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'Alma norteña', de Álex Elías: rock con esencia pirenaica

El músico zaragozano publica su primer disco en solitario, compuesto por diez canciones en las que se canta a los bosques, al retiro o al amor.

El músico zaragozano publica su primer disco en solitario, compuesto por diez canciones en las que se canta a los bosques, al retiro o al amor.

Alma norteña, el primer disco en solitario de Álex Elías (Zaragoza, 1983), exlíder de la disuelta banda aragonesa Mister Hyde, tiene ese punto reivindicativo del "yo" que poseen –casi– todos los primeros álbumes de los artistas que dejan atrás un grupo y que corren el riesgo de reinventarse y comenzar una nueva etapa en solitario. En este sentido, las referencias no son estridentes ni agresivas, pero haberlas haylas. Alguna es bastante explícita. "Es el momento de dejar atrás todo lo que tengo", canta en "Norte". Más claro, etcétera.

La catarsis por la que apuesta Elías en la decena de canciones que conforman Alma norteña tiene poco que ver con la descarga de adrenalina, el salto con el brazo en alto haciendo el signo de los cuernos o el desgañite vocal. Sus canciones tienen un barniz montañés, pirenaico. Su discurso textual, si bien no tan radical como, por ejemplo, el de Franco Battiato, pasa en buena parte por el retiro, la calma, el sosiego, la reflexión. Busca, encuentra y se reafirma al otro lado, en los bosques fríos, lejos del ruido.

Producido por Rafa Domínguez, Alma norteña abre declarando intenciones con "Canción del Pirineo", una balada pop-rock que canta al paisaje, a los cielos, a la inocencia y a la distancia. Hay algo de Amaral en "Tirar la llave", algo del Bunbury del sonido Mutaciones en "Craving" y una versión del "Under the Milky Way", de The Church. El sonido americano se manifiesta en "Un largo todavía", en la que destaca un preciso y precioso pedal steel, o en "Libre de ruidos", en la que el cantante busca ese "lugar vacío", "libre de ruidos", en el que "aprovechar esta claridad / para por fin volver a empezar". La bonita "Desordéname" –"Ven y sálvame de todas mis rutinas– y "Velarde y Amaniel", en la que prima el piano, cierran un disco que suena muy bien, equilibrado a conciencia –quizá demasiado: echo en falta un poco de mala hostia, alguna descarga de adrenalina–, con letras notables y originales y una voz, la de Elías, singularísima y pulida.

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