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Diez años de la muerte de Michael Jackson: una leyenda con muchas sombras

El rey del pop murió con 50 años a causa de una intoxicación aguda, consecuencia de haber ingerido dos medicamentos, propofol y benzodiazepina.

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El rey del pop murió con 50 años a causa de una intoxicación aguda, consecuencia de haber ingerido dos medicamentos, propofol y benzodiazepina.
Michael Jackson. | Cordon Press

Era poco más que mediodía en Los Ángeles, California, el 25 de junio de 2009, casi las diez de la noche en España cuando al Centro Médico Ronald Reagan llegó en ambulancia un paciente al que habían encontrado en su mansión en parada cardiorrespiratoria. Los facultativos determinaron que se hallaba en estado de coma. Los esfuerzos por salvarle la vida resultaron inútiles. Era Michael Jackson, el llamado rey del pop, que fallecía unas horas después de su ingreso a la edad de cincuenta años. La noticia conmocionó a millones de seguidores del cantante. Desde el fallecimiento de Elvis Presley no se conocía una reacción así de tristeza y dolor.

Las causas del óbito de Michael Jackson tardarían en saberse con absoluta certeza: fue por culpa de una intoxicación aguda, consecuencia de haber ingerido dos medicamentos, propofol y benzodiazepina. Era adicto a los fármacos, abusaba de ellos: calmantes, inyecciones… Su médico particular, el doctor Conrad Murray, se excedió sin duda para procurarle la tranquilidad y bienestar que le demandaba el cantante. Fue acusado de homicidio involuntario y pasó unos años en prisión. Al conocerse las circunstancias de la desaparición de Michael Jackson, quien fuera su primera esposa, Lisa Marie Presley, recordó lo que le había confesado cierto día en el que se encontraba deprimido: "Temo morir como Elvis, tu padre".

Se supo entonces que Michael Jackson estaba muy preocupado por su futuro artístico. Trataba de revitalizar su carrera, para lo cuál había conseguido un contrato de medio centenar de actuaciones en Londres. Era un tiempo en el que, como tantas veces ocurre incluso en ídolos del pop como él, vivía momentos delicados. La inquietud se debía al parecer a sus problemas económicos, inversiones que hizo sin obtener resultados positivos, gastos excesivos en sus caprichos, todo ello cuando ya no vendía tantos millones de discos como en la década de los 80. Por si fuera poco se especulaba también, dado que las informaciones acerca del divo no eran del todo fiables ni oficiales, que padecía cáncer de piel, lo que desde su entorno se desmintió. El caso es que Michael Jackson, por mucho que ensayara esos días para ponerse a punto en vísperas de su viaje a Inglaterra, atravesaba una crisis de ansiedad que el doctor Murray trató de paliar con el fatal desenlace conocido.

Difícil infancia

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Nacido el 29 de agosto de 1958 en un suburbio de Chicago, era el séptimo de nueve hermanos. Familia modestísima en la que el padre abusaba de su prole. El propio Michael recordaría las palizas que recibía de su progenitor. Cinco de los retoños formaron un grupo de música pop conocido como los Jackson Five, del que Michael era el vocalista. Ese padre severo e injusto los explotataría durante bastante tiempo. Había sido guitarrista de Los Falcons, en tanto la madre cantaba repertorio country. Pero no pasaron de artistas insignificantes, en tanto el quinteto iba a poco dándose a conocer en todo el mundo con un sonido que se puso entonces de moda, Motown, la factoría que lanzaba voces extraordinarias de gente de color, habituales del R&B, y soul preferentemente. Esa agrupación infantil, pasados unos años, pasó a llamarse The Jacksons. Finalmente los hermanos fueron independizándose y Michael, a partir de 1971, con trece años, fue convirtiéndose en un solista aclamado en los Estados Unidos, innovador en su estilo, con una voz extraordinaria que iría acompañando en escena con una coreografía hasta entonces desconocida, frenética, impropia de un artista de tan pocos años. Mas recuérdese que sus inicios en la niñez ya podían otorgarle cierta veteranía. Su consagración, como sabrá la mayoría de nuestros lectores, le llegó en 1982 con el álbum Thriller, del que se vendieron cincuenta millones de copias, todo un récord en la música pop, que le hizo ganar ocho premios Grammy. El vídeo que sigue todavía circulando por las redes sociales es el mejor testimonio que se conserva de este genio. A su talento había contribuido, sin duda, la aportación de Quincy Jones, su productor musical.

Obsesión por ser blanco

Hay un montón de libros, folletos y referencias que nos evita condensar la carrera de este niño prodigio convertido en leyenda. Por lo que nos limitaremos a evocar otros datos referidos a su vida personal. Una obsesión fue siempre la de querer parecerse lo más físicamente posible a un blanco. No es que detestara la cultura de su raza, pero es el caso que se sometió a constantes sesiones de cirugía plástica hasta conseguir que su rostro barbilampiño diera la sensación, por decir algo, de aparecer mestizo. Al que le proporcionaba un maquillaje más propio de una estrella femenina, con los labios pintados. Lo curioso es que lo cubría luego si pisaba la calle unos segundos con un amplio sombrero o alguna bufanda. Sus cabellos eran negros desde luego, abundantes, unas veces más rizados que otros, predominando al final lacios. Su nariz fue cambiando con los años hasta volverse más fina. Ya no parecía casi en nada a un artista afroamericano, descendiente de aquellas gentes de color que arribaron desde África a la tierra de promisión que era para ellos América, como se contaba en la serie Raíces.

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Jackson en la Casa Blanca con Ronald Reagan

Excéntrico en su comportamiento, venía a ser una especie de Peter Pan en carne y hueso. Se casó dos veces: la primera, quedó dicho que con la hija de otro rey, el del rock, Elvis Presley. Pero aquella boda con Lisa Marie fue considerada por muchos como un apaño que, publicitariamente les venía bien a los dos; a ella, por su incipiente carrera de cantautora; a él, por las dudas razonables que se suscitaban acerca de su probable homosexualidad. Como pareja, la verdad es que "daban mucho el cante", y no me refiero a sus voces, la de él extraordianaria; menos, la de ella. Veinte meses les duró la felicidad, si es que gozaron de ella. Mas bien a los pocos días del evento, cada uno iba por su lado.

Como arreciaban esas críticas acerca de la condición sexual de Michael, el mismo año de su divorcio de Lisa Marie, 1996, contrajo segundas nupcias con Debbie Rowe, a la sazón enfermera del dermatólogo del artista. Algo extraordinario sucedió porque la pareja tuvo a dos bebés, Prince y Paris. Y como Michael no parecía ser el marido perfecto, Debbie solicitó el divorcio. Manifestaría mucho más tarde que no era el padre biológico de sus dos hijos, que los tuvo tras someterse en una clínica a un procedimiento de fecundación pero ni siquiera con el esperma del cantante. Con quien, añadió, nunca compartió lecho conyugal ni tampoco hicieron siquiera una vez el amor. Habían firmado un pacto, documento antes del matrimonio por el que llegados a esa situación, nada tendría que reclamar ella que no fuera legal. Fue generoso Jackson entregándole ocho millones de dólares y la posesión de una vivienda nada menos que en Beverly Hills, lujosa zona de Los Ángeles. Y a partir de entonces, año 1999, el señorito Michael volvió a ser soltero, pero no incurrió en un tercer desposorio, aunque sí quiso ser padre de nuevo. ¿De qué manera? Con un vientre de alquiler. De ese modo a su hogar llegaría Blanket.

Los muchos millones de dólares, despilfarros aparte, los había invertido en buena parte Michael Jackson en la adquisición del Rancho Sycamore Valley, situado en el condado de Santa Bárbara, en California. Le costó diecisiete millones de euros. Y le cambió el nombre: sería bautizado como Neverland. Una alegoría de lo que en el cuento de Peter Pan era el "País de Nunca Jamás". Quince años residió allí, en una especie de inmenso parque infantil de atracciones en donde invitaba a pasar fines de semana a algunos chicos que llamaran su atención. Fue cuando, pasado un tiempo, fue deslizándose la especie de que allí sodomizaba a algunos, se aprovechaba de ellos ejerciendo de anfitrión y participando de juegos que terminaban en alguna de las camas de las muchas habitaciones del lugar. Escándalos que, en alguna ocasión, llegaron a ser denunciados por los padres de aquellos inocentes muchachos. Los abogados del cantante se encargaban de solucionar el asunto, al margen de la justicia. Y todos tan contentos.

Pero ocurrió que entre los años 2013 y 2014, es decir cuando Michael Jackson llevaba unos pocos años bajo tierra, dos de aquellos chavales pero ya talluditos, Wade Robson y Safechuck, que en uno de los juicios habían declarado que no eran ciertas las acusaciones que se cernían sobre el cantante, ahora cambiaban su declaración, afirmando rotundamente lo contrario. Es decir, que Jackson abusó de ambos. Lógicamente la familia del fallecido declaró en contra de los dos declarantes, a los que se supone untaron en su momento con un buen puñado de dólares. Tras algunas investigaciones se llegó a la conclusión de que tales tipejos atravesaban una mala situación financiera. Y como solución, dieron en revocar sus testimonios para acusar con todo lujo de detalles los juegos eróticos a los que se sometían en Neverland.

La cadena de televisión norteamericana HBO, cuyos programas se emiten en España a través de #O de Movestar, emitió en marzo pasado un documental con las declaraciones de los citados individuos, recreándose en los detalles de la violación a la que fueron sometidos por Michael Jackson, presuntamente se entiende. A día de doy ignoramos si las autoridades judiciales tomaron cartas en el asunto. Lo que sí sirvió tal espacio fue para remover ese oscuro pasado del ídolo, quien por otra parte, desde el ángulo artístico continúa siendo una leyenda. La de un artista extraordinario que vendió ochocientos millones de discos. Buena parte de ellos ya muerto, con las reediciones y canciones inéditas que la multinacional discográfica del cantante fue sacando al mercado hasta hace un par de años. Lo que originó unas ventas estimadas en seiscientos millones de dólares. Y también una frase un tanto necrofílica de dudoso gusto: Michael se había convertido en el intérprete que más pasta ganaba desde su tumba. Y aunque al final de su existencia atravesaba por algunos problemas de caja, llegado el momento de abrir el testamento, sus herederos serían la madre del cantante y sus tres hijos, sin dejar nada a su progenitor ni a sus hermanos. Con ello, Michael quiso compensar en cierto modo las penalidades que sufrió Katherine, la mujer que lo trajo al mundo, soportando a un marido borracho y maltratador, del que acabó divorciándose. Por cierto, Neverland, la mansión horrenda donde Michael Jackson daba rienda a sus fantasías erótico-festivas con sus niños invitados, sería vendida poco antes de su muerte en veinte millones de dólares a un estrecho colaborador financiero de Donald Trump. Algunos fans despistados lo mismo este día del décimo aniversario de la muerte de la estrella del pop asoman sus narices a las puertas del lugar, en la creencia de que el espíritu de Michael Jackson vaga por el contorno.

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