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Daniel R. Rodero

Paul Johnson, por encima de sus contradicciones

Hombre de filosofía elevada, descendió al prosaísmo de la política redactando discursos para Margaret Thatcher. Elaboró un contrapunto frente a los dogmas de la modernidad y el fundamentalismo democrático.

Hombre de filosofía elevada, descendió al prosaísmo de la política redactando discursos para Margaret Thatcher. Elaboró un contrapunto frente a los dogmas de la modernidad y el fundamentalismo democrático.
Portada de 'Intelectuales'. | Edición Javier Vergara

En su casa de Londres, repleta de libros y de nietos -¿puede imaginarse un placer mayor?- ha muerto Paul Johnson, medio polemista, medio filósofo, medio esteta, medio historiador. La única cosa que puede decirse que lo fue siempre y por completo es "very british", un atributo que más que una nacionalidad constituye un rasgo de carácter.

Autor católico, su catolicismo estuvo condicionado por su autoctofilia; era demasiado inglés para juzgar objetivamente lo que en los siglos XVI y XVII significó el cisma anglicano. Monárquico leal, no paró en barras a la hora de mostrar su cariño por Diana de Gales, si bien escribió de ella que "amaba con amor eterno, pero siempre cambiando el objeto de sus amores" (tomo la cita de Pompa y circunstancia, de Ignacio Peyró, por lo que seguro que es verdadera). Columnista sobresaliente y maestro de ensayistas en papel volandero, tampoco rehusó la escritura de libros monumentales (ahí están los ocho volúmenes de su Historia de Cristianismo). Hombre de filosofía elevada, descendió al prosaísmo de la política redactando discursos para Margaret Thatcher. Defensor militante de la familia tradicional, escarceos extramaritales salpicaron su figura (como si, en el fondo, no hubiera nada más conservador que esa hipocresía clásica de simultanear esposa y manceba). Paladín contra el relativismo, sostuvo la limpieza de las actuaciones de Richard Nixon durante el Watergate, pese a las cintas incriminatorias, y cuestionó la veracidad de los testimonios de torturas bajo el régimen de Pinochet (sin embargo, hablaba de Salvador Allende con afecto, con quien había compartido una tarde de té con pastas y apuestas en el hipódromo de Santiago de Chile, en 1960).

En estos años de currículos falsamente incólumes, en los que Twitter impone un esquematismo mental acorde a sus doscientos ochenta caracteres, el fallecimiento de un hombre de noventa y cuatro años, de trayectoria rica e intensa, nos recuerda que estar en la vida implica mancharse, no acertar siempre. En su caso, como en cualquier otra biografía, lo decisivo no es el yerro puntual, sino la actitud de fondo; no los dientes de sierra con que se solazan los cicateros, sino la tendencia del gráfico. Y su actitud de fondo consistió en contribuir a la elaboración de un contrapunto frente a los dogmas de la modernidad y el fundamentalismo democrático. Para Johnson, las ideas de bien o de justicia no dependen del refrendo de la mayoría; están ahí. La responsabilidad del individuo es discernirlas y materializarlas.

-¿Pero no ha dicho usted que su vida íntima dio lugar a no pocos chismes?

-¿Y la de quién no, amigo mío? Quizá por eso le preocupaban las nociones de pecado y de culpa.

Esclavo durante décadas de su artículo semanal en The Spectator, Paul Johnson fue uno de los grandes cultivadores de eso que Javier Gomá ha denominado "filosofía mundana": escoger un tema de apariencia menor y desarrollarlo a base de ideas y de ingenio hasta hacerlo trascender. Algunos de sus modelos confesados fueron Raymond Mortimer y Raymond Aron, James Thurber y Albert Camus, Desmond Shawe Taylor y Cyril Ray, "quienes contribuyeron sobremanera a mi educación, una refinada y placentera escuela dominical de la cultura, el caviar y el pâté de foie gras de la civilización europea".

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Paul Johnson

La consagración internacional le llegó en 1983, con la publicación de Tiempos Modernos, un delicioso recorrido por la historia intelectual del siglo XX contada desde el punto de vista conservador y cuya edición príncipe honra mi biblioteca. En Intelectuales, ironizaba sobre los santos laicos de la modernidad, a los que veía como seres potencialmente más peligrosos que cualquier sacerdote de los siglos previos, por cuanto carecían del saludable límite que representan los cánones clásicos y la tradición. Al adamismo arrogante de los visionarios del dieciocho (aventureros de las ideas, según sus propias palabras), Johnson opuso la ironía de su mueca escéptica. ¿O es que los antiguos no nos legaron principios éticos, instituciones jurídicas justas y valiosas obras de arte? Obligación de los modernos es conocer y reconocerse en esa corriente ancestral, examinarla con ojos críticos, mejorarla en lo posible y entregársela a las generaciones venideras.

A su juicio, el optimismo reformador de los intelectuales (su progresismo) no pude conducir sino al ensanchamiento del Estado, del Leviatán, a ese intento imposible de implantar por decreto el Paraíso en la Tierra. Pero, frente al delirio rusoniano de que el hombre es bueno por naturaleza, lo cierto es que tiene un alma corruptible que en las personas con responsabilidades públicas acostumbra a enviciarse en mayor grado. Y conceder al gobernante una jurisdicción omnímoda sobre vidas y haciendas supone ensanchar el campo de juego de ese alma corrupta. De ahí que Johnson eligiera para la sobrecubierta de la primera edición de Tiempos Modernos la cita siguiente:

"a través de estos años, el poder del Estado para practicar el mal se ha expandido a velocidad asombrosa. Su poder, en cambio, para hacer el bien ha crecido lenta y ambiguamente".

Descansa en Paz, maestro.

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