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En la muerte de Salvador Távora, con recuerdo para Juan Bernabé

Como en todas las historias donde hay grandes hombres, también los hay menores, mínimos o miserables.

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Salvador Távora, dramaturgo. | Europa Press / Archivo

El lebrijano Juan Bernabé fue el primer y gran inspirador de una nueva forma de abordar el teatro en plena dictadura franquista. Supe de él en la Academia de San Dionisio de Jerez, que lo mismo acogía un discurso sin papeles de José María Pemán, que actos más vinculados a una izquierda emergente.

Representábamos Paco Lobatón, Maricarmen Ribelles, si no recuerdo mal, y yo mismo una obra juvenil de Alfonso Sastre titulada Cargamento de Sueños, teatro moderno, crítico, simbólico, de gran contenido filosófico. Nos dirigía el gran actor, locutor y rapsoda Pepe Marín, malagueño afincado en Jerez.

Siempre creí que aquella obra iba a ser un aldabonazo cultural en Jerez. Tuvo que ser en 1967 o 1968 porque mi padre, aún vivo, y mi madre asistieron a la representación en la escena improvisada entre las columnas de mármol de la Academia. Pero me equivoqué. Tras nuestro turno estaba anunciado, inmediatamente después, la obra desconocida que llevaba por título Oratorio, luego supe que el texto era de Alfonso Jiménez. Sólo he encontrado esta escena que da una idea, lejana, pero idea, de lo que fue.

En realidad, aunque el texto era toda una sublevación contra la tiranía en las mismas narices franquistas, lo relevante de aquella representación fue el espectáculo: pocos medios artificiales, pero una presencia humana de actores, tambores, fuego, movimientos geométricos, coros, metáforas visuales y, en suma, una representación coral que puso los pelos de punta a más de uno. A mí desde luego. No lo recuerdo, pero dicen que en aquella obra Salvador Távora intervenía como cantaor flamenco.

Como en todas las historias donde hay grandes hombres, también los hay menores, mínimos o miserables. Recuerdo perfectamente que en aquel grupo de teatro lebrijano actuaban dos hermanos gemelos, o casi. Uno de ellos, andando el tiempo, fue alcalde de Lebrija y hoy está investigado por haber estado cobrando ocho años o más un dinero importante, 4.000 euros al mes, de la Fundación FAFFE, la famosa de las tarjetas black. También había alguna actriz, luego dirigente socialista, que se ha visto implicada, de forma indirecta, en el caso de Marta del Castillo. Pero hoy no diré nombres.

Juan Bernabé, seminarista y luego director de teatro, consiguió traspasar las fronteras de Andalucía e incluso la barrera de los Pirineos. Su triunfo en el festival de Nancy fue rotundo. Su forma de afrontar el teatro, con un pie en el teatro clásico y otra en las representaciones populares, sí, cómo no flamencas, hizo temblar las vigas clásicas del ya viejo arte dramático. Ciertamente casi nada hay nuevo bajo el sol, pero entonces es lo que parecía, algo nuevo.

Creo que Salvador Távora, que aprendió allí y quedó prendado de la inteligencia y la brillantez de Juan Bernabé que murió a los 25 años de un tumor cerebral, ha recogido todo lo que ha podido de aquella experiencia y la ha ampliado, enriquecido y cualificado con la diferencia de que Juan Bernabé vivió en la oposición a una dictadura y él ha disfrutado del reconocimiento y de la democracia y también de muchas ayudas, que aquel joven lebrijano nunca tuvo.

Se recordó hace muchos años una secuencia de Oratorio en la que el joven Bernabé que, además de dirigir, interpretaba un papel protagonista, estaba arrodillado y humillado ante otro hombre. Estaba muriendo cuando el hombre le decía que nunca lo olvidarían, que tendría un monumento en las calles de la ciudad, que sería un ejemplo por los siglos de los siglos. Respondía el actor genuflexo y agonizante: "Pero hemos perdido la vida por los siglos de los siglos".

Lamentablemente, como suele ocurrir, el arte, que lo era y en gran medida, no pudo distanciarse de la política y aquel prometedor teatro que quería que los ciudadanos, el pueblo, participasen y se incorporarse al espectáculo convertido como un viejo coro griego, se apagó en su origen. Era el momento de la transición a la democracia, que tardó todavía algunos años en llegar. En aquel tiempo, como en éste aunque en menor medida, los partidos políticos lo fagocitaron todo hasta convertirlo en panfleto al uso.

Ahora el que se ha muerto ha sido Salvador Távora, el continuador de aquel teatro vigoroso, febril, inquietante y agitador de la conciencia y del propio papel del espectador. Távora, obrero y cantaor, torero y dramaturgo entre miles de más cosas, comprendió aquella esencia trágica que iba desde el flamenco al teatro y viceversa atravesando el alma de un espectador convertido en cómplice y la sembró en sus escenarios dando nuevos frutos.

Seguramente hoy se escribirán cientos de páginas, tal vez miles, sobre sus obras, sobre su vida, sobre sus montajes, sobre sus inclinaciones políticas, sobre todo. Y si no, siempre quedará Wikipedia para los menos interesados. Pero hoy era el día perfecto para recordar a quien lo iluminó y lo encadenó a un destino. Juan Bernabé, que murió en 1972, hace ya 45 años, estaba en Roma porque Aurora Bautista le había hablado de un posible montaje de La Gallarda, tragedia en verso y tres actos de vaqueros y toros bravos, compuesta por Rafael Alberti hacia 1945. En esa otra ciudad de los teatros, le descubrieron el tumor que acabó con él.

Ha contado el propio Salvador Távora en la prensa sevillana que trabajaba de soldador eléctrico en Hytasa hasta que se fue voluntario a Aviación. Su padrino, Rafael el Gallo, habló con el general del Estrecho, Díaz de Lecea. Y añade: "Le brindé un novillo y en la montera me escribió una nota: 'Goza usted de permiso indefinido'. Al Gallo le regaló una caja de puros". Bueno será que todos le demos permiso para siempre a condición de no olvidarlo. NI a él, ni a Juan.

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