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Els Joglars, contra fanatismos políticos: "En Cataluña se ha arrancado o falseado el pasado"

La compañía presenta en los Teatros del Canal de Madrid Señor Ruiseñor, una sátira sobre el conflicto catalán.

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La compañía presenta en los Teatros del Canal de Madrid Señor Ruiseñor, una sátira sobre el conflicto catalán.
'Señor Ruiseño', una sátira de Els Joglars | David Ruano

Els Joglars presenta en los Teatros del Canal otra de esas sátiras políticas que han caracterizado a la compañía desde que se fundó en 1961. Del 2 al 20 de septiembre, la formación lleva al teatro madrileño Señor Ruiseñor, una mirada ingeniosa y cómica al conflicto catalán. A través de una serie de escenas y situaciones pintorescas combinan la realidad que se vive hoy en Cataluña con el arte, representado en la figura del intelectual Santiago Rusiñol, a quien llamaban Ruiseñor en Aranjuez (de ahí el título), y que ha pasado a la historia no solo por su obra sino también por sus escritos y su participación en los círculos modernistas que encontraron gran eco en la Barcelona del siglo XIX.

"Con el Señor Ruiseñor queremos reflexionar sobre la destrucción de unos conceptos de vida libre, conceptos que no han sido sustituidos en la actualidad. En Cataluña se ha arrancado o falseado el pasado y de esta manera se ha podido configurar un orden inventado. Solo se utiliza la parte de conocimiento y de tradición que conviene para contar un relato sesgado. Para nosotros, Rusiñol es la antítesis de este mundo: este artista de carácter ingenioso y cosmopolita representa la inducción a la vida alegre y sensual, el gusto por la belleza, la sutileza y el conocimiento. Santiago Rusiñol —como dijo Josep Pla— fue un destructor de fanáticos que representó una sociedad de ciudadanos holgados y juiciosos a orillas del Mediterráneo", asegura Ramon Fontserè, actor y director de la obra.

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'Señor Ruiseño', una sátira de Els Joglars | David Ruano

Ramón Fontserè se ocupa de la dramaturgia junto con Dolors Tuneu y Alberto Castrillo. La pieza muestra a Rusiñol en su estudio-museo, donde está pintando La morfina. El efecto del estupefaciente lo sitúa ante la irrupción de unas huestes destructivas que acaban con su casa-museo y sus objetos, pinturas y obras literarias. El enfrentamiento y los conflictos se suceden con ferocidad, sarcasmo y humor, con Rusiñol defendiendo una forma de vida que se resiste a desaparecer ante el asalto de lo que considera la barbarie.

La obra persigue conmover al espectador pero también generarle reacciones, y reivindicar el arte como patria universal, arma de destrucción de fanatismos y forma de expresión libre y sin tabúes. La realidad actual contrastada con lo que fue, en el pasado, esta sociedad a orillas del Mediterráneo.

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