
El 25 de marzo de 2006, hace justo 20 años, moría María de los Ángeles de las Heras Ortiz, Rocío Dúrcal. Contaba 60 años.
Era media tarde en su chalet de Torrelodones, a 28 km de Madrid, rodeada de su familia: Junior, su marido, y sus tres hijos: Carmen, Antonio y Shaila. Se fue tranquila. Recibiendo muchos besos y abrazos. Antonio Morales, ya no pudo contener las lágrimas por más tiempo. Estalló en sollozos.
Al tanatorio de Tres Cantos fueron acudiendo sus amigos más cercanos, los compañeros de toda la vida. Comentaban lo discreta que había llevado adelante su enfermedad mortal.
Cumplió Junior el deseo de Rocío: que sus cenizas se repartieran entre España y México. En este país, descansan en la Cripta de la Basílica de Guadalupe, en la capital azteca.
Cuatro años antes le detectaron sus males agravados progresivamente. Un cáncer de útero la llevó a la tumba.
Se apagó su vida, tan llena de amor por los suyos, tan plena de éxitos como actriz y cantante, convertida en una de las grandes estrellas del mundo del espectáculo.
María de los Ángeles debía el apelativo familiar de Marieta a los años de su temprana edad cuando vivió con su familia en Valencia, donde alguien de su vecindad la llamaba así, como una costumbre levantina.
Muy joven, ya en Madrid, acompañada por su abuelo, participaba en conciertos radiofónicos de cantantes noveles. Era finales de los años 50 y en ellos coincidía con Raphael a menudo.
Una noche de 1959 debutó, con quince años, en otro concurso pero de Televisión Española, interpretando una copla de Marifé de Triana. Nada más terminar su actuación, recibió la llamada telefónica de un descubridor de talentos: Luis Sanz. Se citaron y desde entonces selló con él un contrato indefinido con el que alcanzó el triunfo en el cine y en la canción popular.
Buscando un sobrenombre artístico sobre un mapa de España, el dedo índice derecho de Luis Sanz se detuvo en la margen derecha, en un punto: el del pueblo granadino de Dúrcal. Ya tenían el apellido. Para el nombre, barajaron antes los de Rocío Benamejí y Rocío Fiestas. Quedó para los restos como Rocío Dúrcal. Rocío porque era como le gustaba a una de sus abuelas.
De los chicos de su edad que frecuentaba, uno era jugador de rugby, descendiente del poeta Campoamor. Otro noviete estaba emparentado con la familia Arias, dueña de instalaciones invernales en la sierra madrileña.
A través de Luis Sanz, conoció a Juan y Junior, dúo musical que había abandonado el cuarteto pop Los Brincos. Era mediados de los años 60. Rocío salió una temporada con Juan Pardo, que estaba enamorado de ella. Pero ésta, no. Y al poco tiempo, en 1968, ella misma se declaró. Pero no a Juan, sino a Antonio Morales, Junior para diferenciarse del mismo nombre paterno.
Llevaron su relación en secreto. Yo publiqué en Semana la exclusiva. "Sí, soy novia de Junior". Puede comprobarse. Se lo sonsaqué a través de la abuela filipina del cantante, conocedora de ese noviazgo. Y en ese apartamento de Antonio, descubrí un fajo de cartas procedentes de Londres, por el matasellos. La remitente era Marieta, o sea Rocío, que pasaba una temporada estudiando inglés en la capital británica.
Publicada la noticia en la portada de Semana y varias páginas interiores, hubo reunión urgente en casa de Rocío. Luis Sanz, su representante, convino con los padres de ella que había que adelantar la boda. Tomás, el padre de Marieta, creyó que estaba embarazada, lo que ella negó rotundamente. Lo cierto es que, por mi reportaje, aquél enlace se adelantó, tras nueve meses de misterioso noviazgo, al 15 de enero de 1970. Acontecimiento nupcial. La boda del año en el Monasterio de El Escorial. En presencia de los más conocidos rostros del cine español: Celia Gámez, Carmen Sevilla, Lola Flores, Marisol, Vicente Parra…
Quien no estuvo fue Juan Pardo, invitado sí, pero se disculpó.
Antes de casarse, Rocío Dúrcal ya era toda una estrella del cine. Sus películas tenían argumentos dulces y amables. Un público adolescente y juvenil abarrotaba los cines, en los años 60, donde se exhibían aquellas historias ingenuas, con simpáticas canciones.
Su debut ante las cámaras ocurrió en 1961 con Canción de juventud. Antes de su llegada al cine era una estudiante mediocre que sólo soñaba con ser artista.
Tras su salto al cine, prosiguió una imparable lista de títulos, todos muy taquilleros: Rocío de la Mancha, La chica del trébol, Tengo diecisiete años, Más bonita que ninguna, Acompáñame, Buenos días, condesita, Amor en el aire, Cristina Guzmán, Las Leandras, Marianela, donde su papel era el de una joven cieguita….
Para demostrar su valía probó también suerte en el teatro estrenando Un domingo en Nueva York y La muchacha sin retorno. Las dos funciones le fueron favorables. Una de ellas dirigida por el prestigioso Adolfo Marsillach.
En 1975 vivió una dura experiencia: se registró la primera huelga de actores y Rocío fue una de las que más se significó ante la Policía siendo trasladada con otros compañeros a la Dirección General de Seguridad. Fue detenida, y de no ser por la intervención de Lola Flores ante las autoridades, hubiera pasado más tiempo privada de libertad. Salió a la calle, pero multada con una elevada cifra.
En tiempos de la democracia, Rocío ya no era ídolo de la juventud, sobre todo en el cine. Se defendía más cantando. Tuvo desencuentros con su representante y productor, Luis Sanz. Y a partir de entonces su vida artística dio un cambio sorprendente. En 1978 se embarcó en una peligrosa aventura: el rodaje de Me siento extraña junto a Bárbara Rey, cuyo argumento giraba alrededor de dos mujeres que vivían una relación supuestamente lésbica. Un escándalo para la época que no la benefició. Sería su despedida del cine.
Con su economía maltrecha y cuando la aportación de Junior era precaria, Rocío recibió un contrato para interpretar rancheras. Un joven compositor, Juan Gabriel, que mucho la admiraba, crearía para ella un repertorio en el que destacaba "Fue tan poco tu cariño". A partir de entonces la suerte cambió para la intérprete madrileña que fue convirtiéndose en una estrella idolatrada por los mexicanos y también por otros públicos de habla hispana. De cómo se conocieron ambos, merece recordarlo. Cierta noche Rocío y unos amigos acudieron a una sala concurrida gay, donde actuaba un jovencito de inequívoco aire andrógino. Naturalmente, éste, Juan Gabriel, conocía a nuestra compatriota. Y a partir de ese día comenzaron a trabajar juntos. Jamás Rocío Dúrcal ganó más dinero que con las rancheras de Juan Gabriel.
En México la tradición de cantantes de rancheras era grande. Siempre hubo muy importantes voces; voces graves. Rocío Dúrcal la tenía, potente sí, pero aguda. Pues a pesar de eso nuestra cantante llegaría a vender la friolera de 40 millones de copias discográficas, siendo la española que más se destacó como estrella del disco.
Les recordamos unos pocos de esos muchos títulos millonarios: "La muerte del palomo", "Se me olvidó otra vez", "Me gustas mucho", "No lastimes más"….
En adelante, para no cansar a su parroquia con tantas rancheras las combinaría con boleros, baladas y otras piezas románticas. Fueron casi 20 años los que duraron su estrecha colaboración con Juan Gabriel. Junior, que seguía en Madrid cuidando de sus hijos, salvo cuando los dos mayores marcharon a estudiar a los EEUU, se reencontraba con su Marieta en México DF. Juan Gabriel se había enamorado de Junior. Este lo rechazó pues nunca tuvo desliz alguno con un hombre.
La unión artística entre Rocío y el compositor mexicano se rompió definitivamente. Bien por celos, o porque en eventos y en prensa se destacaba más el nombre de ella. Después de tarifar, Juan Gabriel buscó a una sustituta de Rocío para estrenar sus creaciones: Isabel Pantoja. El hermano de ella, Agustín, simpatizó pronto con el mexicano.
A pesar de esa ruptura con Juan Gabriel, Rocío Dúrcal no cejó de seguir triunfando en México, países limítrofes, California y otras áreas americanas, algunas incluso para espectadores de habla sajona.
A Madrid venía dos o tres meses al año. Descansaba, pero asimismo se prestaba a giras por todo el país. Porque no quería alejarse de sus millones de seguidores españoles a pesar de una evidencia: en México sobre todo llegó a ser más popular que entre nosotros.
Con la llegada del nuevo siglo XXI a Rocío le diagnosticaron el mal que llevaba en sus entrañas, en dos diferentes ocasiones. No dejó de atender con su simpatía habitual a los periodistas interesados en el transcurso de su enfermedad. No dejaba de sonreírles, convencida de que saldría adelante. Tuvo siempre en sí misma una fuerza arrolladora. Más que Junior al que años atrás, cuando él estuvo a punto de ser involucrado en Estados Unidos en un delito, ella se declaró culpable, episodio poco conocido.
Fue desde luego un matrimonio feliz. Rocío experimentaba más en público ese amor. Nadie que conociera a la Marieta chamberilera, que era siempre la madrileña alegre, llena de empatía, podrá olvidarla. Fue en su juventud la novia soñada para muchos. Y para la historia, queda como una gran actriz y una personalísima cantante. Vivió intensamente su gloria y se marchó con la máxima dignidad de toda una gran mujer.

