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'Juan José': ha estallado la burbuja

Merece una oportunidad la obra inédita de Sorozábal, aunque no haya resultado la obra maestra que todos esperábamos.

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Escena de 'Juan José' | Teatro La Zarzuela

Se respiraba el pasado viernes en el Teatro de la Zarzuela una vibrante expectación pocas veces vista en los últimos años. Grandes de nuestro teatro lírico –Amelia Font, Aurora Frías, Sonia de Munck- y no lírico –Natalia Menéndez, Vicente Molina Foix- se encontraban entre el público. El fallecimiento del maestro Miguel Roa, ocurrido el día anterior –y a quien el director Daniel Bianco dedicó unas hermosas palabras, tiñó de emoción la platea. Tal fue el acontecimiento que tenía lugar: el estreno de la ópera, o drama lírico, como prefería llamarlo su autor, Juan José, el título que Pablo Sorozábal adaptó del drama de Joaquín Dicenta y que nunca había visto la luz. Hasta ahora, que ha podido representarse con todas las de la ley. Los directores de escena y musical, José Carlos Plaza y Miguel Ángel Gómez Martínez, prometían la excelencia acostumbrada. Pero el acontecimiento se ha revelado agridulce.

Vaya por delante que la música de Sorozábal es brillante, plena de madurez. Pero no es una obra accesible: olvídense de La tabernera del puerto o Adiós a la bohemia. La historia del obrero Juan José, que por todos medios luchará para impedir que su maestro de obras, Paco, le arrebate el amor de Rosa, encuentra su trascendencia en esa partitura densa, que el autor consideraba su mejor trabajo. Desgraciadamente el resto de elementos no vuela a la misma altura. El arranque es imponente: una taberna con estética casi soviética, poblada por actores diseminados por toda la escena que enriquecen la acción con cada movimiento –José Carlos Plaza es especialista en esto; Ángel Ódena y Antonio Gandía, barítono y tenor, en los dos protagonistas masculinos, resultan todo un acierto. Y es en este primer acto donde se encuentran los dos números musicales más agradecidos para el oído del espectador, más cercanos a la zarzuela: la copla "Vivir sin ti no es vivir" y el chotis entre Paco y Rosa. Lo mejor de la función, concentrado en el primer acto.

Llega el segundo, y gran parte de lo logrado se desmorona. Les toca sostener la obra a Carmen Solís, magnífica soprano pero algo sobreactuada, en el papel de Rosa, y Silvia Vázquez como una atolondrada Toñuela, un tanto alejada del sacrificado personaje creado por Dicenta y a quien en los versos más graves apenas oímos.

Es también en esta parte cuando decae la acción y la historia muestra su caducidad: no convencen las motivaciones de Juan José, que se antoja en exceso posesivo, ni de Rosa, que continúa a su lado por remordimiento. Paco, presuntamente villano y falto de escrúpulos, es el único con el que empatizamos. Plaza, que suele absorbernos con sus montajes, no ha logrado sortear este escollo. Rubén Amoretti, perfecto en otro de sus personajes sarcásticos, cuya misoginia despierta el estupor del respetable, y Milagros Martín, estupenda con un papel francamente antipático, la alcahueta Isidra, apenas animan la escena con sus apariciones. La emoción y la atención se van desvaneciendo, y ya solo regresarán con el desenlace. Lo que sí permanece es la culpabilidad: nada habría gustado más al que esto firma que asegurar que nos hallábamos ante un clásico instantáneo. El público se mueve en su asiento, comienza a bisbisear. Y la escueta ovación final, nada digna de un estreno de este calibre.

Nada, o casi nada sale bien a la primera. La música, impecablemente dirigida por Miguel Ángel Gómez Martínez y el trabajo de Antonio Gandía –el único que levanta un aplauso espontáneo a lo largo de la función son buenos motivos para acercarse a Juan José, que quizá en un montaje futuro pueda superar estos obstáculos. Decía Sorozábal que el público español había perdido la educación y el gusto líricos. No se equivocaba, no.

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