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Jesús Fernández Úbeda

La épica historia de los mamíferos: del liliputiense que sobrevivió al T-Rex... a Óscar Puente

El paleontólogo Steve Brusatte ha narrado la historia de nuestros antepasados en un ensayo fascinante: 'Auge y Reinado de los Mamíferos' (Debate).

El paleontólogo Steve Brusatte ha narrado la historia de nuestros antepasados en un ensayo fascinante: 'Auge y Reinado de los Mamíferos' (Debate).
Portada de 'Auge y reinado de los mamíferos', del paleontólogo estadounidense Steve Brusatte. | Editorial Debate

Muchos niños quisimos ser Alan Grant por culpa de aquel tiranosaurio de Spielberg que sembró el caos en la isla de Nublar. Donde se pusieran aquellos velocirraptores tan inteligentes como ingenieros aeroespaciales o titanes vigoréxicos como el argentinosaurio, un primo argentino de Piecito que superaba los 33 metros de longitud y las 65 toneladas de peso, que se quitaran los melenudos mamuts o, no digamos ya, aquellos amagos primitivos de musarañas que mendigaban, allá por el Mesozoico, bajo el reinado indiscutible de los lagartos terribles. El Smilodon, o sea, el tigre de dientes de sable, tenía su punto, sí, pero no aguantaba la comparación, por ejemplo, con el Carcharodontosaurus.

Quizá el encanto de la historia de los Mammalia resida en su longeva clandestinidad mesozoica, en su supervivencia aparentemente improbable, en la complejidad de su triunfo. El paleontólogo y biólogo evolutivo Steve Brusatte la cuenta en un ensayo fascinante: Auge y Reinado de los Mamíferos (Debate, 2024). El tipo, que ha asesorado científicamente en Jurassic World: Dominion –y que también lo hará en la próxima entrega de la saga jurásica–, relata con solvencia y, sobre todo, con nervio literario una odisea que comienza hace eones, cuando los amniotas, es decir, los vertebrados que, a diferencia de los anfibios, se podían permitir el lujo de poner huevos en un terreno seco, se dividen en dos clases: saurópsidos –de donde salen, entre otros, los lagartos, las tortugas, los dinosaurios y, de ellos, las aves– y sinápsidos –de donde salen los temibles dimetrodones, los ornitorrincos, los mapaches y los inspectores de Hacienda–.

Sucede que nuestros antepasados más remotos eran unos extraños bichos que no encajan en la típica clasificación de mamíferos/aves/reptiles/anfibios/peces. Echémosle un vistazo al Inostrancevia, por ejemplo, un depredador salvaje de 3,5 metros de longitud armado con unos caninos de 15 centímetros. Es un terápsido, un miembro de un grupo de animales que parecen reptiles y que no son reptiles, que tienen características de mamíferos y no son mamíferos. Laminados de la faz de la Tierra tras la extinción pérmica, los descendientes de estas bestias redujeron su tamaño, desarrollaron pelo y modificaron su dentadura. De hecho, la mandíbula es el elemento imprescindible para indicar si un animal es un mamífero o, simplemente, un animal que comparte muchas características con los mamíferos pero que, en realidad, no lo es. Según Brusatte: "Los mamíferos serían todos aquellos animales que evolucionaron a partir del primer animal que desarrolló una innovación clave: una articulación de cierre de la mandíbula entre el hueso dentario de la mandíbula inferior y el hueso escamoso del cráneo superior".

La nueva boca permitió una nueva manera de comer: la masticación; ésta, a su vez, una modificación del cráneo y una progresiva expansión del cerebro. ¿Cuándo empezaron a producir leche estas criaturas? Ni se sabe. Llegaron los dinosaurios y los mamíferos se acogieron al Efecto Liliput: crecían rápido, se reproducían pronto y tenían una vida que, probablemente, no superaba los dos años. También se hicieron nocturnos. Brusatte: "Abandonaron la visión aguda y se dedicaron al olfato, el tacto y el oído. La mayoría de los mamíferos no pueden ver los colores y esa es la razón por la que suelen tener un pelaje pardo, tostado o gris apagado". Fue un milagro que sobrevivieran al meteorito que aniquiló a los triceratops y a los pterosaurios gigantes: "Imagine el lector un juego de la ruleta del asteroide: una pistola, con diez recámaras, en nueve de las cuales hay una bala. Dispárese un tiro. Incluso esta probabilidad de supervivencia (del 10 por ciento) es algo mejor que aquella a la que se enfrentaron nuestros antepasados".

Con los dinosaurios en el patio de los callaítos, los mamíferos crecieron, se multiplicaron y se adueñaron del planeta. Surgieron bestias tremendas, como el elefante Palaeoloxodon y el Paraceratherium, un pariente lejano de los rinocerontes. Los murciélagos conquistaron el aire; los cetáceos, los mares. Los homínidos, de los que Brusatte se ocupa en un único capítulo, llegaron a convivir con ciervos con una cornamenta de tres metros de envergadura y con perezosos de seis metros y tres toneladas. El autor desemboca en el presente: "Si las tendencias persisten, en pocos cientos de años rinocerontes y elefantes habrán desaparecido, y puede que los mamíferos de mayor tamaño que sobrevivan sean las vacas domésticas. Las comunidades de mamíferos no solo reducen su tamaño, sino que se hacen más homogéneas; el futuro inmediato puede ser sin grandes simios ni leones, pero podría estar infestado de roedores". En fin, si gustan, hínquenle el diente –de sable– a Auge y reinado de los mamíferos, un ensayo muy interesante que, además, tiene ritmo y buena prosa. Imprescindible para los frikis de la vida prehistórica que quisimos ser, en algún momento de nuestra infancia, el doctor Alan Grant.

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