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Joaquín Sabina: las mujeres y las canciones de su vida

El artista cumple 70 años y en sus versos, como en su vida íntima, la mujer tiene un lugar imprescindible.

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Sabina, durante una actuación en Madrid. | EFE

Alcanza Joaquín Sabina los setenta años este 12 de febrero, cuarenta de los cuales ha cumplido como cantautor. Un prolífico artista, con veintitantos álbumes y varios libros de poemas. En sus canciones, en sus versos, como en su vida íntima, la mujer tiene un lugar imprescindible.

De esos amores que a lo largo de su repertorio ha vertido en sus versos, el primero de ellos es Chispa, un fulgor de adolescencia. Paisana suya, hija de un notario de Úbeda que nunca toleró los arrumacos que se prodigaban. El probo funcionario público optó por irse a vivir con su familia a Granollers. No se arredró el joven Sabina, quien con un amigo se plantó en la ciudad catalana, instalándose en una tienda de campaña frente a la casa de su amada. Con la que acabó fugándose al Pirineo leridano. Aventura de pocos días, hasta que se le acabaron los ahorros y regresó al seno paterno. De los rescoldos de aquel primerizo amor nacerían algunas estrofas que llevó a sus canciones.

Instado a matricularse en la Universidad de Granada, lo hizo en la Facultad de Filosofía y Letras, año 1968, donde en seguida captó la atención de una estudiante inglesa, Lesley, con la que inició una relación sentimental. Generosa luciendo minifaldas, la muchacha no pasó inadvertida. Joaquín intensificó a su lado sus conocimientos de idioma y sexo. En 1970, instalado primero en París y luego en Londres y Edimburgo, continuó junto a Lesley, musa de sus primeras composiciones hasta que ella se hartó convencida de que el ubetense no iba a cambiar su conducta ácrata y bohemia. Malviviendo en pensiones de mala muerte, Sabina trabajó como camarero y en un hospital: introducía los cadáveres de ancianos en un frigorífico hasta que aparecían sus familiares para reconocerlos. Oficio siniestro que lo llevó a estar tan cerca de la Vieja Dama y su guadaña.

No le importó a Joaquín Sabina aquella ruptura con Lesley, pues en seguida halló compañía, la de Sonia Tena, hermana de Carlos, el presentador de programas musicales. Una compleja relación de amor-odio, con jornadas en las que se tiraban, literalmente, cualquier trasto a la cabeza para luego abrazarse como dos tortolitos.

Lo mejor de la biografía sentimental del cantante vino luego, cuando regresó a España. Se enteró que debía cumplir, con evidente retraso tras su exilio inglés, el servicio militar, que hizo en Palma de Mallorca. En este regreso le acompañó una argentina, Lucía Inés Correa Martínez, con la que había hecho buenas migas en Londres.

Un tipo como Sabina chocaba evidentemente con la disciplina militar. Para librarse de tantas horas en el cuartel, privado de libertad, se enteró de que podía solicitar el llamado pase pernocta mas con una condición: tenía que estar casado. Jamás se le había ocurrido en sus devaneos amatorios proponerle a ninguna de sus novias pasar por la vicaría. Ante la posibilidad contrastada de salir a la calle desde las dos de la tarde hasta el día siguiente de vuelta al cuartel o continuar cumpliendo sus obligaciones como recluta, no vaciló en pedirle a Lucía Inés que se convirtiera en su esposa. La argentina, muy liberal, creyó al principio que Joaquín se había vuelto majara, pero acabó sucumbiendo a su petición. Y se casaron: el 18 de febrero de 1977, hace de esto cuarenta y dos años. Estuvo presente la familia jiennense del cantante, al que hacía mucho tiempo no veían.

Madrid, la ciudad donde comenzó todo

Ya con la cartilla en el bolsillo, concluida la mili, la pareja se instaló en Madrid, ciudad en la que hace cuarenta años se inició la carrera como cantautor de Joaquín Sabina en locales cutres donde le pagaban cuatrocientas pesetas al día. Una de sus primeras composiciones resulta que se la cedió a un espabilado chaval al que llamaban Pulgarcito, que canturreaba en la calle de Preciados. Era "¡Qué demasiao!" donde se contaban las fechorías de El Jaro, un delincuente juvenil que robaba coches, conduciendo a gran velocidad, cometiendo atracos a diario. Nunca delitos de sangre. La policía acabó dándole el alto, no se detuvo y acabó muerto tras un tiroteo.

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Otras composiciones de esa época, ya en los tiempos de la Transición, tuvieron como destinataria a Lucía Inés. ¿Realmente se habían casados enamorados? Parece que no. Pero dormían juntos. Cuando ya esa convivencia se iba deteriorando, Joaquín urdió un par de letras que tenían como protagonista a la argentina, su esposa, con la que continuaba legalmente casado. Una de ellas "Rebajas de enero"; la otra, "Incompatibilidad de caracteres", donde se lee al principio:

… si me largo para siempre es porque no puedo más,
no tengo nada que perder
sólo el miedo a la soledad.

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'Esta noche', su gran trampolín

Ya transcurría el año 1985, cuando obtuvo el divorcio de Lucía, pero tiempo atrás su vida había dado un cambiazo total. Porque desde el sótano cutre de La Mandrágora, donde cobraba mil pesetas por noche, saltó a la televisión, gracias al programa de Fernando García Tola, Esta noche, que lo había descubierto junto a sus colegas Javier Krahe y Alberto Pérez.

Fue el trampolín de Sabina. Firmó con una casa de discos, empezó a ganar dinero, se hizo socio de un garito, Elígeme, junto a dos mendas que lo estafaron, en pleno barrio de Malasaña. Pero Elígeme sería el lugar donde encontró a Isabel Oliart Delgado de Torres, hija del exministro de Industria y de Defensa de UCD, siete años menor que el cantante.

Isabel iba con dos amigas. Cuando clareaba el día, Sabina invitó a su casa a Isabel y vivieron su primera noche de amor. Nunca se casaron. Dos hijas alegraron la vida de la pareja, Carmela Juliana y Rocío. Cuando esta última estaba a punto de nacer, Joaquín ya se había cansado de Isabel, aunque quedaron como buenos amigos. En ella se inspiró para escribir "Amor se llama el fuego" o "A mis cuarenta y diez", al cumplir medio siglo de vida, de carácter autobiográfico.

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Y emprendió seguidamente otra relación íntima con la modelo mallorquina Cristina Zubillaga, guapísima mujer con la que también compartió noches de vino y rosas y hasta viajó con ella a Cuba y la llevó consigo a una reunión de madrugada con Fidel Castro, quien bromeaba con el de Úbeda seguro de obtener el número de teléfono de su pareja.

¿Quién dejó a quien? Porque Joaquín Sabina parecía siempre ser el que optaba por languidecer una relación hasta que ella se largara. Puede que eso ocurriera con su esposa, Lucía, la que por cierto, cuando se fue de casa del cantante, estuvo un tiempo arrullada en los brazos de Manolo Tena. Esto le supo a Sabina "a cuerno quemado" y le negó el saludo al infortunado creador de "Sangre española" una temporada.

No sentaba cabeza

Con Cristina Zubillaga pasó algo parecido que con Lucía: ambas se cansaron de que él no les hiciera caso. Además, no sentaba cabeza, con sus viajes continuos, sus interminables veladas hasta que amanecía el sol rodeado de amigotes que se bebían lo habido y por haber en su casa, donde la cocaína corría de mano en mano. Y así, ni Lucía, primero, ni Cristina, podían aguantar semejante situación. Pero siempre el cantante se acordó de ellas a la hora de que las musas le inspiraran nuevas letras de amores finiquitados.

Declinaba la década de los 90, ya convertido Joaquín Sabina en incontestable ídolo de la progresía andante, cuando inició otra de sus aventuras más apasionadas: con la estudiante argentina Paula Seminara, que cursaba Ciencias Económicas a sus veintitrés años. Él le doblaba ampliamente esa edad. En Buenos Aires, capital tan querida por el ubetense, donde siempre tuvo más admiradores incluso que en Madrid u otras ciudades españolas, creyó vivir la más intensa de sus historias sentimentales. Paula llenaba todo lo que ambicionaba sexualmente Joaquín en una mujer. Pero bien por que él se entretenía con algunos amigotes de parranda o por otras cuestiones, el caso es que la argentina le dio puerta de la noche la mañana. Y lo que peor le sentó al cantante fue que lo relegara por un joven al que ella había conocido en el campo del Boca Juniors. Cabreadísimo, le escribió a la susodicha la letra de "Dieguitos y Mafaldas". Y para rematar, esta otra: "Ahora qué".

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Cicatrices en el alma

Podría decirse, como en el caso de los toreros, que Joaquín Sabina tiene cicatrices, pero en el alma, por todas esas mujeres que lo abandonaron, o él decidió en otros casos quedarse solo. Incapaz de permanecer conviviendo con una mujer más de dos o tres años. Lo que ha conseguido finalmente con Jimena Coronado. Finalizaba 1999 cuando a su suite del Sheraton Hotel de Lima llegó una fotógrafa del diario local El Comercio. Le hizo un reportaje gráfico extenso.

Joaquín fijaba su mirada en las piernas de la reportera cada vez que con posturas extrañas dejaba entrever sus partes más íntimas. Fue el principio de una intensa y larga amistad, que continúa. Desde entonces, no se han separado. Jimena es su musa, la que le ha inspirado muchas melodías y baladas románticas. Quien controla las llamadas telefónicas de la vivienda que habita la pareja en las merindades del Rastro, cerca de una de las esquinas de la plaza de Tirso de Molina madrileña. La que sabe quién puede visitarles o la que da luz verde para que un periodista entreviste a Joaquín. La encargada de llevar sus cuentas, pues el cantante es incapaz de administrar su patrimonio.

Tras unas temporadas de locuras, entre borracheras y subidones, todo cambió para Joaquín desde que en 2001 sufrió un amago de infarto cerebral. Después, repuesto del susto, y aunque haya tenido algunas recaídas en su precaria salud, Jimena siempre lo ha librado de mayores contratiempos. A ella le dedicó, entre otros, el tema "Rosa de Lima".

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Repasando, para terminar este artículo, algunas otras piezas de Joaquín Sabina con historias extraídas de sus aventuras, citemos "Juegos de azar": fue el resultado de una inesperada noche en la que se encamó con la maquilladora del grupo neoyorquino Kiss. Se despidieron al mediodía y jamás volvieron a verse. "Pobre Cristina" es un retrato de la millonaria Cristina Onassis, quien con toda su fortuna siempre se consideró un ser desgraciado. "Medias negras" resultó ser otra historia de un encuentro amatorio fugaz con una expresidiaria, quien terminó por robarle a Sabina todo lo que quiso de su apartamento, cuando él la dejó sola donde habían pasado una noche de desfogue.

"Y nos dieron las diez" es una de las dos canciones más celebradas de su amplio repertorio, pero nunca ha querido decir quién era aquella camarera del hoy tan conocido vals. Parece que una asturiana de Gijón, pero no hemos podido identificarla. En cuanto a "19 días y 500 noches", que es la otra pieza más divulgada del ubetense, sabemos por el propio Sabina que fue un encargo, sin decirnos de quién o para quién. Una rumba que a lo mejor podía haberla estrenado Bambino, pero éste se murió antes de que estuviera lista. Puede que el recuerdo de Sonia Tena flotara en la memoria del autor cuando se puso a escribirla.

Para concluir este apartado, de "Princesa" podemos contarles que la letra de Joaquín (pues la música fue cosa de Juan Antonio Muriel), se la inspiró una chica de Logroño, Arianne Sved, hija del director de un hotel riojano y de madre encargada de una bodega de la región vinícola. Catorce años menor que él. Una heroinómana que llegó a desengancharse de su vicio. Pero no murió, por tanto, en el atraco de una farmacia, como se desprendía de la canción. Una licencia sabinesca. Se acostaban juntos cuando de vez en cuando el cantante la visitaba en Logroño, y en Madrid, a veces. Pero dejaron de verse. A Sabina le contaron que ella se fue un día a Alemania, hizo programas de radio y se olvidó de su época negra. A lo mejor no supo nunca que ella era la "Princesa" de la canción.

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Joaquín Sabina, a sus setenta años, dejó temporalmente de actuar la pasada temporada. Ahora, dentro de unos días, aparece el disco Coplas patéticas, dedicado a su antiguo amigo y compañero, Joaquín Krahe, muerto de un infarto de miocardio en su casa de Zahara de los Atunes hace tres años y pico, cuando contaba setenta y uno. En él, colaboran las voces del amigos del fallecido, entre ellas la de Joaquín, precisamente con una pieza que dejó inédita Krahe poco antes de irse de este mundo, la que da título al álbum, que se inicia así: "Ayer, brasas, hoy, cenizas". Y estos días será pregonero de los carnavales gaditanos.

Joaquín Sabina está actualmente ocupado en la producción de un biopic, con destino a televisión; serie dirigida por Fernando León de Aranoa, que también se ocupará de un documental sobre la vida y obra del cantautor. La serie tendrá necesariamente que tener un actor que doble a Sabina. El proyecto no verá su estreno hasta el año 2020. Entre tanto, se ignora si el artista reaparecerá pronto o no en los escenarios. Hace ya un tiempo que anunció que pensaba en su retirada.

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