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Crítica: 'Sandman', la serie más difícil de Netflix que debería ser su mayor éxito

La esperada serie Sandman aspira a convertirse en uno de los grandes éxitos de Netflix.

La esperada serie Sandman aspira a convertirse en uno de los grandes éxitos de Netflix.
Sandman | Netflix

El temor de que Sandman, el cómic del reputado Neil Gaiman que inyectó dosis de fantasía y poesía al noveno arte (impulsando la prejuiciosa definición de "novela gráfica"), derivase en una mediocre adaptación de Netflix ha resultado infundado. El producto final estrenado este agosto en la plataforma de streaming es, efectivamente, una adaptación, y como tal revuelve en las tripas del relato impreso y cambia razas y géneros al gusto de la empresa que lo produce.

Pero el resultado resulta igualmente fascinante y cautivador, sobre todo en el primero de los dos ciclos adaptados, en el que Sueño debe recuperar sus "bártulos" tras permanecer varias décadas secuestrado por Roderick Burgess (Charles Dance la primera de las estrellas "invitadas" en la serie). La adaptación del propio Gaiman junto al temido David S. Goyer y Allan Heinberg no es un producto perfecto, pero la manera en la que sus responsables combinan relatos episódicos y un arco argumental superior, en el que el Rey de los Sueños y las Pesadillas va poco a poco "despertando" a la humanidad, resulta emotivo y ejemplar.

La ambición de Sandman es la de convertirse en una de sus carísimas enseñas seriéfilas a lo Stranger Things y The Witcher. Pero tanto o más que estas, y como relato de fantasía pura, tiene la obligación de plasmar en pantalla un universo amplio, rico en referencias y, además, de una notable complejidad artística, simbólica y poética que deriva en algo más que la consabida mezcla de géneros (desde el terror hasta la aventura, siempre bajo el prisma fantasioso de Gaiman).

Evidentemente, existen concesiones, decisiones discutibles y una constante lucha con lo plausible y lo obvio dentro de un proyecto tan complejo. Los fans del cómic podrán extenderse más en este capítulo concreto. Sandman, la serie, es cierto que en ocasiones coquetea con el peligro, como esa caracterización marcadamente "emo" del Rey de los Sueños y las Pesadillas interpretado por Tom Sturridge, que lo asemeja al vampiro Robert Pattinson de Crepúsculo (pero finalmente resulta genuinamente carismático). No obstante, y pese a una exposición inicial un tanto escasa, la sensibilidad y artesanía visual y narrativa del producto pronto comienzan a ofrecer resultados palpables al espectador.

Memorable resulta el capítulo cuarto, una suerte de "stand-alone" de terror donde John Dee (memorale David Thewlis) hace de las suyas en un restaurante. Mejor todavía el encuentro de Morfeo con una de sus hermanas, cuya identidad no revelaremos, y el paseo por Londres que ambos se dan mientras ella trabaja. También el relato de la amistad del protagonista con un hombre inmortal, que suma otro personaje interesante a una galería que ya resulta rica en ellos antes de que la temporada de diez episodios alcance su ecuador. Comedia, horror, drama e incluso acción se entremezclan en una rara avis que remite a títulos olvidados como Más allá de los sueños, de Vincent Ward, o la serie The Leftovers, de Lindelof y Perrotta.

Evidentemente, aquí y allá se percibe una lucha (de los creadores de la serie, de Netflix, del propio Gaiman) a la hora de lidiar con la complejidad de su propia creación. Pero el resultado es una serie razonablemente distinta, repleta de excelentes actores y relativamente exigente para el que busca (de manera legítima) un entretenimiento fácil. La buena factura visual, pese a algún efecto digital mediocre, con uno de los pocos formatos panorámicos verdaderamente aprovechados en una producción de este tipo, es solo el remate indiscutible de una serie que merecería triunfar.

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