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¡Viva la casita de Bad Bunny!

Grupis ha habido siempre. Los conciertos de los Beatles no se oían de los gritos. Aquellas niñas hubieran hecho lo que Elvis hubiera querido.

Grupis ha habido siempre. Los conciertos de los Beatles no se oían de los gritos. Aquellas niñas hubieran hecho lo que Elvis hubiera querido.
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Qué empeño tenemos en que los demás hagan lo que a nosotros nos parece bien. Como explica Pablo Malo en Los peligros de la moralidad, cada vez que nos ponemos como modelo de conducta estamos situándonos en el lado correcto y estamos censurando al otro desde nuestro altar.

Venga, un caramelo para los juzgadores —yo no me libro—: "Tengo el pecho pelao. Me dio una matá. El corazón dándome patás". Quien ha escrito y canta esto (DtMF) es capaz de hacer una residencia de diez noches en Madrid, en un estadio deportivo con capacidad para cerca de 70.000 personas. Aforo completo y la reventa supera los 500 euros. Y la gente de Bad Bunny tan contenta.

Una encantadora casita con porche, rosa y amarilla, forma parte del megaespectáculo del puertorriqueño. Allí entran los tops: de la tele, del petardeo, del cine, de las redes, gente con mucha pasta... En primera fila del porche, con tacones y a riesgo de precipitarse por un escalón de más de medio metro, perrean las chicas guapas. Meten el hombro y se enfilan de medio lado para entrar en el plano. Todo el concierto contorsionándose, con un vaso en la mano, posando para una cámara que las va emitiendo. Cuando Bunny quiere se acerca y cuando no, no. En otro mundo esa gente pagaría por estar ahí y servir con tanta entrega al rito.

Derecha e izquierda han atizado, con mucha seriedad, a la encantadora casita del reguetonero. Que si minirrecinto clasista, que si la cosificación de la mujer, que faltan gordas, que si no hemos evolucionado desde la piscina de Jesús Gil, en definitiva y por acabar pronto, que ¡qué vergüenza! Pues chico, no mires.

Pero no le pueden quitar el ojo. A esos muslos envidiables de Ester Expósito, a una Marta Ortega que disfruta a su manera, a otra que llama la atención del macho vestido de mamarracho (veis, esto es juicio, yo nunca me veo de este tipo de mamarracha, seré de otro tipo)… Chica, pues no mires.

Argumentar a estas alturas que ese concierto es un acto privado, que la gente paga lo que quiere por estar ahí, que hay tortas por estar en la casita, que Bad Bunny, un multimillonario progre, tiene el derecho y la libertad de invitar a quien quiera... me parece demasiado básico.

En fin, para mí quisiera los muslos de Expósito… Pero luego lo pienso y la verdad es que paso de hacer sentadillas. Así que la respeto y la admiro con envidia por todo el trabajo que lleva encima, propio y ajeno. Le han recordado estos días, los que no paran de asomarse a la casita, las veces que ha criticado la cosificación del cuerpo de la mujer. Expósito es incoherente y eso es insoportable en una sociedad tan coherente como la nuestra. Me gustaría saber cuánto hay de pensamiento Expósito en esas declaraciones y cuánto responde a la matraca de los medios y a las obsesiones de los periodistas. También ha dicho que el cocido madrileño: "Es una elección inteligente para comer todos los días porque, como tiene varios ingredientes, no te cansas: garbanzos, patatas, chorizo...''. Puede ser, yo la he visto saliendo de Starbucks. Decir que la izquierda woke se lo tendría que hacer mirar, es viejo.

Pagué más de lo razonable por ver a Radiohead y eso no me hace ni mejor ni peor. Cuando tocaron Karma Police, Dios, no pegaba bajar en sentadilla meneando el culo hasta el suelo, que tampoco sé, y mira de eso me libré. Pero de todo lo demás no. Soy una grupi.

Y grupis ha habido siempre. Los conciertos de los Beatles no se oían de los gritos. Aquellas niñas hubieran hecho lo que Elvis hubiera querido. Las hubo y siempre las ha habido. Eso sí, creo que las grupis de hace sesenta años eran más jóvenes que nosotras y en la casita solo había adultas. Mujeres adultas que se dejan elegir por un ojeador de pista. Pero sobre la deriva de la mujer adulta y la extinción de la especie escribo otro día.

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