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Muñoz Seca, el guirigori (o chirigori) y un capitán Saltatumbas

Llamaré guirigori a la contracción de guirigay y gorigori para denominar a una composición funeral festiva que contiene un altísimo sentido del humor.

Pedro de Tena
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Por precisar desde el principio, llamaré guirigori a la contracción de guirigay y gorigori para denominar a una composición funeral festiva que, por contener un altísimo y extraordinario sentido del humor, termina siendo confusa para quienes carecen de él. Añadiré que, en mi opinión, el inventor formal del guirigori fue don Pedro Muñoz Seca, que entonó tres, que yo sepa. (Puede considerarse más afortunada la expresión "chirigori", contracción de chirigota y gorigori, que pone el acento más en la chanza que en la confusión.Puede estudiarse. )

Aunque pueda parecer extraño, el onomatopéyico "gorigori", relativo al gorjeo de los sacristanes en ceremonias de réquiem, ha sido una palabra utilizada por importantes escritores españoles, incluso contemporáneos, para quienes el latín ya atardecía. Los etimólogos Corominas y Pascual, en su famoso Diccionario, consideran que "gorigori" tiene la misma raíz que "guirigay" si bien en fúnebre. Valera contó que a punto estuvieron de cantarle uno a Pepita Jiménez. Baroja describe unas ejecuciones en las que no faltaba el dichoso, o mejor, penoso, gorigori entre curas, frailes y cirios amarillos. Miguel Delibes se refirió a las perdices que entonaban el gorigori a punto de ser cazadas.

Entre las Luces de Bohemia de Valle, Max Estrella ordenaba a don Latino modular un gorigori. El sevillano Manuel Barrios se refirió a una broma con gorigori y carcajadas en su Epitafio para un señorito. El "rey pasmado" de Torrente Ballester echó de menos el gorigori en el velatorio de su confesor. Martín Santos lo mezcló con su tiempo de silencio. Y Patricio Chamizo, en su novela sobre Paredes, un campesino extremeño. Incluso Lorca, por dejarlo ya, inaugura La casa de Bernarda Alba con un gorigori:

Llevan ya más de dos horas de gorigori. Han venido curas de todos los pueblos. La iglesia está hermosa. En el primer responso se desmayó la Magdalena.

Sentado queda que consideramos guirigori o chirigori la pieza breve y tragicómica, hablada o cantada, que transmuta una pena o condenación honda en risa floja y viceversa para desconcierto del público, sobre todo del público que inspira el castigo. Digamos ya que el primero, y más conocido de ellos, es el que dedicó don Pedro a sus guardianes en la checa. En formulación, que no sé si considera exacta su nieto, Alfonso Ussía Muñoz-Seca, lo expresó de este modo: "Podéis quitarme la hacienda, mis tierras, mi riqueza, incluso podéis quitarme la vida; pero hay una cosa que no me podéis quitar… y es el miedo que tengo".

Posteriormente lo matizó con un añadido, por lo que podemos considerar el resultado como un segundo guirigori debido a esta continuación: "Me equivoqué. Sois tan hábiles que me habéis quitado hasta el miedo".

Pero hubo un tercero. Antes de ser fusilado en Paracuellos del Jarama el 28 de noviembre de 1936, Muñoz Seca fue visitado por un "capitán Saltatumbas" del que hemos de tratar en estas líneas porque fue ese discutido personaje ante quien el gran portuense entonó un tercer extraordinario y cómico guirigori, menos citado que los dos primeros, aunque no menos ocurrente y carcajeante.

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Desempeñando el papel de monaguillo burlesco-lúgubre en la tragicomedia de su propio sepelio anticipado, el popular escritor echó mano, como de costumbre, a su buen humor astracanado (puede escucharse aquí la conferencia de Andrés Amorós sobre el tema), negro como los caballos sobre los que escribió una obra el chulesco Pedro Luis de Gálvez, que así se llamaba tal capitán Saltatumbas, cuyo resumen biográfico ha trazado Juan Manuel de Prada que lo estudió a fondo.

Saltatumbas era la despectiva calificación que se daba a los curas que se mantenían con el dinero que ganaban asistiendo entierros. Jaime Campmany, siempre atento, rescató el término para dejarlo caer sobre unos jóvenes de Algete, "paseantes de camposanto, levantamuertos a brindis y saltatumbas en agraz que se van al cementerio con el botellón a correrse la juerga del trago todos los fines de semana".

Los clérigos que viven del gorigori

Pero el significado primigenio de saltatumbas se aplicaba a los clérigos que viven del gorigori, que ya sabemos es como se mentaba al cántico funeral que precede a lo que en Andalucía - Muñoz Seca tenía que saberlo, porque era de El Puerto de Santa María -, llamamos "el patio de los callaítos".

La expresión saltatumbas tiene su cortejo. Menéndez Pidal la encontró en el romancero. Francisco Umbral la usó no pocas veces. En una de ellas calificaba a los extremistas españoles de "eternos exaltados y saltatumbas". Otra vez describió a España como "una aldea de locos improvisadores, saltatumbas y maniáticos que, como multitud, preferimos las palabras ruidosas…y el ripio ideológico a las palabras medias y medidas". Igualmente, le atizó al vocablo el sinónimo de "revuelcamuertos". Su admirado Gómez de la Serna llamó "saltatumbas deshuesador" a Ricardo Baroja, hermano de Pío y andaluz casual de Minas de Riotinto.

El caso más curioso de saltatumbas fue el del cura Merino, no el más nuestro y famoso guerrillero absolutista, sino Martín Merino y Gómez, riojano, franciscano en su día y cura ordenado en Cádiz en 1813, partícipe en la guerra de la Independencia y regicida. Fue agarrotado en 1852 por haber atentado contra la vida de Isabel II, aunque confiesa, y se conservó su confesión, que "estaba en la Corte hecho un saltatumbas; que no había tenido motivo alguno personal para atentar contra la vida de S. M". De hecho, admitió que, con un puñal que compró en el Rastro, quería matar al general Narváez, a la reina Cristina o a la reina Isabel II. O sea, a quien fuera.

Pedro Luis de Gálvez, un escritor reivindicado por determinada izquierda (El País publicó un artículo titulado Respeto para Pedro Luis de Gálvez, donde recoge las tesis de su nieto, Pedro Gálvez, que defendía su inocencia de las acusaciones de "mala bestia sangrienta" y su lejanía del Partido Comunista), fue motejado como el capitán saltatumbas y de ahí se deriva esta historia.

Se encuentra en la Fundación Juan March, Archivo Linz de la Transición española, un artículo que el prolífico Alfonso Paso escribió en El Alcázar en 1977. En él, relata cómo fue la visita que cursaron su padre, Antonio Paso, también escritor, y él, a la cárcel de San Antón donde se encontraba recluido Pedro Muñoz Seca. La entrevista tuvo lugar en octubre de 1936, un mes antes del asesinato, y fue posible gracias a Pedro Luis de Gálvez, al que Antonio Paso apodaba como el "capitán Saltatumbas" y que, poco antes, había sacado una pistola y apuntado a una de sus hijas. El artículo de Paso padre se publicó en el diario Madrid a final de la guerra civil.

"A Muñoz Seca no lo mata nadie más que yo"

Gálvez, presente en el encuentro, ordenó a los milicianos: "A este que no me lo toque nadie. A Muñoz Seca no lo mata nadie más que yo", recordó Alfonso Paso. Pero el otro Pedro, el inconmensurable Muñoz Seca, le contestó con su gracia natural: "Es un honor, Pedrito. Es un honor". (Honradísimo, Gálvez, honradísimo, recoge el biógrafo de Muñoz Seca, José Montero Alonso). La versión de Alfonso Paso es apuntalada por Agustín de Foxá (Madrid: de Corte a Checa. Tercera parte, La hoz y el martillo) que cuenta que, en una visita a la cárcel de san Antón, Gálvez besó en la frente al "genio" Muñoz Seca y añadió: "Si te fusilamos, yo te daré el tiro de gracia". Llevaba corbata roja con la hoz y el martillo impresas. Pero, salvo los Paso, los demás contaban de oídas, como muchos otros.

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Por eso, independientemente de otras consideraciones, valoro su respuesta como el tercer quirigori o chirigori genial expuesto ante un personaje como Gálvez, el capitán Saltatumbas, por cierto, también escritor andaluz, malagueño de mala vida, sablista (de sablear, arte sobre el que escribió todo un libro) y poeta, bravucón y pendenciero que, fueran o no ciertos los crímenes que él mismo se atribuía y los que le atribuyeron, acabó fusilado por los vencedores en abril de 1940.

Como escritor, el "capitán Saltatumbas" tuvo el reconocimiento de no pocos autores de renombre, desde Cansinos Assens a Borges, pasando por Gómez de la Serna o Valle Inclán además de otros. Borges escribió:

Es Pedro Luis de Gálvez, rufián y caballero
que viene con la frente fulgente como mica
y con las manos plenas de poemas de acero.

Pero nadie sabe si Borges ironizaba, como cuando dijo que la historia recordaría a Gálvez, mezclando su identidad con otro Gálvez, Luis, que es nombrado en El Quijote,

Los Paso creyeron que Gálvez, cuando llegó la hora fatídica de Muñoz Seca en Paracuellos, no hizo nada por salvarle la vida, como tampoco su paisano Rafael Alberti. También hubo mala suerte porque "el ángel rojo", Melchor Rodríguez, aunque fue nombrado el 10 de noviembre de 1936 delegado especial de prisiones y trató de detener las sacas de presos, dimitió el día 14. Volvió a su puesto el 4 de diciembre con plenos poderes salvando la vida de muchos pero Muñoz Seca ya había sido asesinado.

Otros reconocidos monárquicos

No todo el mundo está de acuerdo en la versión brutal de Pedro Luis de Gálvez porque salvó, se cree, la vida de otros reconocidos monárquicos como Ricardo Zamora. Su apasionado biógrafo, Quico Rivas, ha destacado que ciertamente el sonetista Gálvez (fue muy valorado por sus sonetos) presumía de haber fusilado a centenares de enemigos de la República. Es más, narra que paseaba por Madrid vestido de mexicano, con dos pistolones, cartucheras en bandolera y sobrero de ala ancha. Pero, aunque le llamó incluso "hampón", creía que era un fanfarrón y bravucón que presumía de víctimas a las que no causó daño ni mató.

MI paisano Juan Bonilla, que defiende parecida tesis, ha dicho que "fue víctima de sus propias mentiras. Iba alardeando por todas partes de que era el dueño de las milicias que campaban a sus anchas por el Madrid rojo, y cuando llegó la derrota había sido tan convincente que ya no pudo salvarse". Juan Manuel de Prada, que escribió sobre Gálvez en la novela Las máscaras del héroe, fue uno de los primeros en poner en duda la veracidad de la hipótesis de un Gálvez criminal.

En lo que nos ocupa, tal vez nunca pueda saberse por qué, a pesar de haber prometido a los Paso que iba a preocuparse por el destino de don Pedro Muñoz Seca - y, desde luego, nadie ha insinuado siquiera que Antonio y Alfonso Paso mintieran -, no cumplió lo acordado. Quedémonos, pues, con el guirigori, o chirigori, de nuestro genio del humor más exquisito al considerar todo un honor, "honradísimo", el que, puesto a ser matado, lo ejecutara el propio capitán Saltatumbas. Algo así, y vistos los personajes, no debe ponerse en duda.

Este final de noviembre de 2016 en que se homenajean a supuestos personajes históricos conocidos más que nada por matar a miles y por su forma de matarlos, sin defensa alguna, recordemos nosotros a Pedro Muñoz Seca por su muerte injusta y por su forma de morir. Morir con miedo es humano. Morir con gracia es, cuando menos, de beatos, o eso se espera. Mi madre, que adoraba a su Mendo y a su Menda, estaría muy de acuerdo.

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