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Pedro de Tena

Walt Whitman y García Lorca, mano a mano en la Maestranza de las ediciones

¿Qué libro leer primero? ¿El de Whitman? ¿El de Lorca? Yo seguiría el curso de las horas. Amanecería con Whitman y oscurecería con Lorca.

¿Qué libro leer primero? ¿El de Whitman? ¿El de Lorca? Yo seguiría el curso de las horas. Amanecería con Whitman y oscurecería con Lorca.
Walt Whitman, escritor | Wikipedia

En su Colección Un gozo en mi pozo, reservada a grandes poetas e ilustradores de su goce personal, el editor sevillano Pedro Tabernero continúa la aventura emprendida con Juan Ramón Jiménez y su Espacio (2019), dando a luz simultáneamente a la Canción de mi mismo de Walt Whitman y al Poema del Cante Jondo de Federico García Lorca.

A la traducción novedosa del primero –del Canto a la Canción de ya hay un trecho para quien quiera caminarlo—, unamos la impresionante coreografía de imágenes que, como es habitual en todos sus proyectos, desentrañan los versos de estos capitanes de la poesía española y norteamericana. Los libros incluyen prólogos de Juan Ignacio Guijarro González y Antonio Sancho Villar en el libro de Walt Whitman y de Francisco Javier Escobar Borrego y Manuel Moya en el libro de Federico García Lorca.

Alguna constelación común, además de su gusto personal, ha debido intuir el intrépido Tabernero en las dos obras mencionadas para arremangarse hasta el fondo y rematar la faena. Sí, sí, sabido es que Lorca escribió una tremenda y polémica Oda a Walt Whitman, poema que hoy las "podemas" políticamente correctas de la izquierda desquiciada, que vuelve de la razón, la democracia civil y el Estado a las tribus y el absurdo, considerarán una blasfemia homofóbica siendo antes que nada una oración por la dignidad del deseo uranista. Pero ¡qué sabrán!

Sin duda, la conexión del granadino de Fuente Vaqueros con el neoyorquino de West Hills está, probablemente, unida a su química orgánica de un sexo disidente, la misma que ardió en los labios de Óscar Wilde tras el beso de Whitman en su célebre encuentro de dos horas en Candem, New Jersey. Muerto el viejo hermoso Walt nacido de Brooklyn e hijo de Manhattan, su beso no pudo llegar al joven García Lorca, pero si el aliento de sus Hojas de Hierba, creciendo siempre desde la primera edición hasta la última.

La escritora Zoé Valdés ha recordado cómo José Martí, tan traicionado, describió tales deseos quizá con el seudónimo de Alfredo. Unamuno, que descubre en el cubano el verso libre antes que en Whitman, se refiere a esa su "selva brava" y a que el libro fundamental del epopeyista del individuo, energía de la democracia, americana o no, era, en realidad, un hombre libre que ha comprendido que su sí mismo rima con el núcleo atómico del universo entero.

De Federico García Lorca se han dicho tantas cosas que una más ya no cabe en su retablo. No sabemos a dónde hubiera llegado de haber vivido más tiempo. Whitman publicó su gran libro a los 37 años y Federico fue asesinado a los 38. Si el neoyorquino ya se había desembarazado de toda forma métrica clásica, el andaluz gustaba más de los metros y las rimas, sobre todo asonantes, que expresaban mejor la concordancia de sí mismo con su porción romancera de universo hispánico. Hasta Poeta en Nueva York, claro, donde el verso cobra libertad.

Ponerlo a los dos en relación, como ha hecho Pedro Tabernero, es una invitación a resolver la ecuación de su intimidad compartida y a despejar la incógnita de la coexistencia de estos libros en el mano a mano en esa Maestranza de la edición que es el Grupo Pandora de Tabernero. Ambos escriben de muchos aunque escriban de sí mismos. Lorca compone su canción con lo que adivina de él en el cante jondo y los gitanos, esos hombres y mujeres a los que el horno de Dios dejó de tostar a mitad de camino. Whitman encuentra su canción en la garganta de todos los norteamericanos de a pie que gorjearon en la suya propia.

Lorca da a luz una épica del cante que se canta a sí mismo para cantar todo lo humano y Whitman construye una épica de la masa visible de individuos cuyo destino divino y heroico es amarlo todo a partir del amor a sí mismos. Ya lo dijo su admirado Ralph Waldo Emerson: "En el interior del ser humano se halla el alma de todo". Pero, eso sí, Lorca es como una humilde tarde apacible, gozosa aunque apenada. Whitman es como una soberbia y urgente aurora que escala hasta el sol macizo del futuro que avasalla. Hay diferencias, como la pluralidad de almas exige.

Ambos, sin embargo, están convencidos de que en el punto exacto del universo en que se encuentran late toda la humanidad y a través de ella, todo el universo mismo. Lo propio, yo, el individuo, posible ya por el desarrollo técnico, económico, social y político, o el cante jondo, siempre de alguien y a través de alguien como un modo de ser en el mundo, revelan el universo que brinca dentro, sustancia, esencia, médula. Lo constitutivamente cósmico y humano está, no tiene más remedio, en lo propio. Lo suyo, de ambos, era un realismo/surrealismo trascendental.

¿Qué libro leer primero? ¿El de Whitman? ¿El de Lorca? Yo seguiría el curso de las horas. Amanecería con Whitman y oscurecería con Lorca. De la canción a uno mismo para todas las nuevas generaciones al cante jondo conformado y heredado de las generaciones para uno mismo. Sí, no hay duda. Pasar del escarlata vivo del alba codiciosa del cemento y el Hudson a los tenues verdes, violetas y azules de la declinación de los ríos y olivos andaluces.

Permítanme que diga que lo original de estos libros no son los textos de sus autores. Ediciones de los poemas de ambos se han hecho muchas. Poco añaden estos libros a la mirada que permite leer. Sin embargo, la auténtica fecundidad del sentido de la vista cuando se cierne sobre estos libros se experimenta cuando se envuelve en sus ilustraciones que, lejos de ser sepultadas por la avalancha de las líneas y las palabras de los gigantes, ponen la carne del color y la forma de sus imágenes y metáforas añadiendo una interpretación plástica de lo leído.

La canción de mí mismo de Tabernero tiene 103 páginas conteniendo los 52 poemas de Whitman. En ellas, desafían al mirante (que no sólo lee) nada menos que 72 cuadros del joven ilustrador gráfico cubano Michel Moro. En su Poema del Cante Jondo de Lorca, los ocho racimos primeros de poemas, la escena final y la última canción abarcan 107 páginas a las que encienden aún más las 92 pinturas del ya maduro pintor sevillano Juan Torres.

En estos libros extraordinarios —así lo creo—, que invitan a la contemplación leyente, los cuadros, dibujos y pinturas, no son elemento de recreo, descanso u ornamentación. Más allá de eso, son una hipótesis de interpretación de los versos, un modo único, limitado sí, pero concreto y evidente, de hacerlos visibles, de convertirlos en paisaje sugerente, en una libre consolidación de la perspectiva de los poetas. Son visiones nada fraudulentas de los tropos, letanías e incluso versículos que contienen.

De Michel Moro, puede destacarse su sentido del humor. No en vano ha sido agraciado con algún premio de humorismo gráfico. En la portada del libro original de Walt Whitman de 1855, no figuraba su nombre sino su foto desenfadada. En la portada de Moro, se inscribe el perfil barbilampiño de lo que parece ser un poeta de perfil clásico, escalado por una corona de laurel. Justamente eso es lo que nunca quiso ser Whitman el barbudo, que liberó el verso universal de los cánones, pero que ahora es un clásico. Hasta le llamaron "el Homero de América".

En su interior, un festival de rojos intensos (hasta la hierba parece granate), casi sanguinolentos y gritadores, con muy pocas excepciones de azules gruesos, que nos recuerdan su definición: "Esto no es un libro, es un hombre". Desde las pinceladas, tan enérgicas como las intenciones conquistadoras del héroe literario estadounidense, surgen estampas que expresan los versos de Whitman pero que, página adelante o atrás, reflejan, aunque transfiguradamente, lo que anuncian los versos.

Ejemplos. En la página 93, toda ella, reina una mosca sobre la frente bermeja de unos ojos turbios y abiertos que no se corresponde con los versos de la página 92. Pero si se tiene paciencia, en los poemas 8, 33 y 48 aparecen fielmente las moscas. "La mosca que se posa en tu frente es ya una explicación;/ y una gota de agua/ y el movimiento de las olas… una clave." El colibrí multicolor de la página 67 reside como verso en el poema 33 "donde centellea el colibrí" que resplandece –tradujo León Felipe—, dos páginas antes. Y así, más y más. Realismo, bajo formas inesperadas si se quiere o más allá tal vez, pero impresiones realistas.

Esto es, y en ello coincide con el ilustrador de Poema del Cante Jondo, Juan Torres, retratista de flamencos, los cuadros nacen en los versos y vuelven a ellos convertidos en estatuas instantáneas, en perspectivas cuajadas, en conjeturas posibles. Pero en su caso, no hay un color preeminente y hegemónico sino que proyecta en las páginas el arco iris completo de la paleta. Expresión, impresión, compresión, sobrepresión, reimpresión, pero no represión ni supresión. En cada cuadro se leen los versos escritos por Lorca, esta vez más evidentemente.

Otros ejemplos. En la página 60, "En la torre/amarilla/dobla una campana" a la izquierda. A la derecha, en efecto, se exhibe una campana. En la 66, "La guitarra/hace llorar a los sueños" y a la derecha se abre una boca llena de cuerdas "para cazar suspiros". Página 92, se ve a lo lejos una cruz y a su izquierda, Lorca dice "La cruz (punto final del camino)". En el "Poema de la saeta", primeros versos, página 49, aparecen arqueros oscuros acercándose a Sevilla. A la izquierda, un arquero negro y una torre del oro sobre un río reflexivo.

Quiero decir con ello que, a pesar de las pinceladas deformadoras y recreativas, los artistas han querido que los versos se reconozcan en los cuadros. Precisamente es ese ejercicio de identificación el que enriquece mucho más la mera lectura de dos viejos libros de versos (1855, 1921). Llevan escritos muchos años pero las ilustraciones los devuelven a la actualidad y los reviven devolviéndoles el color del presente. No se releen, se resucitan.

Pedro Tabernero podía haber elegido Poeta en Nueva York para hermanarlo con La Canción de mí mismo o las Hojas de hierba completas, más tópicamente relacionables, pero no. No he encontrado referencia alguna –tal vez la haya—, a la realidad de un vínculo entre los dos libros elegidos para este mano a mano. No es posible encontrarlo todo aunque se busque mucho. Más cansado aún es encontrar lo que no existe. Lo que me parece que tienen en común, ya lo he subrayado. Tanto en la letra como en la imagen. El todo está en lo propio y lo propio es lo real.

Sea como sea, la visión de estos libros a un tiempo produce una potente sensación de libertad a caballo de imágenes que reabren el horizonte de sus versos. El La poesía del futuro, Whitman concluía que "la democracia espera la llegada de sus bardos en silencio y en el crepúsculo, pero es el crepúsculo del alba". El nació primero y luego murió Lorca, que no habló de democracia pero sí de libertad. Dice su Mariana Pineda: "¡Yo soy la Libertad, herida por los hombres!". Sí, libertad para atreverse a ser lo que se quiere. En resumen, es eso. Borges no estaría de acuerdo con este mano a mano editorial. ¡Qué se le va hacer! A pesar de ello, la segunda semana de marzo se presentarán en Madrid.

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