblos que están a miles de kilómetros de distancia.

P: ¿El cinismo se contagia? ¿Es posible que la gente esté cansada de empatizar porque piensa que, en última instancia, las cosas no van a cambiar?

R: Bueno, eso es lo que vive Daniel Vinton en mi novela, de hecho. Su desencanto viene de la repetición constante de conflictos, revoluciones e historias que ha cubierto. Y de su sensación de que a lo mejor todo lo que ha hecho, que le ha costado sacrificios en su vida personal, no ha servido para nada. Cuando él se encuentra con Miguel Bravo, que es un tío joven, idealista, que cree que va a cambiar el mundo, le recuerda a sí mismo cuando todavía era así. Siente nostalgia de esos días en los que creyó. De ahí es de donde surge esa amistad que después va a ser tan importante para los dos. A nivel personal creo que es una batalla que viven todas las personas. Sobre todo las que cubren historias de este tipo. De la misma manera que el médico que ha operado mil veces ya no se impresiona con la sangre, o el forense con los cadáveres, supongo que hay mecanismos de la mente para protegerse frente a eso. Y los periodistas también los tienen. Uno de esos mecanismos, claro, es el cinismo. Pero creo que es el equivocado. Porque, si te vuelves un cínico, si te deja de importar la gente de la que escribes, difícilmente vas a transmitir lo que está pasando. (Piensa). Creo que es casi imposible endurecerte, con el paso de los años. Pero también creo que es posible que te siga importando lo que estás contando. Ahí no cuenta tanto el periodista como la persona. Depende de cómo sea cada uno.

P: ¿Cuál es la verdadera labor del reportero? ¿Dónde se detiene su capacidad de acción? ¿Es difícil presenciar una injusticia y saber que no se puede intervenir, que sólo se puede plasmar lo que se ha visto?

R: En el documental de Hemingway, que está ahora en Filmin, se cuenta cuando se fue a la Segunda Guerra Mundial como reportero. Ya en los últimos días del nazismo, él se pone el casco, se pone el uniforme, le dan un arma y se va a matar nazis. Ese fue el grado de implicación que tuvo Hemingway en la Segunda Guerra Mundial. Yo creo que eso es romper todas líneas de lo que debe ser un reportero de guerra.

P: ¿Dos Passos no le acusó de ser un turista de guerras, o algo así?

R: Bueno, él era un poco un espectáculo. Estaba lleno de ego. Iba buscando historias para sus libros. Y era protagonista. Quería serlo. Pero yo no creo en el periodista protagonista. Creo que tienes que tomar una distancia y ser un mero testigo. Dicho esto, tú no ves a un niño que está a punto de morirse y dejas de prestarle tu transporte para llevarlo al hospital porque "no puedes intervenir". Eso es absurdo.

P: Me recuerda al debate famoso acerca de la labor de los fotógrafos, que disparan antes de prestar ayuda.

R: Ese es un falso debate. Fue muy famosa la fotografía aquella del niño famélico y el buitre detrás. Bueno. ¿La realidad cuál es? Pues que muy cerca de donde se tomó esa fotografía había un destacamento de la Cruz Roja que iba a atender a ese niño. Ponerle la responsabilidad de salvar vidas al fotógrafo, o al reportero, es absurdo. Ahora, son personas. Y yo estoy convencido de que la mayoría de ellos, en una situación extrema, si pueden ayudar lo van a hacer. Eso del reportero buitre, que está ahí sólo para sacar partido de la desgracia, y que no le importa nada… Yo en veinte años he encontrado muy poco de eso. Echar una mano no es incompatible con el trabajo del periodista.

P: Y cuando no es posible intervenir, ¿se sienten remordimientos?

R: Se sienten remordimientos sobre todo porque el riesgo de que tu trabajo dañe a terceros siempre está ahí. Yo lo he vivido con traductores, por ejemplo. Tú te vas a hacer una historia en una dictadura, como puede ser Corea del Norte o como puede ser Birmania, te llevas a tu traductor y el riesgo para ti es que te deporten del país, pero el riesgo de tu traductor puede ser la cárcel. Muchas veces te encuentras en encrucijadas morales. Por una parte quieres contar la historia pero por otra no quieres poner en riesgo a gente local que puede pagar unas consecuencias graves. Ahí es donde, de nuevo, entra la persona. Yo he dejado de hacer historias precisamente por eso. Y he tenido historias ya finalizadas pero me las he tenido que comer al pensar en las posibles consecuencias que podían tener en personas inocentes. Al final, tienes que poner en la balanza beneficios y perjuicios. Tú te metes en periodismo y te vas a un país lejano con la idea de mejorar las cosas. Si vas a empeorarlas, esa historia no merece la pena.

P: ¿Cómo se mide ese riesgo?

R: Es algo que te da la experiencia. Cuando eres joven e impetuoso te lanzas mucho más a la piscina. Y a veces no hay agua. Haces cosas sin pensar demasiado en sus consecuencias. Pero con los años vas midiendo mucho más qué impacto va a tener esa historia para la gente que te ayuda. En el caso de un régimen totalitario como es Birmania, cuando yo iba a trabajar ahí, me tenía que plantear estas dudas constantemente. Tú podías ir a entrevistar a un disidente, pero es que la historia que tú publicabas al día siguiente le señalaba y le podía devolver a la cárcel. Ahí tienes que calibrar muy bien. Hablar muy claro con la persona, evidentemente. Porque, por una parte, ellos quieren tener un altavoz. Necesitan contarle al mundo lo que les está pasando. Pero por otra parte hay un riesgo detrás. En este caso son personas adultas que toman sus propias decisiones. Pero aquí la encrucijada es qué está por delante: el periodista o la persona. Y yo creo que en el momento en el que puedes estar poniendo en riesgo a otros, la persona debe estar delante del periodista. Y tu exclusiva no puede ser prioritaria frente a la vida de otros bajo ninguna circunstancia.

P: ¿Qué presiona más, la competencia con otros reporteros o la propia exigencia editorial del medio en el que se trabaja?

R: Yo creo que la mayor presión se la pone uno mismo. Quieres hacer bien tu trabajo. A mí me ha pasado al revés. Yo he estado en Fukushima, durante la crisis nuclear, cuando el resto de periodistas ya se habían marchado, y el periódico me pidió que me marchase también. Pero fui yo el que me negué. Pensaba que tenía una gran historia entre manos y me gustaba ser el único que estaba allí. Luego sí que hay competencia, claro. De hecho, yo he intentado que El corresponsal no sea un retrato hollywoodiense, que esté también el lado menos amable de esos personajes heroicos, en cierto modo. Hay competencia, claro que sí. Trampas entre ellos. Deslealtades. También amistades que se crean y que son muy fuertes. Porque, cuando estás en una situación de peligro todo es mucho más intenso. El amor, la amistad, las deslealtades… Todo te lo tomas de una manera más intensa. Y eso está ahí. Hay compañeros que son muy solidarios en situaciones de riesgo y hay otros que están pensando sólo en su exclusiva y que son capaces de vender a su abuela por salir al día siguiente en portada. Es como en cualquier otro sitio. En cualquier oficina de Madrid tienes todo tipo de personajes.

P: ¿Es más "real" la guerra que la paz? Parece un tópico aquello de que en tiempos de paz el hombre es un espejismo de sí mismo, que sólo en tiempos de guerra se muestra en toda su "realidad".

R: Yo creo que hay una fascinación por la guerra. Porque es verdad que nos desnuda de nuestras apariencias y nos muestra cómo podemos llegar a ser las personas cuando estamos en una situación límite. Los periodistas tal vez caemos demasiado en contar sólo el lado más dramático de las historias. Nos dejamos arrastrar por la desgracia, por las malas historias. En realidad hay muchísimas cosas que se pueden contar que son positivas. Y es algo que hemos visto durante la pandemia. Los telediarios han abierto cada día con los peores datos que se podían encontrar. Si había un aumento del 20% de los contagios pero se habían reducido los ingresos en los hospitales, se abría con los contagios.

P: Entramos en el famoso desprestigio de los medios tradicionales. El fantasma de la desinformación.

R: El periodismo ha aumentado el miedo durante la pandemia, muchas veces de forma innecesaria. Yo sí creo que deberíamos hacer un poco de autocrítica. Reflexionar si cuando sólo contamos lo negativo no estamos distorsionando la realidad. Por eso a mí me gustaba tanto volver a los sitios. A mí, cuando iba a una guerra, o a un desastre natural, siempre me gustaba volver. Después de Fukushima, tú volvías a Japón pasado un año y te quedabas alucinado de la capacidad de reconstrucción del pueblo japonés. Cómo las ciudades que habían sido arrasadas volvían a levantarse. Si no vuelves, esa parte no la cuentas. Tú vas, cuentas la desgracia y te olvidas. Pero a nivel personal, al menos para mí, era importante volver y cerciorarme de que las cosas también mejoran. Existe el progreso. En Asia, por ejemplo, cientos de millones de personas han salido de la pobreza en las últimas décadas. Esa es una de las grandes historias que ha vivido la humanidad. Pero a veces queda oculta bajo el titular negativo. Yo me incluyo en esta autocrítica, eh. Yo he caído en esto.

P: ¿El pacifismo puede cambiar las cosas, o es una ingenuidad pensar que un régimen autoritario va a renunciar a su poder tan por las buenas?

R: Daniel Vinton, en El corresponsal, dice que los valientes son mayoría en los cementerios. Y es verdad que, aunque pueda parecer muy romántico, enfrentarse a un ejército como el birmano como hicieron ellos, con cánticos, rezos y hasta preocupándose por limpiar las calles después, hace que las posibilidades de éxito sean nulas. El mundo no funciona así, aunque nos gustaría pensar que sí. Cuando yo estaba cubriendo la manifestación más mayoritaria de aquel septiembre de 2007, de repente atravesaron unos camiones la muchedumbre, se bajaron y empezaron a disparar a todo el mundo. Nadie había arrojado una sola piedra a ningún soldado. Pero el desenlace fue que aplastaron la revuelta. Y durante muchos años la gente volvió a vivir con terror, que es lo que quería el régimen. Por muy contagioso que sea el espíritu revolucionario pacífico, la realidad es que efectivo no es.

P: ¿Qué papel juegan realmente los organismos internacionales en este tipo de conflictos?

R: Bueno, la ONU bien podría ser la Organización Nada Útil, si quisieras ponerle un nombre nuevo. Porque en todos los conflictos son los primeros en marcharse y en abandonar a la población. Yo lo he vivido en varios. La realidad es que cuando tú estas lidiando con Putin, o con Xi Jinping, a ellos se la trae al pairo completamente lo que los organismos internacionales puedan decir. Porque, además, como no son democráticos en su esencia, como son unos pocos países los que deciden todo en su seno, su legitimidad para decirle a los gobiernos no haga usted esto, o lo otro, es nula. Ni la justicia internacional ni los organismos globales han demostrado ninguna utilidad para reparar injusticias. Esa es la realidad. Se han convertido en grandes sistemas burocráticos que dan trabajo a miles de personas, pero con unos resultados muy pobres.

P: ¿Dónde está la salida para un país como Birmania, entonces? ¿Dónde queda la esperanza? En el libro escribes que ninguna noche es eterna.

R: Es que ninguna lo es. Ninguna dictadura es eterna. La historia nos demuestra que todas acaban cayendo, y que la solución siempre está en el espíritu innato del ser humano de buscar la libertad. Eso acaba venciendo. Yo soy un convencido de que eso acaba imponiéndose. Da igual que seas la Unión Soviética, con la fuerza inmensa que tenía aquel imperio. La voluntad popular termina derribando hasta a las dictaduras más fuertes. No sirve de nada irte e invadir Afganistán y estar ahí veinte años. No vas a llevar la democracia hasta que el propio pueblo afgano no evolucione y la exija. Yo por eso soy tan poco partidario de intervenir en países para intentar imponerles una democracia, o unos derechos universales. Tiene que salir de esos pueblos. Y creo que al final sale. Porque creo que el estado natural del hombre no es estar sometido a los designios de una sola persona. En el caso de Birmania, ya lo han intentado varias veces. Yo espero que en una de esas revueltas consigan lo que persiguen.

P: Quizás, más útil que la intervención directa sea el contagio cultural, ¿no? Que terminen reclamando lo que ven en otros países.

R: Claro. Por eso yo siempre he sido favorable a que la gente viaje a esos lugares. En algunas guías de viajes siempre te encuentras estas notas que te avisan de que el lugar es una dictadura. No te recomiendan ir. Pero al revés. Yo creo que hay que ir. Hay que mostrarles el apoyo desde fuera. Hay que castigar con sanciones, no a los pueblos, si no a los dictadores. Y ejercer presión en ese sentido. Por supuesto, no hay que regalarles la organización de mundiales de fútbol, o de copas del rey. Creo que hay que marginar a los dirigentes de esas dictaduras y apoyar económicamente todo lo que se pueda a las poblaciones. Esa mezcla me parece más efectiva que llegar e intentar invadir un país. Porque de esa manera lo único que terminas consiguiendo es una reacción nacionalista como la que se vivió en Vietnam, o como la que se ha vivido en Afganistán. Y al final tú te conviertes en el enemigo, no sólo de la dictadura, sino del pueblo.

P: Ahora se habla mucho de la crisis de las democracias. ¿Tú qué opinas?

R: Fíjate que ya no hace falta dar un golpe de Estado y sacar los tanques a la calle para cambiar una democracia y convertirla en una dictadura. Ahora se está haciendo de una manera mucho más sutil, interna y paulatina. Alguien es escogido y desde dentro empieza a minar las instituciones, empieza a suprimir la libertad de prensa, convierte el sistema judicial en un grupete de amigos… Todos los resortes independientes del Estado son puestos al servicio del régimen. Pero tú sigues haciendo elecciones cada cuatro años, claro. Eso es lo que se está imponiendo ahora. Dictaduras "democráticas". Al final, lo único democrático que hay son unas elecciones amañadas. Ese es el nuevo modelo. A mí lo que más me preocupa no es que Rusia sea una dictadura. Porque lo ha sido durante toda su historia, prácticamente. A mí lo que me preocupa es el deterioro de la democracia liberal. O sea, la democracia liberal está contra las cuerdas. Y allí es donde yo echo de menos un liderazgo que la defienda. Pero claro, Estados Unidos está como está. Quienes la podían defender, que eran países que históricamente habían representado el espíritu democrático liberal, ahora tienen a Johnson de parranda, o a Biden en las últimas. No hay nadie. Ahora mismo no hay nadie que pilote las democracias liberales. Y por eso estamos viviendo el deterioro que estamos viviendo.

P: ¿El ser humano persigue la libertad, o con la comodidad le vale?

R: Una cosa que sucede es que cuando pasas de una dictadura a una democracia, si esta luego no responde a tus problemas, te ves tentado a mirar atrás y concluir que casi mejor haberte quedado como estabas. El mejor ejemplo de eso que preguntas es China. En China hay un acuerdo no escrito entre el Partido Comunista, que ya no tiene nada de comunista, y la población. Ellos dicen: "Nosotros vamos a hacer todo lo posible para que progreséis económicamente. Y a cambio vosotros nos vais a dejar que mantengamos el monopolio del poder". Ese es un acuerdo que ha durado décadas. China ha progresado más rápido y de manera más contundente que ningún otro país en la historia de la humanidad. Pero es un acuerdo frágil, porque el día que el régimen no pueda sostener su parte del trato… Imaginemos que venga una crisis muy fuerte y que la gente en vez de enriquecerse empiece a empobrecerse. Inevitablemente terminarían exigiendo más. Yo sigo pensando que al final, como decía Churchill, de todos los sistemas que tenemos, el menos malo es la democracia liberal. Con sus defectos, que los tiene. Con su necesidad de estar constantemente revisándose y perfeccionándose. Con efectos secundarios inevitables, como la corrupción del ser humano cuando está en una posición de poder. A pesar de todo eso, es el único sistema que permite una renovación de liderazgos. Te permite echar al que está, si lo hace mal. A mí me gusta una frase de Reynaldo Arenas que decía que el sistema capitalista y el comunista se parecen en que los dos te dan por culo, pero al menos en el capitalista se puede protestar.

P: ¿Decidiste escribir la novela después del último golpe en Birmania?

R: No. En realidad ya estaba escribiendo. Ya estaba decidido que iba a ser sobre Birmania. De repente saltó la noticia de que el ejército había dado un golpe de Estado y me encontré a mí mismo escribiendo una novela sobre la revuelta que yo cubrí mientras se producía otra. Vi cómo se repetía otra vez la historia de los soldados aplastando a la gente en las calles. Fue muy intenso.

P: ¿Por qué novela? ¿Por qué no reportaje periodístico?

R: Yo he escrito tanto novela como no ficción. Ya escribí El botones de Kabul, que también es una novela inspirada en hechos reales. La cruda realidad es que si yo hubiera escrito un ensayo sobre Birmania no lo habría querido leer nadie. A nadie le importa lo que pasa en Birmania. Ahora, si yo escribo sobre la vida íntima y profesional de un grupo de profesionales internacionales, metidos en una aventura en la cual, aparte de contar la verdad, le puedo añadir el thriller de una historia de amor, la trama de El corresponsal, y demás, creo que puedo llegar a un público más amplio que, de todas formas, se va a terminar llevando una idea muy amplia de lo que está ocurriendo allí. El objetivo era ese. Por una parte, entretener. Que fuera un libro de aventuras, de personas que viven al límite, que traicionan, que se enamoran, que tienen amistades y rivalidades. Y a la vez que el lector saliera conociendo cómo es el país más bello y triste jamás inventado. La novela y el ensayo pueden servir de la misma manera para contar la verdad. Simplemente son formas narrativas diferentes.

P: También parece un homenaje a Kenji Nagai, que fue asesinado mientras cubría las revueltas de 2007.

R: Mira, es curioso. El otro día, buscando imágenes de Birmania que yo mismo tomé, vi una captura de justo antes de que comenzasen los disparos en la que se le podía ver. Estaba a mi lado. Cuando llegaron los soldados, él se fue por un lado de la calle y yo por otro. Siempre me ha quedado la duda de qué habría pasado si yo hubiera tomado su lado y él el mío. Probablemente todo se habría invertido. Él estaría hoy vivo y yo estaría muerto.

P: ¿Cómo se vive con algo así?

R: Es una de esas cosas que uno lleva clavadas dentro. Una de esas heridas de corresponsal que uno necesita sacarse. En cierta forma, yo lo hago escribiendo.

P: Siempre me he preguntado por qué eso de sacarnos las cosas de dentro tiene ese efecto sanador. Tampoco es que hacer eso las cambie, ¿no?

R: Sí, pero sirve de mucho. A mí me sirve de terapia, desde luego. Cuando escribí El director, por ejemplo, tenía la necesidad de contar cómo había sido mi año al frente de El Mundo. En este libro me quito muchas espinas de veinte años de corresponsal. Hay maneras más fáciles, claro. Podría pagarme un psicoanalista. Pero a mí me gusta escribir y me gusta sacar así las cosas que llevo dentro. No sería capaz de hacerlo en un discurso hablado, probablemente, pero cuando me pongo a escribir me abro mucho más. Al final, en mis cinco libros he dejado mucho de mí. Unas veces contando la realidad, directamente, y otras a través de personajes de ficción. Y por supuesto que nada cambia. Esto es como lo que hablábamos antes del periodismo. Es decir, creo que la aspiración más realista debe ser que al menos durante ese rato en el que la gente te lea puedas conseguir que le importe lo que le estás diciendo. Y que se haga preguntas. A mí lo que me preocupa es que en un tiempo tan ruidoso el espacio para reflexionar se esté achicando. Pero yo necesito pensar que se puede conseguir. Dos años de trabajo en un libro serían casi imposibles si no pensaras que vas a remover por dentro aunque sólo sea a una persona. Que al menos vas a conseguir que se haga preguntas. Uno escribe con esa aspiración. Y es importante que así sea. Por poner un ejemplo que a lo mejor no tiene nada que ver, a mí toda esta ola reciente de libros y documentales sobre ETA me parece fundamental. ¿De qué otra manera habríamos llegado a la gente joven que no vivió los atentados? Los libros son un ejercicio de memoria. En El corresponsal hay un momento en el que Vinton le dice a Miguel Bravo que igual no han cambiado el mundo, pero al menos han contado la verdad. Es menos que cambiar el mundo, pero es algo.

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