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La silenciosa muerte de Antonio Amaya

Murió hace poco más de un año, olvidado, sin dinero, en un asilo de ancianos.

MANUEL ROMÁN
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Antonio Amaya | Archivo

Hay personajes que se van de este mundo sin que nadie "les eche cuenta", como dicen en el Sur. Antonio Amaya, que gozó de notoriedad como cancionero desde comienzos de la década de los 50, durante al menos dos decenios, falleció ahora hace un año, el 18 de mayo de 2012, en una residencia de ancianos de Sitges. En soledad, ya arruinado, quien en sus tiempos gloriosos ganó millones de pesetas, que fue dilapidando. Tenía ochenta y nueve años. Los medios de comunicación, salvo que yo sepa un diario de Valencia, Levante, silenciaron su muerte. Ya nadie lo recordaba. Pero fue en su día, insistimos, un destacado intérprete de coplas, siguiendo en cierto modo la estela del legendario Miguel de Molina. Cantando mejor que el malagueño, sin duda alguna.

Se llamaba en realidad Antonio Peláez Tortosa. En todas sus biografías figura nacido en Jaén, pero uno de sus muchos amigos íntimos llamado Pierrot, aseguraba en un libro con temática de artistas gays que Amaya le había confiado ser oriundo de Granada, aunque lo bautizaran en la capital jienense donde vivió su infancia y adolescencia. La fecha creemos fue el año 1923, pues el interesado la alteraba cuando se lo pedía un periodista. Era hijo de un Magistrado de la Audiencia, que murió cuando Antonio tenía once años. Miembro de una familia numerosa, de trece hermanos.

Muy jovencito se instaló en Madrid: quería triunfar como bailarín. Fue boy en la compañía de Celia Gámez, donde coincidió con un primerizo Tony Leblanc y un corpulento joven sevillano, que más adelante sería el todopoderoso editor José Manuel Lara, el de Planeta. En esa época, al de Jaén lo conocían como El Gitanillo de Bronce, y así fue anunciado el 25 de julio de 1946, en el teatro Arnáu, de Barcelona. Fue para unas semanas y estuvo varios meses en dicho local. Y ya eligió la ciudad condal para vivir, aunque posteriormente tuviera prolongadas estancias en Valencia y en Zaragoza .

Dejó la danza y comenzó a cantar el repertorio de Miguel de Molina y Conchita Piquer. Un novillero en ciernes que desistió de los toros se enamoró de él, convirtiéndose en su amante y en su representante artístico. Luego llevaría los destinos de otros artistas de renombre: el Dúo Dinámico, Joan Manuel Serrat... Era el granadino José María Rancaño Lasso de la Vega, quien lo bautizó artísticamente como Antonio Amaya. Hacia 1947 el Paralelo barcelonés era zona de animada vida nocturna. En sus teatros y salas de fiestas se permitían espectáculos más desenfadados y eróticos que en otras capitales. Fue en ese ambiente donde se fraguó la popularidad de Antonio Amaya, que estrenó revistas musicales formando trío con el inolvidable primer actor cómico Carlos Saldaña (Alady) y la despampanante supervedette Carmen de Lirio (de la que se contaba estaba "liada" con el gobernador civil de Barcelona). El gran empresario Joaquín Gasa "se forró" con aquel triunvirato, que llenaba sus locales hasta los topes. Antonio Amaya destacaba por su atractivo físico (tenía muchas admiradoras, aunque a quienes hacía caso era sólo a los varones), por su llamativo vestuario, su provocativa gracia. Lo que no solía hacer, pese a sus excesos y extravagancias, era vestirse de mujer para sus actuaciones. Cuentan que se pintaba los dientes de blanco con laca de uñas. Y adornaba su cuello con un collar de monedas de oro engarzadas. Las pelucas formaban parte de su espectacular puesta en escena. Acerca de sus preferencias sexuales, decía: "Las mujeres crean muchos problemas. Los hombres son más sencillos". La radio programaba sus discos a diario: Doña Luz de Lucena, que fue el primero de ellos; La medallona, una sentida zambra; Romance de El Espartero, La mare mía (Por mí no me la avasalles), La Reina Juana, melodramático pasodoble, El pescaero, la escuchadísima marcha ¡Ay, Infanta Isabel "La Chata!"… y Doce cascabeles. Este sería su número más difundido, pese a que se le adelantó unas semanas en el estreno otro cancionero, Tomás de Antequera.

En esa época, año 1952, Antonio Amaya se paseaba muy ufano por las calles barcelonesas a bordo de un espectacular "Cadillac". Su buena estrella le duraría un cuarto de siglo. Tiempo en el que supo invertir sus ganancias en pisos, fincas, algún teatro. También gastaba mucho en abrigos de chinchilla y visón, con alguno de los cuáles salía al escenario, o se fotografiaba a veces ofreciendo la erótica sorpresa de su cuerpo desnudo. Otro cancionero, el malagueño radicado en Valencia Rafael Conde "El Titi", tenía a Antonio Amaya como maestro. Y el propio Amaya aseguraba (quizás exagerando en su juicio) que su mayor imitador era nada menos que Raphael. En esos años finales de su popularidad todavía logró más éxitos discográficos, con Noche de Fallas y Mi vida privada. Fue el cantante más idolatrado por los homosexuales de su época. Ninguno de los que rivalizaban en su mismo género lograron destronarlo: Pedrito Rico, Miguel de los Reyes, Escamillo, Fernando Vargas.

En adelante, fue viviendo de las rentas, aunque en los clubs gays que abundaron a partir de la Transición, su presencia siempre concitaba una abundante parroquia. No menos cierto era que otro público curioso también festejaba sus ocurrencias. Lo vi actuar algunas veces, entrevistándolo en 1992, ya prácticamente retirado. Con sus chascarrillos, literalmente, te partías de risa. Me confesó que entre sus admiradores acérrimos, apareció una noche a verlo actuar !un obispo! Me tranquilizó, añadiéndome que no iba de púrpura sino de paisano y sin anillo pastoral.

Pródigo con su dinero, era bien conocida su disposición para invitar espléndidamente a sus amigos. Y ello lo pagaría al final de su vida. Cuando ya olvidado, en la ruina, contemplaba tranquilamente el paso de los días en una residencia de ancianos de Sitges, donde le sorprendió la muerte. Ahora hace poco más de un año que lo enterraron.

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