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Pedro de Tena

Los perdedores españoles y García de Cortázar

Uno tiene la sensación de que el autor, católico y cura además de historiador, identifica perdedor con pobre y tal vez con víctima.

Uno tiene la sensación de que el autor, católico y cura además de historiador, identifica perdedor con pobre y tal vez con víctima.
El historiador Fernando García de Cortazar. | EFE
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Fernando García de Cortázar, el jesuita "bueno" como le llama Federico Jiménez Losantos comparándole con quien todo el mundo supone y acierta, escribió un sugerente libro de historia, su vocación civil fundamental, acerca de los que consideró perdedores de la historia de España. Se llamó precisamente de ese modo, Los perdedores de la Historia de España, publicado en 2006.

La idea de perdedor tiene varios núcleos posibles de significación. Quien pierde es quien tiene algo que deja de tener sea por accidente, por descuido o por robo. Quien es pierde es, también, quien participa en un juego reglado con opciones de victoria y no gana. El perdedor es, pues, un derrotado. Y también, para no extendernos, se entiende que es perdedor quien comienza proyectos que nunca culmina, quien emprende y fracasa de forma sucesiva.

Tras la lectura de este libro, uno tiene la sensación de que García de Cortázar, católico y cura además de historiador, identifica perdedor con pobre, tal vez con víctima y quién sabe si con desafortunados o desubicados en el tiempo y el espacio históricos. Es sabido que el cristianismo considera a los pobres (tanto materiales como espirituales) el motor de la salvación. Son los bienaventurados de la doctrina y el criterio fundamental del juicio definitivo sobre la propia biografía.

Suele confundirse a los jóvenes incautos, y a los no tan jóvenes, con la infección intelectual de que el marxismo, y el socialismo en general, son, en cierto modo, un cristianismo laico que hace asimismo a los pobres el motor de la historia. Es una tesis falsa. En realidad, para el marxismo, el proletariado, los pobres, no son el motor de nada sino la consecuencia del auténtico impulso de la historia que tiene que ver con la relación entre la tecnología y la producción de bienes. Pero la falsedad siempre le vino muy bien porque simulaba una cara buena. La otra, la real, quedaba en la oscuridad.

Hasta en la Iglesia se creyó el cuento y durante un tiempo, hubo en su seno sectores que trataron de volcar las doctrinas católicas en el molde teórico y analítico del marxismo, leninista o no, como Tomás de Aquino consiguió con el aristotelismo. Fue la época dorada de la teología de la liberación nacida en España aunque desarrollada ampliamente en Iberoamérica. En ella, los pobres son la energía de la historia y es su lucha (de clases) la que conducirá al paraíso terrenal (la salvación) formado por el partido (comunista), la Iglesia popular y el Estado.

Los perdedores suelen suscitar compasión, sentimientos morales positivos, piedad, misericordia, clemencia, caridad si se quiere. Pocos se atreven a sentenciar que los perdedores han perdido adecuadamente porque lo que aportaban era malo, horrible o infame para el desarrollo de la humanidad. Lo moralmente correcto parece ser estar de parte del perdedor, salvo en el deporte, espectáculo en que la televisión impide la manipulación de los hechos cuando la igualdad de condiciones ha existido.

Niall Ferguson ya nos ponía en guardia contra la tentación de idealizar a los perdedores de la historia. Según él, hay que "resistir la tentación de idealizar a los perdedores de la historia. Las otras civilizaciones invadidas por Occidente, o más pacíficamente transformadas por este mediante empréstitos tanto como mediante imposiciones, tampoco estaban libres de defectos, de los que el más obvio es que fueron incapaces de proporcionar a sus habitantes cualquier mejora sostenida de la calidad material de sus vidas."

García de Cortázar no cae en esta trampa y hace del perdedor un arquetipo permanente de la marcha de la especie humana hacia el futuro. En ese camino, hay quien logra imponer sus visiones, sus obsesiones, sus intereses y quien no lo logra. Su empeño es explicarlo y entender cómo luego, es curioso, muchos que parecieron perdedores recuperaron el tiempo perdido después. La historia es un laberinto de vaivenes sustentada en un horizonte de posibilidades técnicas. Si tiene sentido o no depende de la fe o de la voluntad.

"Conviene, sin embargo, decirlo ya, pues en ningún caso componen estas páginas una letanía sobre una España que pudo haber sido y no fue, ni un concierto de súplicas y lamentaciones. Conviene escribirlo desde el comienzo. Hay perdedores, porque hay ganadores y administradores de la victoria. Hay perdedores, además, que no merecen el reconocimiento sentimental ni el limbo de una feliz vindicación, que son pusilánimes y corruptos, como el rey Abd Allah, anacrónicos y reaccionarios, como los pretendientes carlistas, o antipáticos e implacables, como los comunistas españoles de la era republicana".

Se quedó corto.

Pero no todo perdedor es inútil. "Por otra parte, ningún esfuerzo emprendido con verdadera convicción puede ser calificado de estéril. Incluso como vencidos, los derrotados, los que con sus ideales se adelantaron a su época o sucumbieron frente al poder, pueden alcanzar su ciudadanía en ese mundo desconocido e inmenso, ese país extranjero que es el porvenir", dice al comienzo de esta obra, tal vez la más emotiva junto con su Viaje al corazón de España y la España de la rabia y de la idea.

En su relación explícita de perdedores de la historia de España, García de Cortázar se refiere a Sertorio, el romano que hizo de Iberia su patria y terminó desterrado de todas partes. Sigue con los herejes nacionales de los que destaca al obispo Prisciliano, enredado en la duda, en la tela de araña de las invasiones bárbaras y el miedo al fin del imperio y en la libertad de las interpretaciones de los textos sagrados.

Hermenegildo, el príncipe germano converso al cristianismo, cae en España víctima de los godos que "han adoptado la odiosa costumbre de matar con la espada a los reyes que no les satisfacen y hacer rey a cualquiera que les venga en gana". Odiosa y duradera. Luego trata a los mozárabes, "héroes sin gloria". Suele inclinarse la balanza a favor de los islámicos perdedores de la civilización, pero se pierde de vista a aquellos mozárabes cristianos viejos, despreciados, vetados y marginados por los dominadores del Islam.

Transcurre el libro por reyes granadinos, los judíos de Sefarad, don Álvaro de Luna, el valido invalidado por su Rey e incluso el verdadero san Ignacio de Loyola, léase Juan Alfonso de Polanco, el secretario personal del santo. Le siguen los moriscos y otros perdedores hasta nuestros días, los jesuitas, y sus expulsiones, entre ellos, o Blanco White, el mismo Goya y la propia monarquía, suicidada tras monárquicos esfuerzos. Así hasta casi nuestros días.

Pero me parece muy interesante prestar atención a un capítulo titulado "La muerte como estadística", que comienza con la cita de unos horribles versos de Rafael Alberti dedicados a la muerte de Stalin ("Padre y maestro y camarada:/Quiero llorar, quiero cantar. /Que el agua clara me ilumine,/que tu alma clara me ilumine/ en esta noche que te vas." Para hacerse perdonar, los antecede de un texto liberal del poeta y periodista húngaro Denzso Kosztolanyi: "Sólo existen Peter y Pál. Sólo existen los seres humanos. La humanidad no es nada".

Es evidente, y natural, que a García de Cortázar le parecieran perdedores olvidados y sepultados todos aquellos que fueron asesinados o encerrados en los gulags comunistas (cuyo antecedente fueron las checas socio-anarco- comunistas en la Guerra Civil española). Intencionadamente anota la enfermedad cínico-moral de los muchos que se empeñaban en ignorar el horror, como Margarita Nelken, quien, ante el confinamiento de los disidentes, lo explicaba así siguiendo a Máximo Gorki: "Los reincidentes van destinados a comunas donde cariñosamente, razonadamente, se les reeduca y pone en condiciones de rehacer sus existencias habituales." Solzhenitsyn ya estaba en una de esas jaulas, que no aulas.

Para perdedores, la España liberal

Para perdedora de la historia de España, la propia España liberal, tolerante, respetuosa, dialogante, reformista, moderada y equilibradora de los destinos socialmente condenados. Fue aquella España la que fue asesinada por muchos, de un bando o de otro, para los que matar era mucho más sencillo que pensar o que concordar o que edificar. Se valió Cortázar de un texto de Camilo José Cela, extraído de su obra Vísperas, festividad y octava de San Camilo del año 1936. Comienza así:

"Hay dos clases de asesinos, el que mata como quien bebe agua, que es el peor, y el que mata como quien se acuesta con una mujer, sin poder evitarlo, sí, tú eres el capitán S., el capitán P., el verdugo F., el pistolero A., o el guardia H., que es obediente y ciego como deben ser los guardias, obedientes y ciegos, la noche, el afán de aventura, el mesianismo, la vergüenza de que se te note el miedo, la disciplina como máscara de las más confusas inclinaciones y el hablar demasiado son los mejores estímulos para el crimen, después, cuando el disparo suena y un cuerpo de desploma ya es tarde para el arrepentimiento y la marcha atrás, hay que seguir, ya no queda más remedio que seguir sin volver la cabeza, nadie te permitiría detenerte y volver la cabeza, nadie..."

Sí, así fue la Guerra Civil para la que el bueno de Cortázar no quiso señalar eminentes responsables, aunque los hubo.

Ya en 1919, Ortega había descrito el proceso irrefrenable: "Hoy, sobre el horizonte de España, aparecen dos fantasmas: el de la revolución, agitado por unos, y el de la represión, sostenido por el bando opuesto. ¿No habrá nada más que eso en el inmediato porvenir de España? ¿No se sabrá elegir un camino ancho y limpio?". No lo hubo hasta 1978 y ahora hay empeños en que tampoco lo haya.

En medio del fragor, Cortázar desliza una defensa del anarcosindicalismo moderado de Juan Peiró o Ángel Pestaña, incluso del socialismo de Indalecio Prieto (que me resulta inexplicable) y de los cedistas Luis Lucia, o Manuel Giménez Fernández, entre otros. Fueron algunos de los que intentaron que hubiera puentes entre las Españas para consolidar una nación común. Y añade una defensa de las mujeres, numerosas perdedoras de nuestra historia ("Mandaste las vuestras tierras/a quien se vos antojara...¡y a mí, porque soy mujer,/dejaisme desheredada!"

Al final de su libro, relativo a los desdeñados, Fernando García de Cortázar se detiene en el olvido de las víctimas de ETA:

"¿Qué escribirá el Tácito futuro de un territorio en el que se persigue al que discrepa de una ideología hermana del nazismo, donde aún se homenajea al verdugo y se aplaude al fanático? Quizá, que allí todo era falso: falsa la historia, falsa la pedagogía, falsa la política, falsas las promesas. Que ésta es la condición para que se presente como real. De hecho es lo único real. De hecho es nuestra última derrota".

Creíamos que en 1978 habían ganado la cordura democrática y sus convicciones morales. Desde 2004, tras el 11-M y la danza de Zapatero con la ETA de Otegui, la triple alianza - socialismo, comunismo, separatismo -, encabezada por el PSOE de Pedro Sánchez intenta definir y precisar quiénes van a ser los nuevos perdedores de la historia de España y para ello, necesitan reescribirla, deformarla y torturarla hasta que diga lo que quieren que diga. Cortázar lo vio venir ya en 2007 pero se ha muerto antes de explicarnos cómo podemos evitar perdernos como nación. Sabía, eso sí, que así no se podía seguir.

No le cabe duda al maestro de que la historia, vista desde el presente, es un cementerio inmenso de derrotados, de olvidados, de caídos. Pero igualmente, si se adopta una perspectiva temporal total, en la historia como futuro que vendrá "el porvenir es un inmenso país extranjero en el que adquieren a veces ciudadanía algunas obras o algunos recuerdos o sueños de los muertos". Esperemos que sean los buenos.

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