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La zarzuela puede cambiar tu vida

La viejecita y Château Margaux han sido refundidas en un montaje delicioso.

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'La viejecita' y 'Château Margaux' | Javier del Real / Teatro de la Zarzuela

"La viejecita cambió mi vida". Así de rotundo se mostraba Lluís Pasqual, director escénico del nuevo montaje del Teatro de la Zarzuela, tras el ensayo general. La historia merece ser contada: de niño viajó en coche de Reus a Barcelona con su padre y unos amigos, y el primero le pidió que amenizara cantando las más de tres horas que duraba el trayecto. Pasqual cantó –y recitó– entero el libreto de La Viejecita una y otra vez. Uno de los amigos, impresionado por su memoria, sugirió al padre librar al chaval de la panadería familiar y ponerle a estudiar. Y así sucedió.

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'La viejecita' y 'Château Margaux' | Enrique Moreno

Pasqual ha contagiado su pasión y su hilarante humor a un espectáculo que nos traslada a un concurso radiofónico de los años 50 -un programa real que el director atesora en su memoria sentimental- donde dos cantantes se enfrentarán con los temas de Château Margaux, para dar paso a continuación a una retransmisión de La Viejecita. La magia de las ondas acaba trasladando al oyente/espectador al imponente salón repleto de oropeles en el que transcurre el desenlace.

Ante la recurrente cuestión de actualizar o no los textos, el montaje transita por la calle de en medio: desecha el primero y conserva parcialmente el segundo, con una nueva dramaturgia que, aunque algo mecánica, apunta cómicamente los tics de la época -el lenguaje pomposo, las salvas patrióticas y las cuñas cantadas- y vuela alto gracias al mejor maestro de ceremonias imaginable en toda velada: un Jesús Castejón en plena forma, tronchante y enérgico.

Por suerte, la música de Manuel Fernández Caballero, compositor de estos dos títulos, permanece intacta y brilla como lo ha hecho todo el siglo de su existencia. Solo hay un inconveniente: la orquesta se encuentra dentro de ese estudio de radio en la primera parte y eso perjudica a la sonoridad, apagando, sobre todo, las dos oberturas –que tampoco son especialmente garbosas–.

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'La viejecita' y 'Château Margaux' | Enrique Moreno


Lo mejor es centrarse en los intérpretes: Ruth Iniesta, confirmando la evolución que la convertirá en una de las figuras destacadas del género, por su limpia voz y su gracia escénica, cautiva con el famoso vals dedicado al vino francés; Emilio Sánchez, que regresa con un papel lucido a estas tablas, demuestra que se puede ser excelente actor y un tenor más que notable, haciendo suya de forma única "Viva Sevilla y Galicia", y como revelación absoluta, Borja Quiza en el doble papel de Carlos/viejecita. Este rol, escrito inicialmente como soprano hasta que Luis Sagi Vila lo cambió de sexo, es complejo y a la vez un jugoso regalo: Quiza sabe extraer las hermosas notas de temas como "Fuego es el vino del suelo español -acompañado del magnífico coro- y las carcajadas del respetable con su ancianita argentina, aunque no vaya encorvada como sugiere la memorable Canción del Espejo. Conviene fijarse en la conmovedora y nostálgica letra de esta última, escrita por Miguel Echegaray -hermano del Nobel José-, pues esa viejecita dispuesta a recordar tiempos mejores sin miedo al ridículo parece representar al propio género, resignado en su posición de relicario. Sea así o no, cualquier aficionado a la zarzuela debe agradecer a Pasqual -un servidor el primero- un espectáculo servido con tanto cariño y una vía de escape para todo aquel que viva tiempos grises. Quizá la zarzuela no cambie sus vidas. Pero una hora y media exquisita alegra la semana a cualquiera.

Título: Château Margaux/La Viejecita
Director escénico: Lluís Pasqual
Director musical: Miquel Ortega
Dónde: Teatro de la Zarzuela (Jovellanos, 4, Madrid)
Cuándo: Hasta el 8 de abril

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