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Manuel Román

A Tino Casal se le rompió el corazón hace 25 años

Se cumplen 25 años de la muerte de Tino Casal en un accidente de tráfico. Una figura sin discusión por encima de los tópicos sobre sus raros peinados y trajes. Él se adelantó unos años a estilos y modas.

Manuel Román
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Se ha editado estos días un álbum recopilatorio, De la piel del diablo. La colección definitiva, con canciones de un inolvidable, singular intérprete de pop-rock, el asturiano Tino Casal. De su producción se ha encargado quien posiblemente mejor lo conoció, su gran amigo Julián Ruiz, lo que garantiza la calidad del álbum con temas nuevamente remasterizados, treinta y cuatro en total, procedentes de dos discos anteriores, Los imprescindibles y Los olvidados.

Responde a la triste efeméride del veinticinco aniversario de su muerte. Sus paisanos ovetenses han vuelto a homenajearlo. Con motivo de las fiestas de San Mateo, que tienen lugar por estas fechas, el Ayuntamiento de la capital del Principado ha tenido el acierto de programar un concierto para recordar a su paisano, un artista polifacético que, amén de escribir letras, componer la música, era diseñador, pintor, escultor, con un aire original siempre, a la vanguardia de aquellos años de la tan traída y llevada "movida madrileña".

Lo de Tino le venía del apócope familiar de su nombre, José Celestino Casal Álvarez, natural de un "concello" a catorce kilómetros de Oviedo, Tudela Veguín, donde está enterrado. En sus años juveniles formó parte de un grupo musical llamado Los Zafiros Negros, del que saltó a Los Archiduques, cuando enfermó su vocalista. Mediada la década de los 60 lo moderno para un muchacho con ganas de estar a la moda era irse a Londres, en plena euforia de Los Beatles y Los Rolling Stones, Los Animals, Cliff Richard, con la irrupción de la minifalda de Mary Quant y "el no va más" de aquellos floreados vestidos que inundaban la pequeña calle de Carnaby Street.

Cuando le fue posible, el "guaje" se marchó a la capital británica, donde descubrió los últimos sonidos de una música que llamaban "el glam rock", cuyo mejor exponente era David Bowie. A Tino le fascinó. Venía a ser una réplica de otro movimiento conocido como rock psicodélico, más ampuloso. El asturiano se interesó por cuanto cantaba Bowie, quien a su presencia cantando ante el público añadía un componente, el de la estética de su vestuario, tomado, decían, de los mismísimos "travestís" de Nueva York.

Cuando Tino Casal regresó a España en 1977 venía enloquecido por cuanto había visto, empapado también de otra tendencia musical en boga, la de los Nuevos Románticos. Todo el bagaje que traía en su mente, lo mismo que en su equipaje con ropas aquí desconocidas, trató de ir dándolo a conocer. Pero se encontró con obstáculos difíciles de superar, cuando en España se iniciaba la Transición. Todavía en muchos aspectos la sociedad estaba anclada a costumbres del pasado, de lo que no se escapaba la música. Y el joven de veintisiete años que se estableció en Madrid negoció con una multinacional grabar un disco con esos ritmos británicos trasladados a canciones en español. La voz del asturiano era magnífica, casi de cuatro octavas y lo que quisieron en Philips fue hacer de él un nuevo Nino Bravo, que había muerto cuatro años atrás, en 1973.

Grabar no era nada fácil para quien sólo aportaba su corta experiencia del pasado con Los Archiduques y pretendía debutar como solista. No tuvo más remedio que estampar la firma en un contrato para registrar un sencillo donde aparecían estas dos piezas, perfectamente olvidadas ya: "Emborráchate" y "Caricias". Con una de ellas, en contra de sus ideas, se presentó en el Festival de Benidorm. Y aunque quedó en segunda posición, maldijo mil veces haberse prestado a ese tejemaneje: él no quería proseguir por esos caminos de la canción melódica, dulzona y alejada del estilo que pretendía cultivar. Su encuentro con un destacado productor musical, que escribía de música en algunas revistas y colaboraba en Radio Madrid, Julián Ruiz, fue providencial. Cambió de casa discográfica, fichó por Emi y para dar a entender la transformación que deseaba impulsar con sus canciones pasó ya a anunciarse sólo con su apellido, Casal. Se estrenó aquel 1981 con "Champú de huevo", que figuraría en su primer elepé, de los cinco que sacaría al mercado: "Neocasal".

Sí, era el nuevo Tino, que cuando paseaba por las calles madrileñas jamás pasaba inadvertido por la ropa que usaba, a veces diseñada por él mismo, más propia entonces para que la llevara una mujer. No digamos cuando actuaba en público y desfilaba con un extravagante surtido de modelos en los que siempre destellaban un sinfín de lentejuelas. Muchas veces llevó el pelo de distintos colores, al estilo "punk", cuando no lo cubría con algún llamativo sombrero de ala ancha, más propio de un vaquero del Lejano Oeste. Se había dejado crecer bigote y barba. Lucía aretes en sus orejas. Ni que decir tiene que escuchaba de todo, por mucho que la modernidad, poco a poco, se fuera instalando, incluso en ambientes juveniles. Aunque no era lo mismo hacerlo en Madrid, por ejemplo, que en un pueblo castellano.

De su vida privada nunca se contó nada. Únicamente supimos que compartía piso y amistad con Fabio McNamara, aquel que formara dúo musical con Pedro Almodóvar en los principios de "la movida" cuando actuaban sin recato alguno en los bajos de una discoteca "in" (como se apostrofaba entonces) llamada "Rock Ola".

Pero, al margen de que Casal pudiera hacerse un traje con la tela de unas cortinas y vistiera como si todos los días fuesen Carnaval, no apuntamos esas habilidades en términos peyorativos, pues también dibujaba estupendamente y hacía acertadas caricaturas hasta en una caja de cerillas. Asimismo pintaba cuadros y realizaba esculturas. Su cultura era notablemente superior a la de muchos de sus colegas. Poseía un oído finísimo capaz de captar infinidad de detalles y sonidos de los grupos y cantantes sajones del momento. Lo único que podía lamentar era no haber aprendido a tocar algún instrumento.

Con Etiqueta negra, su álbum de 1983 logró el éxito que tanto buscaba, particularmente con un tema aparecido en "single" un año antes, "Embrujada", que lo llevó por vez primera a las listas del "hit parade" (término muy usado entonces por los comentaristas musicales), permaneciendo dos semanas en el número 1. Ahí es cuando empieza a crecer su nombre, y lo revalida espectacularmente en 1984 con "Pánico en el Edén", que figuraba en su tercer álbum, Hilo rojo. A la gran difusión del título contribuyó decisivamente haber sido elegido como sintonía por los organizadores de la Vuelta Ciclista a España, que sonaba día tras día, durante un par de semanas en los reportajes de Televisión Española y las más importantes cadenas de radio.

La estúpida caída

Pero el triunfo –lo hemos repetido muchas veces- es a menudo tan esquivo como traicionero porque, inmediatamente después de disfrutar con "Pánico en el Edén" sufrió cierta estúpida jornada una caída a la que en principio no dio importancia alguna. Le diagnosticaron un simple esguince. Que se complicó, al punto de originársele en el pie una necrosis ósea que pudo haber acabado con su vida. Vióse obligado a permanecer mucho tiempo en silla de ruedas y después largas semanas utilizando muletas. En total, casi tres años de inactividad. Sometido a cinco operaciones en dos años. Cuando reapareció en 1987 parecía un resucitado. Todavía, sin poder andar por sí mismo con normalidad, se trasladó a Londres y en los mismísimos estudios donde grabaran tantas canciones Los Beatles, en Abbey Road, registró el que iba a ser, nos parece, el mayor acierto de su carrera: la versión que hizo de Eloise, creación del británico Eloíse. Una bellísima, romántica melodía, en la que los alardes vocales de Casal se impusieron frente a la creación original: así lo reconocieron varios críticos ingleses.

Quedó así encumbrado Casal en el punto más elevado de su biografía, por supuesto aupado nuevamente en las listas de éxitos. Ya era una figura sin discusión por encima de los tópicos sobre sus raros peinados y trajes. Él se adelantó unos años a estilos y modas. Y eso es sólo privilegio de los artistas que no copian a nadie, que tienen sello propio. Eloíse se incluyó en su cuarto L.P. "Lágrimas de cocodrilo".

Después, ya nada fue igual, pues su popularidad decreció un tanto y tuvo que vivir de los réditos del reciente pasado: Histeria, su quinto y último álbum no gozó de la aceptación esperada. Nada de ello deprimía a Casal quien, a sus facetas antes reseñadas añadía la de productor de otros grupos, interesado siempre en participar en experimentos ajenos, como Azul y Negro, Obús, y una siempre activa Alaska, con quien compartía gustos comunes. No hay nada más que contemplar viejas fotografías de ambos, con el "glamour" de sus modelitos y peinados. Tenía el proyecto con Miguel Ríos de estrenar el musical "El fantasma de la ópera" y grabar un nuevo disco en unos estudios japoneses.

Y llegamos a la madrugada fatal del 22 de septiembre de 1991 cuando Casal regresaba de una discoteca de la carretera de La Coruña, a las puertas de Madrid, con unos amigos. Quien conducía un "Opel Récord" color blanco se estrelló contra una farola en las inmediaciones de Aravaca. Casal, que ocupaba el asiento junto al conductor, fue el único que murió. Casi en el acto. Avisado un helicóptero, dejó de existir a poco de que emprendiera el vuelo. Su corazón quedó destrozado. No llevaba sujeto el cinturón de seguridad. Se pudo salvar, tal vez, de haberlo usado.

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