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Agapito Maestre

Filosofía y ficción

Admiro, envidio y alabo el libro de Gabriel Albiac. Y les exhorto a leerlo, porque hallarán en sus evocaciones más íntimas un soplo de aire fresco.

Admiro, envidio y alabo el libro de Gabriel Albiac. Y les exhorto a leerlo, porque hallarán en sus evocaciones más íntimas un soplo de aire fresco.
Fragmento de la portada de 'En tierra de nadie', las memorias de Gabriel Albiac. | La Esfera de los Libros

Soy incapaz de pensar que mi generación es la última de la humanidad. Creo que es la diferencia esencial entre mis coetáneos, entre los escritores de memorias, como es el caso de mi amigo Gabriel Albiac, que ha escrito un delicioso libro para sí mismo, y un servidor de ustedes, que persiste en seguir hablando para los otros, naturalmente, desentendiéndome de los mil fracasos acumulados en mi historia personal. Mi obstinación tiene un precio: la renuncia a cualquier forma de autobiografía razonada o afectiva. Sí, las memorias son para personas muy rigorosas, serias y responsables consigo mismas. No van conmigo. ¡Ya me gustaría escribir unas memorias! Pero, salvo mi entusiasmo por la vida del pensamiento, apenas diría nada que pudiera interesar a otros sobre mí aleve peripecia personal.

El escritor de memorias eterniza, a veces de modo magistral como es el caso de mi amigo, los efímeros instantes de su existencia. Yo jamás conseguiría tal proeza. No podría. Ni siquiera sabría seleccionar cuáles de esas contingencias interesarían a mis posibles lectores. Prefiero, pues, la conversación a la íntima confesión. Admiro, envidio y alabo, pues, el libro de Gabriel Albiac: En tierra de nadie. Y les exhorto a leerlo, porque hallarán en sus evocaciones más íntimas un soplo de aire fresco para sobrevivir con dignidad en un mundo lleno de sombras y perversidades. No es poco. Es lo mejor que de él puedo decir.

Sugerente fue la presentación de la obra a cargo de un aficionado, un filósofo y un periodista. El primero de los invitados a la celebración en la Casa de la Rioja comparó la filosofía a la vida del filósofo. Veía a una y otra ofrecernos como presentes cosas ausentes. La apariencia se nos daba como realidad. Engañándonos las dos nos agradaban. El gran aficionado al arte de la literatura, Joaquín Leguina, dio paso al filósofo, Fernando Savater, para que penetrara en el fondo de esos placeres tan filosóficos como vitales. Haciendo un magnífico uso de su instinto, el filósofo nihilista nos razonó que las memorias de Albiac provenían de la misma y única fuente que alimentaba su escritura: la belleza. Ésta procede en primer lugar de las cosas materiales pero tiene reglas que se extienden tanto a los pensamientos y a las acciones como a las formas. Fueron esas reglas sobre las que peroró con reflexión atinada el periodista, Bieito Rubido, quien resaltó el orden y la sabiduría que a las mismas le imponía la disciplinada vida del memorialista.

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