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¿Por qué recordamos unos libros y otros no?

El dramaturgo, editor y pediatra Eduardo Vara resuelve en Érase una vez en tu cerebro por qué los lectores se entusiasman con determinadas historias.

Hay personajes de la literatura que nos acompañan en nuestro día a día, nos vienen a la cabeza en situaciones cotidianas como si fueran parte de nuestro círculo de amigos. ¿Por qué ocurre esto? ¿Cómo es posible que alguien inventado por un escritor nos impacte más que una persona de carne y hueso? Es cosa de nuestro cerebro. El dramaturgo, editor y pediatra Eduardo Vara se centra en la complejidad neurológica que hace posible que disfrutemos de la lectura en Érase una vez en tu cerebro, tratando de escudriñar por qué nos entusiasmamos con algunas historias y no con otras.

¿Por qué invertimos tiempo en preocuparnos por sucesos que nunca ocurrieron o explorando universos ficticios? Vara se remonta al nacimiento de nuestro instinto de comunicación para explicárnoslo. Conjugando neurociencia y ficción, da al lector las claves para comprender cómo Harry Potter, Madame Bovary, Hannibal Lecter, Elizabeth Bennet o don Quijote de la Mancha han llegado a ser iconos culturales.

PREGUNTA: ¿Por qué te apetecía escribir este libro?

RESPUESTA: Fue después de leer un libro de neurolingüística de Steven Pinker que se llama El sentido del estilo. Me di cuenta de que había muchas cosas que explicar y empecé a asociar conceptos e investigar.

P. Y en tus averiguaciones, ¿qué te pareció lo más sorprendente?

R. Que todo se reduce a lo mismo, a una cuestión de rastreo de información. Lo tenemos instintivamente desde pequeños, a la hora de buscar información en la vida real, ver qué hacen los demás, aprender de ellos por imitación…pero también está presente en el cerebro de una manera neurológica en el proceso de leer. Rastreamos símbolos y grafismos que luego traducimos construyendo un lenguaje y no solo eso, también las intenciones de los personajes. Me maravilló cómo se superponían las distintas capas de rastreo, pero en diferentes niveles.

P. Para entender cómo funciona el cerebro, te has remontado al nacimiento del instinto narrativo. ¿Qué ocurrió en ese momento?

R. Sería muy interesante tener una máquina del tiempo y ver cómo debió ser. Los seres humanos tenían desde el principio el mismo instinto de explicar las cosas y querer comprender el mundo y a sí mismos. Seguramente, las primeras explicaciones que se dieron fueron un tanto caóticas, míticas e imaginativas y, poco a poco, la imaginación y la ciencia se fueron separando, aunque en el fondo no establecen estrategias distintas.

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Eduardo Vara | Ariel

P. Podríamos pensar que este libro esconde las claves para crear un libro de éxito.

R. No es un recetario, no son soluciones que si las aplicas de manera matemática obtienes un bestseller, pero sí que da pistas de dónde están los pilares fundamentales para que un texto tenga más probabilidades de que pueda tener éxito. Cuanto mejor preparado esté un texto y mejor respete los puntos centrales que todos esperamos recibir como lectores, más probabilidades tendrá de sobrevivir. Por otra parte, hay muchos factores azarosos que dependen del contexto social. Libros como 50 sombras de Grey quizás no hubieran tenido el mismo éxito en plena época del MeToo.

P. Si bien no podemos dar las claves exactas del éxito, sí una aproximación a lo que no hay que hacer.

R. A veces casi es más importante. La principal de todas es no adoctrinar. En la ficción, no somos tontos y nos damos cuenta. Cuando detectamos que estos escenarios hipotéticos están siendo utilizados como pulpito para sermonearnos sobre lo que sea, nuestra actitud suele ser de rechazo. Otra cosa que hay que evitar es cualquier tipo de disonancia, cualquier dato que nuestro cerebro interprete como una contradicción. Puede estar tanto a un nivel básico, hablamos de ortografía o estilo, como de trama, algo que sea demasiado incoherente.

P. Cuando decimos "estoy enganchado a este libro", ¿qué está pasando en nuestro cerebro? ¿Tiene que ver con química?

R. Sí, tiene que ver con todo lo que nos está dando y sobre todo con las expectativas que está generando. Cuando una historia, en el soporte que sea, nos engancha, significa que nos ha planteado una incógnita que queremos ver resulta y por eso queremos seguir. Son nuestras áreas de encontrar patrones, unas áreas que nos ayudan muchísimo en el aprendizaje. Una vez que conseguimos colocar esa pieza que faltaba por encajar, nos produce una descarga de dopamina que resulta muy placentera. Eso ocurre, por ejemplo, en una trama de misterio cuando descubrimos quién ha sido el asesino, pero también en pequeñas cosas como un chiste en el que entendemos por qué tiene gracia.

P. Dices que, como tenemos un tiempo limitado, nuestro cerebro nos avisa para que dejemos ciertas lecturas. De ahí que sea muy importante el arranque de un libro. Pero, ¿ y el final?

R. El final es casi tan importante como el principio. De hecho, lo es la historia en conjunto, pero en el final se nos cede esa pieza del puzle que tenemos que colocar. A nivel de ese rastreo, lo importante es que tengamos la sensación de que nos lleva a ese lugar y ese momento en el que la historia tiene sentido. El final debe hacer que la historia cobre un sentido global, sobre todo porque una vez que finalizamos la historia y cerramos el libro, nuestro cerebro sigue rumiando esa historia.

Se produce un fenómeno que se llama monitoreo metocongnitivo, que consiste en que mentalmente vamos repasando pequeños detalles y las cosas que nos han gustado. Las que no, las intentamos recolocar en nuestro hipocampo. Cuanto más sentido tienen, más placer nos produce. Ese primer placer inicial del final, a medida que lo rumiamos, nos da más placer y, si encima compartimos la sensación con algún otro lector, añadimos el placer social que lo multiplica aún más.

P. ¿Nos cala más hondo un buen libro que una buena película?

R. Sí, claramente. Hay estudios que lo demuestran. En una película, a nuestro cerebro le dan todo masticados. Ya están los escenarios, los personajes, el vestuario... Pero cuando leemos, primero tenemos que hacer más esfuerzo, por lo que percibimos esa historia como algo más propio. Además, a nivel cerebral, tenemos que actuar de decoradores, iluminadores, directores de casting, con recursos propios sacados del hipocampo. Se pone en juego nuestra imaginación. Las historias escritas que nos exigen ese esfuerzo y, en las que hemos invertido más recuerdos, son más perdurables.

P. ¿Por qué nos emocionan más los personajes inventados que los reales?

R. Los personajes reales no coinciden con nosotros en muchas cosas que nos parecen importantes. Hay un sesgo de confirmación. Tendemos a pensar que cuando tenemos una persona delante, que nos parece inteligente, piensa igual que nosotros. En la realidad, cuando hablamos con una persona, manifiesta pequeñas diferencias con nosotros en distintos temas y eso hace que tomemos distancia con ella. Los personajes de los libros también se pueden posicionar, pero crean más vacíos respecto a muchos temas. Por el rasgo de confirmación, tendemos a atribuirles nuestros propios rasgos cuando ese vacío se produce. Eso crea más vínculo.

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Dexter

P. ¿Y podemos crear vínculos con personajes malvados?

R. Puede ser un interés parecido a un misterio que resolver, querer averiguar por qué una persona se comporta así. También hay un vínculo emocional con, por ejemplo, villanos como Dexter, un psicópata que se dedica a matar a gente muy mala. Independientemente de que no compartamos la idea de que te puedes tomar la justicia por tu mano, podemos empatizar con esa ira ante una injusticia. Ahí está la conexión con los villanos, en esa ira.

P. A lo largo de la historia, ha cambiado la forma de contar historias y los formatos, pero, ¿ha cambiado también la forma en la que las recibe el cerebro?

R. No estrictamente. El cerebro del homo sapiens actual es el mismo que el de los primeros que existieron. Sí que han cambiados los estímulos que tenemos y el porcentaje de estímulos que nos exigen otro tipo de atención. Hay dos tipos de lectura: superficial, como una noticia de periódico o un WhatsApp; y la profunda, en la que rastremos los significados, los conectamos y evocamos con la imaginación. En la sociedad abunda la lectura superficial y eso hace que cuando abramos un libro, nuestro cerebro vaya con la inercia de la lectura superficial y nos cueste entrar.

P. En tu libro, los bebés tienen mucho protagonismo. ¿Se puede modelar el cerebro de un niño para que le sean atractivas las historias escritas?

R. No sé si modelar, pero sabemos que los menores de tres años no deberían usar pantallas. Lo llevamos diciendo los pediatras desde hace mucho tiempo y no se está cumpliendo demasiado. El cerebro de un niño se tiene que acostumbrar al mundo real. Aquí entraría el lenguaje oral, las historias orales, para estimular la imaginación y la comunicación. A partir de tres años se pueden introducir otros soportes. Leer es mucho más complicado que una película, hay que fomentar la atención e ir introduciendo progresivamente estas lecturas. No hay que obligarles a leer, sino tentarlos. Pocos niños se resisten al cuento de antes de dormir.

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