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Se apaga la voz rota de un cantautor comprometido durante medio siglo

Patxi Andión se subió a un escenario por última vez el pasado 25 de noviembre. Ayer falleció en un accidente de tráfico.

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Patxi Andión se subió a un escenario por última vez el pasado 25 de noviembre. Ayer falleció en un accidente de tráfico.
Patxi Andión | Youtube

Lleno de ilusiones, como si volviera a empezar (lo que hizo a finales de los años 60) Patxi Andión se subió a un escenario por última vez el pasado 25 de noviembre. En este amargo trance de su muerte, para cuantos lo conocimos, resulta absurdo repetir la cantinela de que estaba esa noche lleno de vida. Más gordo, sí; más calvo, también. Pero con su voz rota, rasgada de siempre, con la que nos presentó sus últimas composiciones, recogidas en un álbum de enigmático y rato título, La hora lobicán. Los que esa noche tuvieron el placer de escucharlo en la mítica sala chamberilera Galileo, después de mucho tiempo ausente, sin discos en el mercado salvo los de otras épocas, le reclamaron llegado el momento de los bises y las nostalgias, aquellos temas que marcan la memoria de una generación antifranquista, o al menos entonces con apetencias musicales nuevas, que expresaran la realidad sociopolítica del país. Y de aquel lejano clima resurgieron esa velada de hace sólo veinticinco días, Rogelio, Esteban, La Jacinta (que era una prostituta), Samaritana, El maestro

Retratos, daguerrotipos de un tiempo políticamente incierto y creemos superado, en el que Patxi Andión expresaba pinceladas poéticas y críticas de gentes de la calle, marginados, olvidados, desdeñados… A ellos les dedicaba sus canciones, ajeno a su comercialidad. Curiosamente, cuando le quedaban, ya digo, sólo veinticinco días de vida, nadie le pidió que interpretara su canción más popular, puede que la única que le deparara fuertes dividendos como autor y que alcanzó las listas de éxitos: Una, dos, y tres..., ambientada en el Rastro madrileño, donde él mismo vivió unas temporadas. Que no fue, desde luego, la que simbolizó todo su repertorio, más cercano a la problemática social, o incluso al romanticismo, entendiendo el amor en sus canciones de una manera nada vulgar ni tópica. Patxi leía a los poetas clásicos y de ellos extraía buena parte de su inspiración cuando compuso letras líricas. En cualquiera de sus estilos, en él siempre brilló un gusto especial por la literatura, por contar historias humanas llenas de hondura, o por sobrevolar con sus canciones un relato poético y sentimental aprendido de sus maestros, Jacques Brel, Leo Ferré, Georges Brassens… Se sabía al dedillo las mejores de todos ellos.

Francisco José (Patxi) Andión González contaba haber nacido el 6 de octubre de 1947 en Azpeitia (Guipúzcoa) y que a los diecisiete días viajó con sus padres a Madrid, donde lo inscribieron; de ahí que en sus biografías figure como natural de la capital de España. Mas siempre se consideró vasco. Le gustaba cantar y con cinco años hizo su primera actuación pública. A los doce formó su primer grupo musical, cantaba "Popotitos" y otros rock and rolls con Los Camperos. Pero no convencido aún de su vocación y atendiendo a sus sueños marineros se enroló en un barco bacaladero, con el que llegó hasta las aguas de Terranova.

"Yo he sido un lobo solitario toda la vida —me contaba Patxi— , un lobo estepario, lo que supuso que viviera mal, pasando mucha hambre". Eran los años del tan sobadísimo mayo francés de 1968, que Patxi vivió en París, y no como tantos otros que se jactaban de haber estado allí en primera línea. Guitarra en mano cantaba en un rincón de la estación del "Metro" Odeón. Luego, en un cabaré llamado La Candelaria, en La Contrascarpe, L´Escale… Se había aprendido canciones de sus antes mentados ídolos, también de la imprescindible Edith Piaf o de aquella intérprete que siempre vestía de negro, Juliette Greco, tan admirada por Sartre y Simone de Beauvoir, cual mus del existencialismo. En ese clima entre revolucionario, poético y filosófico transitaba nuestro compatriota cierta noche, cuando tomando la penúltima copa en aquel infame cabaré ya citado con el nombre de La Candelaria coincidió con un tipo algo extraño: compartieron confidencias entre vasos de licor y la invitación que el desconocido individuo le hizo a Patxi para tomarse la penúltima copa en su casa. Tomó sus precauciones el vasco ante la posibilidad de que lo hubiera tomado por marica. En la vivienda de su misterioso anfitrión acertó a contemplar un montón de carpetas de discos. "A mí también me gusta mucho Brel", le dijo Patxi, preguntándole: "¿Y a tí?". Y la respuesta: "Yo soy Jacques Brel".

Patxi regresó a España hacia 1968. Mendigó a las casas de discos una oportunidad. Una de ellas, la multinacional RCA, le brindó un trabajo, no muy digno: el de "negro". Ya saben: vender unas canciones, letra y música o sólo parte de ellas, aceptando a cambio que fueran firmadas por otros. Corrió el rumor de que algunas de las primeras canciones de Mari Trini tenían el sello creador de Patxi Andión.

Finalizando 1970 Patxi tuvo por fín en otra casa discográfica la ocasión que tanto buscaba: el álbum Retratos. Allí reunía esos temas que al principio recordábamos, Rogelio y los restantes temas mencionados. Y Canto, donde incluyó una frase que, correspondiendo al habla coloquial, no era del gusto de la censura: "Canto a la madre que me parió". Un latigazo que estremeció en no pocos ambientes españoles. Canciones entre paréntesis, de 1971, disco clave para la música de una generación diferente, incluyó 20 aniversario y Samaritana: "En Madrid y agonizando el presente mes, me senté, al fín, enfrente de un papel, para escribirte junto hasta la piel, aunque no entiendas lo que te diré, Probablemente no te acordarás ni de mi nombre ni de aquel café donde borracho con mi soledad, casi en la puerta te paré y te hablé… Porque yo te amé aquel anochecer, que fuiste el cuenco donde yo dejé mi soledad de atrás, de antes de ayer, mis viejas penas y el primer deber...".

Patxi siempre se consideró más escritor que cantante: "Me siento incómodo si me llaman esto último, o algo que no sea Patxi". Sus discos, de contenido bien diferente a lo que el mercado español mantenía, tuvieron en general una buena aceptación, no siendo, recalcamos, en principio comerciales, sin música pegadiza, sin textos superficiales. Y eso era el mayor mérito de este cantautor, cuyas letras eran las de mayor calidad entonces, rivalizando con las de Aute, más abstracto, de un ya veterano Serrat, un Raimon menos popular o el Víctor Manuel costumbrista todavía y algo panfletario, sin llegar a la altura que tuvo posteriormente.

De ideología izquierdista, Patxi Andión sería criticado en algunos sectores por su boda con la oficialmente mujer más guapa, Amparo Muñoz, malagueña que se ciñó la corona de Miss Universo (para luego abandonarla, refugiándose en los brazos de su entonces novio Máximo Valverde). Ya olvidada aquella odisea de su bello reinado, ella se había incorporado al cine español y en 1975 se conocieron en la película de Eloy de la Iglesia La otra alcoba: trasladaron el argumento sentimental a su vida privada. Muy enamorados, rodaron al año siguiente Acto de posesión. El matrimonio de esta apasionada pareja duró poco menos que un suspiro: sólo dos años, separándose en 1978. La diferencia cultural entre ambos era evidente y el fuerte carácter de ambos, también. El cantautor me confiaba en la casa que entonces había sido el nido compartido con Amparo, en la madrileña colonia de la Fuente del Berro, que Amparo le había partido la vida, volviéndolo medio loco. Un cuadro valioso que Patxi tenía en alta consideración lo medio destrozó Amparo, en un ataque de furia, en la taza del wáter. Ése y otros episodios parecidos acabaron con la paciencia del vasco que, tuviera o no toda la razón en su relación conyugal, echó de casa a su mujer, puesto que la vivienda le pertenecía a él.

El fracaso amoroso lo superó ese 1978 con su nuevo álbum Cancionero prohibido, adjetivo que le cuadraba pues varias de sus cancioines, como la que abría la grabación, Mi niñez, fue censurada por un montón de emisoras de radio, dado que abusaba de una profusión de tacos y frases malsonantes. Al disco escandaloso le siguió Arquitectura. Fichado por una multinacional, aquellos reveses de las prohibiciones los pagó caro: estuvo un largo tiempo sin grabar. Lo que aprovechó para aceptar en 1980 su participación en el musical Evita, junto a Paloma San Basilio, en el papel del Ché Guevara, personaje anacrónico en la historia, que libremente incluyeron los autores de la función. Caracterizado con la barba conocida del legendario argentino castrista, Patxi Andión interpretó adecuadamente su papel.

Una vez concluídas aquellas representaciones (a Patxi lo sustituyó Pablo Abraira), el cantautor vasco terminó su carrera de Ciencias Sociológicas, comenzando a impartir clases en la Universidad Complutense. Y en 1984 contrajo segundo matrimonio, esta vez sólo de carácter civil, con Gloria Monís, que antes había sido novieta del torero Palomo Linares. Encontró el equilibrio sentimental que necesitaba. La carrera artística posterior de Patxi Andión fue algo diferente: ya no fustigaba tanto a la sociedad que tiempo atrás había sido objeto de sus críticas. Parte de sus nuevas composiciones llevaban letras amorosas inspiradas o dedicadas, sin citarla, a su mujer. Lo hizo siempre, hasta su más reciente disco. De esa época fueron Amor primero, María, Canela pura… Llegó el día que se planteó retirarse, para dedicar más atención a sus compronisos lectivos universitarios. Escribió varios libros, como el de relatos Los morganautas. Y dado que buena parte de sus clases eran de temática audiovisual, se involucró en el rodaje de varias series televisivas en calidad de actor, compositor, guionista, coproductor a veces (Página de sucesos, Brigada Central, La virtud del asesino). Como actor, incluyendo una etapa en la que lo convirtieron en rudo galán, creemos que cumplió con nota sus trabajos. Más adelante volvió a los estudios de grabación, aunque con menor repercusión mediática, con los discos Nunca nadie y Cuatro días de mayo dedicado este último a Portugal, cuya revolución de los claveles cantó y donde ha tenido siempre un reconocimiento quizás mayor que en España en los úlltimos tiempos. Seguía dedicando muchas horas a su vocación profesoral, dando clases en la Universidad de Cuenca. En la soledad, continuaba componiendo canciones, escribiendo, leyendo como siempre hizo de chico, con auténtica voracidad.

Padre de tres hijos, el mayor ha publicado cuatro libros de poesía, lo que era gran motivo de orgullo para Patxi, en tanto el segundo seguía sus huellas de cantautor, había debutado con un disco y preparaba el siguiente.

A las ocho cincuenta y cinco minutos de la mañana de este miércoles 18 de diciembre, conduciendo su todoterreno de regreso a Madrid, su cuerpo quedaba tendido en un borde de la carretera Soria-Madrid, ya sin vida, muerto prácticamente en el acto. La voz rota apagada para siempre de quien era hace ya tiempo, aunque olvidado por las nuevas generaciones, parte de la gran historia del pop y la canción de autor en España. Era un hombre vitalista, lleno de sueños que procuraba ir cumpliendo, ajeno a modas y a toda invitación frívola que no correspondiera a su honradez intelectual, al compromiso del que siempre hizo bandera.

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