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Muere Lolita Sevilla a los 78 años

Intérprete de más de trescientas coplas, fue la protagonista de Bienvenido, míster Marshall.

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Lolita Sevilla | Efe

A los setenta y ocho años de edad, falleció el lunes la cantante y actriz cinematográfica Lolita Sevilla, víctima de una perforación de estómago, en el hospital madrileño Gregorio Marañón. Tenía otras dolencias óseas y una delicada salud agravada en los últimos años. Podía haber alargado su carrera musical, pues mantenía su voz en buenas condiciones, pero prefirió retirarse silenciosamente hace quince años, sin anunciarlo previamente.

El fallecimiento en 1997 del que fue su esposo y representante artístico, José María Gallardo, la afectó tan profundamente que no quiso saber nada más del mundo del espectáculo. Había vivido esa última época en su chalé de Torrevieja (Alicante), localidad a la que estaba muy vinculada. Alentó su conocido festival veraniego de habaneras y hasta estrenó un pasodoble con el mismo título que la ciudad. Pero en estos años postreros prefirió regresar a su casa madrileña de la calle de Antonio Arias, muy cercana precisamente al hospital donde ha dejado de existir. Tan ajena estaba a su anterior mundo de la farándula que no asistía a fiesta alguna ni tenía apenas contactos con antiguos compañeros como tampoco deseaba responder a periodista alguno. Mis gestiones telefónicas para ponerme en contacto con ella tiempo atrás fueron inútiles. Siendo una mujer simpatiquísima, atenta con todo el mundo, eligió la soledad en el tramo final de su existencia.

Se llamaba realmente María de los Ángeles Moreno Gómez y nació en Sevilla el 20 de marzo de 1935, en el seno de una familia humilde. Su padre trabajaba en la antigua Lonja de contratación de pescado en el denominado Barranco de Triana. De niña, era tan delgada que, como me contó, la conocían por el mote de "La Canijita". Quería ser artista, contraviniendo la imposición paterna de que se esmerara en el colegio. Del que ella se escapaba para asomarse a las puertas de la academia del célebre maestro Realito, aquel que enseñara a bailar a Rosario y Antonio. Porque ella soñaba con la danza. Y con diez años debutó como bailarina en el ya desaparecido teatro San Fernando, enrolada en la compañía Galas Juveniles. Cobraba doscientas pesetas cada domingo. No teniendo la edad reglamentaria, aunque aparentando más años, recurrió a una vieja treta: hacerse pasar por otra artista mayor, sirviéndose de un carné que le proporcionaron a nombre de una tal Dolores Sevilla. Y ese es el origen del que finalmente sería su sobrenombre artístico.

Logró convencer, pasados unos años, a sus padres para trasladarse a Madrid, intentando no triunfar como bailarina sino como intérprete de canciones andaluzas. Eran los primeros años 50. Su presentación en la sala de fiestas "Villa Rosa", ubicada en las entonces afueras de Madrid (nada que ver con la homónima de la plaza de Santa Ana) fue sonado. Percibía cada noche tres mil pesetas. Le surgió su primer contrato discográfico con piezas de los maestros Gardey y Segovia. Y allí mismo la descubrieron los productores de la película de Luis García Berlanga, Bienvenido, míster Marshall. En principio era para lanzarla como estrella folclórica. Así es que Berlanga, de acuerdo con sus colaboradores Juan Antonio Bardem y Miguel Mihura, tuvieron que trufar de canciones con aire andaluz un guión que inicialmente tenía un argumento ajeno al folclore. El resultado final fue un éxito, como hoy es tan recordado y conocido. Para Lolita Sevilla supuso su entrada triunfal en el cine. En la memoria de miles de españoles ha quedado aquel estribillo de "… ¡americanos, os recibimos con alegría…!". El filme compitió en 1953 en el Festival Internacional de Cannes. Nuestra protagonista recibió muchas felicitaciones, entre ellas la del mismísimo Charles Chaplin. Voy a contarles algo poco divulgado: en aquel viaje, Lolita Sevilla iba acompañada por su representante, Ramón Giménez García… con el que se había casado en vísperas de su desplazamiento, por lo que su estancia en la Costa Azul era su luna de miel. Nunca quiso, pasados los años, referirse públicamente a esa boda. Como si no hubiera existido. Nada supimos después de su marido. Y tres años más tarde contraía segundas nupcias con su nuevo agente artístico, el mencionado al comienzo de nuestro obituario, José María Gallardo.

Lolita Sevilla rodó posteriormente ocho películas, entre ellas: Aventura del barbero de Sevilla, junto a Luis Mariano; La chica del barrio, al lado de Pepe Blanco; Tremolina, emparejada con una gloria del cante, Angelillo; Malagueña, con Antonio Molina; Lo que cuesta vivir, otra vez compartiendo cartelera con Pepe Isbert; El fotogénico, que le deparó codearse con un espléndido actor cómico, José Luis Ozores… Se despidió de la pantalla en 1958 con el filme Habanera. En todas esas cintas cantaba coplas. Porque su popularidad era evidente que se debía a su bonita voz. Fue primera figura de una quincena de espectáculos de variedades, en calidad de estrella y empresaria, con buenos resultados en taquilla. De su repertorio, compuesto por más de trescientos títulos, sobresale una composición de Tony Leblanc, harto conocida: "Cántame un pasodoble español". No la estrenó ella sino Ana María Parra en la revista Lo verás y lo cantarás. Pero cualquier amante del género sabe que esa pieza la popularizó la gran artista sevillana. A la que recordaremos siempre por su espléndida versión del más brillante de los pasodobles, "Suspiros de España". Otras grabaciones suyas, entre tantas que interpretó a lo largo de más de cuarenta años, fueron: "Belén, Belén", "María Dolores", "Golondrina mensajera", "Madrid tiene seis letras", "La hija de don Juan Alba"…

Tenía un carácter afable, era sencilla en el trato, hablaba con sus vecinos sin atisbos de diva… Y fue una grande de la copla.

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