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'La Villana', emociones de cartón piedra

El principal problema de este montaje es que no estamos en 1927.

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'La Villana', emociones de cartón piedra
La Villana | Teatro La Zarzuela / Javier del Real

Al maestro Amadeo Vives le inquietaron dos asuntos a la hora de estrenar La Villana, último título repuesto en el Teatro de la Zarzuela. El libretista Guillermo Fernández-Shaw los contó en su autobiografía. Uno de ellos se condensa en este diálogo entre compositor y actores que tuvo lugar durante los ensayos:

-Eso que canta usted está muy bien, pero no es eso lo que quiero. Yo quiero expresión, calor vehemencia… ¿Usted no se ha enamorado intensamente alguna vez?
-¡Sí, maestro!
-¡Pues así!

El otro temor del compositor era que a su obra le ocurriera lo que a Curro Vargas: ganar, pese a su belleza, fama de tostón. Pues bien, lo más moderado que se puede afirmar del actual montaje de La Villana es que los defectos que ya acusaron sus creadores en el momento de su estreno –1927– siguen intactos. Solo que amplificados por el paso del tiempo.

Adaptación de Peribáñez y el comendador de Ocaña, una de las obras señeras de Lope de Vega, cuenta con una partitura y un texto imponentes, pero densos: música más alejada de lo popular que la de Doña Francisquita –también basada en Lope, pero libremente– y personajes de escasa entidad, algunos de los cuales no existían en la tragicomedia original. La obsesión por ofrecer un título serio a un público al que tentaban la revista y la opereta cargó este clásico de aparatosidad y naftalina.

La obra habría necesitado un cargamento de nuevas ideas para hacerla más digerible. No ha sido así. La historia de amor entre el labrador Peribáñez y su esposa Casilda, pretendida y finalmente asaltada por el comendador Don Fadrique, tiene mucha pasión, pero solo sobre el papel.

La directora de escena, Natalia Menéndez, no ha logrado sortear las convenciones del género y las incongruencias del libreto: si los dos protagonistas están tan amartelados, ¿por qué no se miran ni una vez mientras cantan? Cuando el toro hiere a Don Fadrique, ¿por qué todos los trabajadores le abandonan? Para que quede a solas con Casilda, claro está. Hay personajes que desaparecen de repente, como el judío y los tíos de Casilda. No vamos a denunciar los artificios de la zarzuela a estas alturas. Pero la generosidad del público tiene un límite. Figúrense: en la escena de la declaración de amor, tenemos al tenor recostado sobre un haz de paja, mirando hacia la izquierda, mientras sujeta con la mano el vestido de la soprano, situada a la derecha. Ella se libera de un tirón. La situación resulta cómica, al igual que cuando Don Fadrique acecha a la humilde pareja escondido entre el trigo, dando saltitos. ¿Una nueva visión irónica para ridiculizar al villano? Podría ser, pero la severidad del resto de la obra desmiente esa impresión. La comicidad es involuntaria. Una lástima.

Los intérpretes defienden sus papeles con oficio y frialdad. Nicola Beller Carbone luce una perfecta técnica vocal, aunque su flemática y elegante Casilda está más cerca de Melania Trump que de una campesina castellana del siglo XV. Eso sí, aporta un novedoso e interesante erotismo a la romanza La capa de paño pardo. Ángel Ódena como Peribáñez y Jorge de León como Fadrique son excelentes cantantes pero no consiguen epatar ni a la primera fila: ni el héroe nos roba el corazón ni nos indigna el malvado. Algo de gracia aporta Rubén Amoretti como el arquetípico judío David, con su jugosa –y complicadísima– aria de las joyas, que lleva a buen puerto, aunque con algo de fatiga. Milagros Martín y Manuel Mas podrían brillar pero sus papeles son de meramente testimoniales.

En el estreno hubo desincronización entre cantantes y orquesta en varias ocasiones, lo que contribuyó a la impresión general de precipitación y carencia de matices del montaje. Pero hay virtudes que la salvan del desastre: las atronadoras y bellísimas páginas corales de la obra, el brío con que está resuelta la jota castellana del tercer acto, y la atractiva y austera estética del montaje, por ejemplo. La música de Vives, más cercana a la ópera que a la zarzuela, suena maravillosamente, como cada vez que dirige Gómez Martínez, y quizá se goce más sin mirar lo que sucede en el escenario. Si usted no es espectador quisquilloso y tampoco cae fácilmente en la atonía, la disfrutará.

Ficha técnica:

Título: La Villana
Dirección musical: Miguel Ángel Gómez Martínez
Dirección escénica: Natalia Menéndez
Lugar: Teatro de la Zarzuela (calle Jovellanos, 4, Madrid)
Hasta el 12 de febrero.

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