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Crítica sin spoilers de 'Stranger Things 4', Volumen 1: la última pasada de Netflix

Stranger Things conserva casi todo el atractivo, aunque algunos personajes pierdan algo de su fuerza.

Stranger Things conserva casi todo el atractivo, aunque algunos personajes pierdan algo de su fuerza.
Stranger Things 4 | Netflix

Stranger Things 4 inicia este viernes en Netflix su cuarta temporada, la penúltima antes del final. Y lo hace convertida ya en el gran blockbuster de la compañía, que ha dotado a su inesperado éxito del 2016 de una importancia que se nota en la exorbitante duración de los episodios, tanto de este primer volumen como el segundo que aterrizará en julio (el último de ellos, dos horas y media) y en la extraordinaria factura visual de sus efectos especiales, digna o superior al de películas exhibidas en salas.

Una serie que uno a estas alturas no puede criticar por rentabilizar éxitos del pasado y explotar la moda de la nostalgia por la cultura pop de los 80: Stranger Things es lo que es, es consciente de ello y la obra de los hermanos Duffer, convertida en el Juego de Tronos de Netflix, es ya toda una inmersión profunda en la memoria, que no en la realidad: no hay nadie o nada en la serie que trate de aparentar lo contrario. Desde las películas de Charles Band hasta la Amblin, el comprensiblemente inevitable Stephen King y ahora también el thriller de la Guerra Fría, todo cabe en una serie que, eso sí, sufren consecuencia un poco de crisis de identidad, aunque el esfuerzo de sus responsables por dotar de interés propio a la trama es evidente.

Algo que uno debe agradecer a Stranger Things temporada 4 es que continúe la apuesta abierta por el género, la fantasía, no por el melodrama (pese a la evidente saturación de tramas y personajes) en su vertiente más televisiva. En conjunto, este primer volumen de siete episodios funciona bastante como la tercera (divertidísima) temporada, como una suerte de dinamo que comienza despacio, quizá demasiado, y va cobrando fuerza hasta convertirse en la serie de televisión más ambiciosa jamás plasmada en pantalla, al menos en el plano estrictamente visual. Una serie que sueña con ser una película y, en virtud de un presupuesto exorbitado de más de 200 millones de dólares, casi que actúa como tal.

El primer episodio trata de recuperar personajes (demasiados, definitivamente más de los que necesita) intentando averiguar qué demonios hacer con todos ellos. Lo que se suceden son varias subtramas con diversos motivos, atmósferas y protagonistas corales que cometen el error de "desconectarse" en exceso unas de otras. Demasiados personajes obligados todos ellos a hacer "algo" al final repercuten en el interés de cada uno de ellos. En conjunto, los Duffer y su equipo de guionistas y directores no pueden evitar cierta sensación de agotamiento con ellos, aunque recordemos siempre que esto es el primer volumen de una temporada compuesta de dos. La tercera temporada se percibía más viva y fresca en este sentido.

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Una imagen de Stranger Things 4 | Netflix

No obstante, la serie consigue rematar ese lento crescendo de casi todas las temporadas previas y, de hecho, permitir que algunas de las situaciones y peripecias de sus personajes hablen por sí mismas sobre el ADN de la serie y todo el movimiento de recuperación nostálgica que ha generado más allá del mero" fan service". Ahí tenemos a Once (Millie Bobby Brown) obligada a repetir una y otra vez el mismo recuerdo por circunstancias que no vamos a explicar aquí, o el procedimiento de Vecna, una suerte de Freddy Krueger y Pennywise de It, para hacerse y alimentarse de sus víctimas sorbiendo literalmente su miedo (lo que da pie a una sobada, pero interesante, metáfora sobre el trauma y el suicidio juvenil canalizada a través del slasher).... Stranger Things 4, en conjunto, sabe trazar una parábola sobre cómo entelequias como la fantasía, el recuerdo o el trauma pueden tomar el control de la persona y literalmente destruirla, a lo que ayuda el clima cultural del momento.

Pero lo importante para los seguidores sigue siendo la cantidad de espectáculo y homenajes que va distribuyendo la serie de los hermanos Duffer, adornada con una prodigiosa banda sonora de sintetizadores de Kyle Dixon y Michael Stein (concebida, ya saben, a imitación de las producciones de John Carpenter: ojo cuando Once llega por primera vez al Proyecto Nina), o esa escena de una de las protagonistas corriendo a contrarreloj por el Otro Lado a ritmo de Kate Bush, tan absolutamente manipuladora como épica y memorable. Perjudicada por la larga duración de sus episodios, que alcanza o incluso superan los 80 minutos cada uno en una nueva manifestación de ese fan-service que decíamos, Stranger Things 4 sigue siendo un entretenimiento potente y mágico.

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