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Santiago Navajas

Morricone, músico sagrado y místico

A pesar de su éxito entre el público y la sencillez de su propuesta, su música era compleja. Luciano Sale le definió como "místico y sagrado".

Santiago Navajas
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A pesar de su éxito entre el público y la sencillez de su propuesta, su música era compleja. Luciano Sale le definió como "místico y sagrado".
Ennio Morricone | Archivo

En la muerte de Ennio Morricone hemos de celebrar no a un músico de películas sino a uno de los más extraordinarios compositores contemporáneos. Del mismo modo que Bernard Herrmann tiene un lugar al lado de Shostakovich y Stravinsky, así Morricone se codea con Berio y Ligeti, o Pärt, Górecki y Piazzolla entre los grandes compositores neotonales. La música de Morricone trasciende las películas en las que colaboró de dos maneras. En primer lugar, dotándolas de una cuarta dimensión. La música de Morricone forma parte de la puesta en escena y no es un mero acompañamiento sino que crea una atmósfera de sensaciones y una arquitectura auditiva que multiplica el impacto visual cómo sólo se conseguía echando mano de grandes compositores del pasado, al estilo de Visconti y su uso de la Quinta Sinfonía de Mahler en Muerte en Venecia y el Así habló Zarathustra de Richard Strauss en 2001, una odisea del espacio de Kubrick.

Además, llevando al público general y a la crítica especializada (la que despreciaba los western de Sergio Leone por manieristas y taquilleros) a la comprensión de que la música en el cine forma parte también de la alta cultura. Morricone fue un autor de culto popular.

En una ocasión pude escuchar la música de Morricone interpretada por una gran orquesta, la de la Ciudad de Granada. Tras la Octava Sinfonía de Beethoven sonó la música de La Misión, Hasta que llegó su hora y Cinema Paradiso. Fue extraño escuchar a las cuerdas sustituir la famosa armónica de Charles Bronson pero de todos modos fue imposible no visualizar las imágenes de la película sobrepuestas a las de los músicos allí presentes. Este es el poder taumatúrgico, entre milagroso y hechicero, de la música de Morricone, ser capaz de dar sentido y una trascendencia a lo que sin ella no sería tan denso y elevado. Su música nos hacía sentir la presencia de otro mundo en este. Luciano Sale, el director que le dio la primera oportunidad, lo definió exactamente: "Eres un autor sagrado y místico".

A pesar de su éxito entre el público y la sencillez de su propuesta la música de Morricone era compleja. Nada que ver con el laberinto sin salida de mucha música "seria" que confunde la complicación con profundidad siendo finalmente simple y vulgar. Por el contrario, el compositor italiano era capaz de elevar a una nueva dimensión las películas de saltimbanquis de Bud Spencer y Terence Hill, donde lo descubrí por cierto. Explicaba su forma de entender la composición como una actividad semejante al ajedrez

Son actividades igual de creativas; ambas se basan en procedimientos gráficos y lógicos que implican también la probabilidad, lo imprevisto.

Tal es así que para las Olimpiadas de ajedrez de Turín escribió el Himno de los ajedrecistas. Esa precisión y esa tensión del ajedrez, el deporte más artístico y más violento que existe a pesar de que no se derrama ni una gota de sudor ni de sangre, es la que trasladaba Morricone a sus partituras. Hay que imaginar la felicidad de Tarantino cuando consiguió que le escribiese la música para Los odiosos ocho, esa obra maestra de la violencia matemática, esa rebuscada partida de ajedrez que chapotea en sangre, sudor y semen.

La combinación en Morricone de estilos, del jazz a la música clásica pasando por el rock, la música electrónica y las canciones populares italianas (atención a su Ogni volta interpretada por Paul Anka; o esa obra maestra que es Se telefonando, interpretada por Mina, en la que se aprecia su talento insuperable para el arreglo orquestal y su facilidad para hacer de lo lírico una cuestión épica) es lo que le hicieron ser un artista internacional sin perder un ápice de su idiosincrática italianidad. Encontró el equilibrio perfecto entre el oficio y la experimentación, la experiencia acumulada (conocer Il combattimento di Tancredi e Clorinda) y la originalidad vanguardista (versionar a Monteverdi como si fuese rock: los Metallica y los Ramones solían empezar sus conciertos con L’estasi dell’oro de El bueno, el feo y el malo).

Decía Nietzsche que la vida sin la música sería un error. Lo que quería decir con ello es que la vida es música y hay que sentirla como tal. Del mismo modo las películas cuya BSO firmaba Morricone nos invitan a vivirlas no como un mero entretenimiento sino algo que habita en la memoria y el amor. Justamente el espacio donde siempre habitará Ennio Morricone.

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