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Jesús Fernández Úbeda

Enrique Bunbury: la salida es hacia dentro

Reza el tópico que es mejor no conocer a los ídolos de uno porque, casi siempre, el presunto dios resulta ser un gilipollas. Bunbury lo desmiente.

Reza el tópico que es mejor no conocer a los ídolos de uno porque, casi siempre, el presunto dios resulta ser un gilipollas. Bunbury lo desmiente.
Enrique Bunbury, en concierto. | Cordon Press

Horas después de que Chanel obtuviera su bronce eurovisivo, con medio Madrid anticipando la resaca por San Isidro, Enrique Bunbury anunció que sus "problemas con la garganta y la respiración" se salieron de madre y que, por ello, "con todo el dolor de mi corazón, me toca adelantar lo que ya veía inminente. Me es imposible hacer más conciertos". La gira por sus 35 años de carrera musical, rebautizada, tras lo que contó a finales de febrero, como El Último Tour, adelantó su defunción al 10 de mayo, con un show fantástico celebrado en Atlanta (EEUU) en el que sonaron himnos como "La sirena varada", "El rescate", "Maldito duende" o "La constante".

Reza el tópico que es mejor no conocer a los ídolos de uno porque, casi siempre, el presunto dios resulta ser un gilipollas. Bunbury desmiente, tritura y mea sobre este argumento. Nunca olvidaré nuestra primera conversación, el 19 de junio de 2014, al poco de que la cabrona –dicho con cariño– de Marisa Corral me dijera que igual no me encontraría con el cantante en toda la gira:

–¿A qué te dedicas?

–Me acabo de licenciar –ni me atreví a definirme como periodista.

–¿A licenciar? ¿En qué?

En efecto, me sentí como un Moisés de astracán con retraso mental. Por fortuna, mi interlocutor no se comportó como un Yavé implacable y letal. De hecho, me hallé ante un tipo culto, humilde, generoso y divertido que, no tardando, me brindó su vasta y efervescente amistad. No devalúo el vocablo, e imaginad cuánto me enorgullece la cosa, cuando digo que Enrique Bunbury es mi "amigo". Por eso, cuando me enteré del cese de El Último Tour, mientras mataba el tiempo en una discoteca llena de opositores a maniquíes del Museo de Cera, no lo lamenté sólo como fan: la noticia no afectaba a alguien a quien escucho mientras, qué sé yo, escribo, limpio o (pseudo)cocino, sino a alguien a quien quiero y admiro.

Alguna vez, durante estos días, me he preguntado si esta retirada –parcial, recuerdo: "A partir de ahora, se abre ante mí un sinfín de posibilidades, en las que lo creativo, es decir, componer canciones, grabar discos, pintar y escribir libros de poesía, forman parte de mis objetivos"– no había sido vaticinada por el propio artista en sus últimas canciones. Inevitablemente, me he acordado del "No me voy a quedar por aquí demasiado tiempo / me he ido y he vuelto / sólo por ti. / Sé donde está la salida, es hacia adentro", de "Cualquiera en su sano juicio (se habría vuelto loco por ti)", o del "Y he renunciado a demasiado en los últimos años / realizando un esfuerzo total / para un modesto resultado", de "Los términos de mi rendición". Cerceno la especulación escuchando "Mis posibilidades (Interstellar)": "Responsable sólo soy / de lo que escribo y digo; / de lo que entiendas, no". Desde luego, el último Bunbury no ha sido críptico ni escurridizo. A sus últimos comunicados, ay, me remito.

¿Será un torero de ida y vuelta? ¿Se marcará un Miguel Ríos, como he leído por ahí? No es el momento de hacer(se) estas preguntas. Cabe desearle no una pronta –qué manía con la inmediatez–, sino una profunda y completa recuperación. Hay que recordar que Bunbury no nos deja huérfanos de su arte, como bien subrayó en febrero. "Y tú y yo / nos volveremos a encontrar / todas las veces", canta en "Supongo". Hasta entonces, o sea, hasta que él quiera, disfrutemos de su vivísimo legado, reivindiquémoslo y agradezcamos, como poco, los servicios prestados.

Y todo lo demás, también. ¡Como para no hacerlo!

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