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Leonard Cohen es una cantaora

"Flamencohen" fue una misa laica, jonda y lorquiana. Rocío Segura y La Banda del Corazón ofrecieron un gran concierto. Así se hace un homenaje.

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Enrique Morente y Leonard Cohen | Archivo

Rendir tributo a un genio no es cosa fácil. A veces, los homenajes no pasan de presuntos; en los peores casos, uno tiende a pensar que, en medio de la típica maleza fúnebre de loas, aplausos y bostezos, en realidad, lo que se pretende es ejecutar con garrote, en público, a una personalidad, obra o legado. En este sentido, aún chirría en mi memoria el auto de fe de cartón piedra al que sometieron a Leonard Cohen, en el Círculo de Bellas Artes y pocos meses después de su muerte, unos cuantos profesores universitarios, algún escritor y un cantante que, dándoselas de rapsoda, regurgitó una versión mediocre de "Bird on the Wire". El poeta Benjamín Prado, presente y uno de los pocos que se salvaron, dijo con ironía: "A Leonard le gustaría esto; está lleno de mujeres". No había ni una sobre el escenario.

En la noche del sábado, en la Sala Berlanga, el bardo golfo sí que recibió un homenaje digno. Dirigido por Alberto Manzano, amigo y biógrafo del cantautor, "Flamencohen" fue una misa laica, jonda y lorquiana, un espectáculo sobrio, elegante, carnívoro. La cantaora almeriense Rocío Segura y La Banda del Corazón –formada por Alexandru Bublitchi (violín), Carlos Ródenas (contrabajo, bajo), Francisco Guisado (guitarras), Jordi Rallo (percusión), José Manuel Martín (batería, cajón)- aflamencaron, con la dosis justa, canciones como "The Gypsy’s Wife", "Hey, That’s No Way to Say Goodbye", "Take this Waltz" o "Dance me to the End of Love".

Cohen fue un enamorado de la guitarra española y del cante jondo: "El cante profundo de un pueblo que ha sabido poner al cantante en una posición digna, alguien que no es un simple espectáculo sino que está a la altura del pueblo y, más concretamente, de sus emociones". En la Berlanga, el canadiense sonó en español, muy bien adaptado por Manzano a solas o con la ayuda de artistas como Santiago Auserón o Christina Rosenvinge. Estas canciones ya habían sido interpretadas por otros cantantes españoles, como Enrique Morente, Pasión Vega o Silvia Pérez Cruz. En el show no sobró nada –bueno, sí: el pobre director sufrió una caída-. En realidad, el pedigrí flamenco sólo lo aportó Rocío Segura, con voz hermosa y salvaje, de seda y garra; el resto de la banda aportaba un mestizaje jazzie o blues. Todos los músicos demostraron ser muy buenos en lo suyo sin llegar, a Dios gracias, al virtuosismo individualista: La Banda del Corazón sonó compactísima y puso la piel de gallina. El respetable los despidió en pie, con una larga ovación.

Así sí que se hace un homenaje.

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