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Aute, cincuenta años de canciones

Con once años, el cantante no sabía escribir en español. "Tardé mucho tiempo en subirme a un escenario, no me atrevía", admitió.

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Aute, cincuenta años de canciones
Luis Eduardo Aute | Cordon Press

Un día del último noviembre un amigo de Luis Eduardo Aute le recordó que iba a cumplir medio siglo como compositor de canciones. Respondió que no lo había pensado. Pero sí su casa discográfica, que acaba de editar una vistosa caja con cinco Cds donde se recoge lo esencial de su obra: ciento un temas seleccionados de los cuatrocientos que ha creado durante este tiempo, gran parte regrabados. En aquel ya lejano noviembre de 1966 entró en un estudio del madrileño paseo de las Delicias para grabar estas canciones: "Don Ramón", "Made in Spain", "Aleluya número 1" y "Rojo sobre negro".

Aparecieron en los meses siguientes agrupadas en dos singles. La primera de sus creaciones en popularizarse fue "Rosas en el mar", que ofreció a Massiel, aunque poco después Aute tuvo un espaldarazo internacional como autor cuando un intérprete norteamericano llevó "Aleluya número 1" al puesto número siete de las listas de "Billboard".

No se atrevía entonces Aute a cantar en público, tenía pavor por su invencible timidez, y dejó pasar mucho tiempo hasta que en 1978 se atrevió a subirse a un escenario, ya cuando tenía en el mercado una notable producción discográfica, y difundió las piezas de su elepé "Albanta", donde reunía, entre otras, "Al alba" (que había estrenado Rosa León, como luego haría con "Las cuatro y diez") y "A por el mar".

En su guadianesca carrera de cantautor, Aute ha pasado por etapas en las que se olvidaba de la música, dedicándose a sus otras facetas: la de pintor muy estimable (son treinta sus exposiciones individuales, aparte de las colectivas), escultor esporádicamente, director de cortometrajes (ha filmado una decena, con dibujos animados), y poeta que ha reunido en una quincena de volúmenes sus versos y las letras también de algunas canciones. Pareciera ahora, dada la penuria intelectual, la exigua calidad de nuestra enseñanza, desde la primaria a la universitaria, la cultura en general en entredicho, que Luis Eduardo Aute podría ser considerado "un hombre del Renacimiento".

Realmente entre él y muchos de sus colegas hay notables diferencias, a favor de él, naturalmente. Lo anecdótico es que a los once años no sabía escribir en español: lo hacía únicamente en inglés. ¿Razones? Luis Eduardo Aute Martínez, hijo de padre catalán y madre filipina, nació en Manila el 13 de septiembre de 1943. A los ocho años viajó por vez primera a España pero no regresó definitivamente con su familia hasta 1954, que es cuando en el madrileño colegio Maravillas no querían admitirlo al no escribir nuestro idioma, que hablaba pero sin un abultado vocabulario. Su afición musical venía de niño.

Los Tigres y Los Sonors

Curioso resulta recordar que en aquel primer viaje a Madrid en 1951 cantó por vez primera en una fiesta celebrada en el hotel Avenida, de la Gran Vía, "Las hojas muertas", el éxito de Yves Montand. Y en los primeros años 60 hasta se enroló en un grupo, Los Tigres, tocando la guitarra, del que salió para ocupar una plaza con Los Sonors, pioneros del pop español entre otros conjuntos. Época en la que conoció a una guapísima María del Carmen Rosado, Marichu, con la que contraería nupcias en 1968. Y, pese a esa experiencia musical, Aute se negaba a ser cantante solista, ocupándose sólo de componer, con especial dedicación a sus letras en las que se apreciaban claras influencia de Bob Dylan o de otros autores franceses, como Brassens, y poetas surrealistas.

En términos generales, en la obra musical de Luis Eduardo Aute flota a veces el misticismo, también la ternura, el espíritu tanto crítico como irónico, la vena sentimental siempre tamizada por una veta poética nada desdeñable y por supuesto nunca vulgar ni sujeta a lugares comunes y mimetismos de tantos otros cantautores. En él se ha dado siempre una visión personal, fruto de su notable cultura, no cayendo en facilones ripios, en estribillos huecos o en búsquedas simplemente comerciales, del momento. Nunca ha estado al dictado de las casas de discos, por lo común preocupadas únicamente por su balance de ventas.

En lo personal resulta un ser encantador, educado, sobrio en sus manifestaciones aunque lo suficiente elocuente si le merece la pena, cuando la situación le obliga, o lo cree oportuno. Entre tanta palabrería hueca, escucharlo es un placer cuando lo entrevistan. Lo hice por primera vez en 1967, aun él soltero, cuando vivía junto a su madre en un amplio piso frente al madrileño paseo de Rosales. Me dijo: "Aunque nací en Filipinas, desde el primer día soy español". Vestía con cierto desorden, porque nunca ha seguido tampoco la moda en ese terreno: "A veces salgo a la calle sin peinar, claro que siempre limpio y aseado. Lo que no uso nunca es corbata. Una vez tuve que alquilar un esmoquin en París porque me nombraron Caballero debutante en la Ópera de París, donde encontré a gente tan interesante como Marcel Achard, La Begum…"

Época parisina

En su estudio de pintura que había instalado en aquella lujosa vivienda advertí la raída chaqueta de un barrendero y una gorra complementaria. Al comprobar mi sorpresa, se avino a desvelarme el motivo: "Le quise comprar la gorra a un barrendero que conocía y le ofrecí por ella veinte duros. Por ese precio me ofreció también el traje, que es el que utilizo para pintar y no mancharme otras ropas". Su época parisina fue fascinante, porque llegó a trabajar de meritorio como ayudante de grandes directores de cine: Max Ophuls, Jean-Luc Godard y el célebre Joseph L. Mankiewicz cuando rodaba Cleopatra. Al despedirme de Luis Eduardo, me dijo: "Ahora tengo veinticuatro años y muchas cosas por decir, aunque sea tímido y si una chica me solicita un autógrafo no puedo remediar que me ponga colorado, como si me desnudasen…".

Me causó Aute una gran impresión, reforzada en otros aislados encuentros. Con el tiempo, su talento ha sido ya muy reconocido. Lo homenajearon hace un mes en el circo Price, donde cantó por espacio de más de dos horas. Ahora ya sabe dominar (o sabe disimularlo) su innato rubor. Y confiesa, en este convulso mundo que vivimos, cuando nos dominan las nuevas tecnologías, el uso y abuso de los selfies, que él no posee teléfono móvil ni sabe siquiera cómo funciona un ordenador, que lo tiene, aunque utilizado por su secretaria. En cambio dice que "la vida sin poesía no tiene ningún sentido". Se ha embarcado en una gira por media España –"La gira Luna" se llama- y piensa irse luego a Hispanoamérica. Donde, como aquí, se recuerda su repertorio: "De alguna manera", "Una de dos", "Siento que te estoy perdiendo", "Pasaba por aquí", "Cine, cine", "Queda la música", "Mira que eres canalla", "No te desnudes todavía", "Slowly"… Un veterano clásico del pop melódico español.

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