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Bowie nuestro, que estás en el Cielo

'A Bowie Celebration' fue un grandísimo homenaje. Los huérfanos de Ziggy Stardust recibimos una cálida visita de algunos de sus más fieles apóstoles.

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Cuenta Juan que cuando vio "la santa ciudad, la nueva Jerusalén", Dios se le presentó diciendo: "He aquí, yo hago nuevas todas las cosas" (Apocalipsis, 21, 5). David Bowie hizo muchas. Seguramente, más que ningún otro artista en los últimos cien años. Conjugó como nadie los verbos "buscar" y "encontrar" con tal de no "aburrir" y, sobre todo, de no aburrirse. Si el Dios de los cristianos es uno y trino, el artista inglés fue uno… y a saber cuántos. Su discografía transita por afluentes diversísimos: hay un mundo entre Low y Hunky Dory, entre Station to Station y Black Tie White Noise, entre Let’s Dance y Blackstar. Sin embargo, pese a su polifonía, todas sus obras se reconocen en un único tronco común: se sabe cuándo un disco o una canción porta su firma.

Bowie hizo muchas cosas nuevas, decía. Como en aquel homenaje a Freddie Mercury en Wembley, en abril de 1992, cuando, tras interpretar una versión reducida de "Heroes", se puso de rodillas en el escenario y rezó un "Padrenuestro". Decenas de miles de personas pasaron del rugido al silencio más absoluto, respetuoso y solemne. Al terminar de recitar la oración, el público respondió con una ovación atronadora –imaginen un acto así ahora, en los tiempos posmodernos de Twitter–.

Un torrente de espiritualidad –implícita, en este caso– hubo también en el homenaje que se le brindó al autor de "Life on Mars?" en la noche del domingo en el Teatro Circo Price de Madrid. A Bowie Celebration: The David Bowie Alumni Tour fue una especie de misa evangelista, festiva, elegante, emotivísima y muy divertida. Para quienes no disfrutamos del hombre que una vez fue el Duque Blanco en directo, fue un placebo perfecto, un consuelo feliz.

Conformaban la banda el pianista Mike Garson, los guitarristas Earl Slick y Mark Plati, el bajista Carmine Rojas, el baterista Lee John y los cantantes Bernard Fowler, Corey Glover y Joe Sumner. Los dos primeros, escuderos de Bowie desde los setenta, demostraron y recordaron por qué fueron reclutados por el genio inglés; los tres últimos, que rotaron a lo largo de la función, brillaron con sus voces –en especial, Glover, quien clavó "Young Americans"–. Una tríada de excelentes vocalistas fue necesaria para acercarse a los matices, a la personalidad mutante y exclusiva que Bowie plasmaba según en qué cada canción. Pues eso: Bowie fue uno… y a saber cuántos.

Durante la hora y tres cuartos que duró el concierto, sonaron, sobre todo, canciones de los setenta: "Rebel Rebel", "Moonage Daydream", "Fame", o "Starman"; de épocas posteriores, sólo dos: la maravillosa "Bring Me the Disco King", con la que arrancó el show, y la amarga, cínica e hipnótica "Ashes to Ashes". Me llamó la atención que interpretaran dos piezas no demasiado conocidas: "Win", de Young Americans, y "Sweet Thing/Candidate/Sweet Thing", de Diamond Dogs. Había bastante gente joven en un público cómplice, emocionado y cantor, que se desparramó en "Heroes" y brindó, al final, una larguísima ovación a la banda, quien se quedó un buen rato alucinando y saludando al respetable.

A Bowie Celebration fue un grandísimo homenaje. Los huérfanos de Ziggy Stardust recibimos una cálida visita de algunos de sus más fieles apóstoles. Y lo agradecimos en cuerpo y alma.

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