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Jesús Fernández Úbeda

El sacrificio de Anónimo García y la filantropía de Marat

La cultura de la cancelación, esa "mala religión enloquecida" (Nick Cave), sigue siendo letal para el común de los mortales que ose desviarse de la norma.

La cultura de la cancelación, esa "mala religión enloquecida" (Nick Cave), sigue siendo letal para el común de los mortales que ose desviarse de la norma.
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Pensaba yo que los hombres y las mujeres de este 2022 que agoniza se habían vacunado ya contra las pogromos virtuales, los paredones digitales y las Bastillas tuiteras. Que el trending topic te colgaba el sambenito pringoso, hediondo e inflamable durante unas horas pero que, al final, el camino dejaba de conducir a la hoguera por eso de que la turba, saciada de sangre –no tan metafórica: son legión, por ejemplo, aquellos que han perdido un trabajo por un maldito chiste–, había reducido su demanda de ejecuciones por hastío y por pereza. Cuando menos, creía que la sobredosis de delaciones, acusaciones y calumnias, ese pan agusanado nuestro de cada día, seguía provocando alguna indigestión, pero que la dolencia no pasaba de ahí porque, adaptados a la turra constante, habíamos generado los suficientes anticuerpos para neutralizarla.

Ejemplificaba esto con el paseo obsceno y guerracivilista, pero felizmente inútil, que le han intentado dar a Sabina por declarar que "el fracaso del comunismo ha sido feroz" y que "la deriva de la izquierda latinoamericana me rompe el corazón". ¡Oh, blasfemia! ¡Ha pronunciado el nombre de Jehová! Los envidiosos, los fracasados y los sumos sacerdotes de turno quisieron lapidarle, pero, que Raúl del Pozo me perdone el tópico, les salió el tiro por la culata: en Buenos Aires, en Madrid o en La Coruña ha agotado entradas por partida doble. Ole por él. No sé si me alegro más por el éxito del artista ubetense, al que admiro profundamente, o por lo que le haya podido joder a gentuza como el nieto de Víctor Pradera, uno de los tipos que más cubos de mierda ha intentado arrojar sobre el autor de "Peces de ciudad", insisto, en vano. Disculpen la mezquindad.

Ocurre, sin embargo, que la cultura de la cancelación, esa "mala religión enloquecida" (Nick Cave) que para Sabina se manifiesta como un resfriado leve, sigue siendo letal para el común de los mortales que ose desviarse de la norma. Contra el disidente, la fatua. Sin piedad. Se intenta imponer la tiranía de la literalidad, la ficción es sospechosa y no hay resquicio para la ironía, siempre y cuando no contravengan la ortodoxia de la trinchera. Nunca sobran los chivos expiatorios. Y la justicia es una entelequia.

He leído con placer, porque está muy bien escrito, pero también con un pavor terrible, por lo que cuenta, el último libro de Juan Soto Ivars, el fantástico Nadie se va a reír (Debate, 2022), en el que se narran las aventuras y, sobre todo, la desventura final de Anónimo García y del grupo ultrarracionalista Homo Velamine. Entendieron estos que, en el siglo XXI, la realidad no imita a la ficción, sino al chiste, convirtieron la desinformación en su mayor aliado y la utilizaron para demostrar que el emperador caminaba desnudo. Aprovechando el tsunami de pornografía mediática generada con el tratamiento del caso de La Manada, Anónimo abrió una web satírica en la que se publicitaba un ficticio –repito: ficticio– tour por los puntos en los que la víctima había pasado con sus violadores. "Esta era –escribe Soto Ivars– la respuesta ultrarracional, planteada y escenificada a la manera de siempre: la que no usa el tono de la crítica abierta o la protesta, la que no cuenta un chiste, ni hace una viñeta, ni confecciona una parodia fácil de comprender, sino que coloca el elefante de la habitación ante el espejo". Anónimo abrió la web el 2 de diciembre de 2018; setenta y dos horas después, el día de la resolución del juicio, explicó su movida. Y a los pirómanos, muchos de ellos, periodistas, se la sudó.

Las redes tocaron a rebato; los medios, en general, sin recurrir a la fuente y sin contrastar la información, se disputaron a Anónimo para que ardiera en sus respectivas piras; el Instituto Navarro de Igualdad lo denunció, la cosa fue a juicio y, el 10 de diciembre de 2019, Anónimo leyó en la sentencia que el Juzgado de Primera Instancia le absolvía del delito de odio, pero lo condenaba por un delito de trato degradante a una pena de un año y seis meses de cárcel y a pagar una indemnización de 15.000 euros a la denunciante, más las costas. Tal y como detalla Soto Ivars, la jueza le atribuyó palabras que no pronunció. Además, la prueba más importante del proceso, la del daño psicológico, "se sustentaba sobre un informe de la médica internista personal de la denunciante, doctora en una clínica privada". Ahora, la pelota está en el tejado del Constitucional, que igual se pronuncia en dos o tres siglos, y a saber cómo.

Total, que, en contra de lo que –ay, iluso– pensaba, una espada cuelga atada por un único pelo de crin de caballo sobre nuestras cabezas, y siempre habrá un ejército virulento y peligroso de capullos que, en nombre de la patria, del género, de las vacas o de los Pokémon, estará dispuesto a cortar ese hilo para festejar nuestra decapitación. Desde el buen rollo, la "justicia social" y derivados. Como, según Carrère expone en El estrecho de Bering (Anagrama, 2022), declaró Marat en la Asamblea de los girondinos: "Decís que estoy sediento de sangre. En 1789, pedí quinientas cabezas. Nadie me hizo caso y hubo cincuenta mil muertos. Hoy pido cincuenta mil cabezas, para evitar que mañana rueden quinientas mil. Y todavía hay quien duda de mi filantropía". Estamos jodidos.

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