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Amor capitalista en la Zarzuela

Los Gavilanes regresa 20 años después al Teatro de la Zarzuela con un montaje cubista y dignificador.

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Los Gavilanes regresa 20 años después al Teatro de la Zarzuela con un montaje cubista y dignificador.
Elena del Real / Teatro de la Zarzuela

Se acaban de cumplir 70 años de la muerte del maestro Jacinto Guerrero, compositor —el único de zarzuelas que cuenta con museo propio, en su Ajofrín natal— de enorme éxito, empresario —por iniciativa suya se construyó el Teatro Coliseum de la capital— y con méritos en su haber como el de haber compuesto la banda sonora de Garbancito de la Mancha, primer largometraje de animación que se realizó fuera de Estados Unidos. Por supuesto, no parecen estos ser hitos suficientes para que se le haya homenajeado a lo grande por la mencionada efeméride. Tan solo La Semana de la Zarzuela de La Solana y el Teatro dedicado a este género han tenido a bien programar algunos de sus títulos.

Dejando de lado fútiles lamentaciones, hay que celebrar que en un teatro nacional, después de 20 años, se esté representando de nuevo al músico toledano. Los Gavilanes es un buen exponente de sus virtudes —melodías irresistibles— y carencias —poca imaginación en los arreglos—. En esta zarzuela, en la que se cumple una de las máximas de la lírica (una historia de amor entre una soprano y un tenor e interrumpida por un barítono), asistimos al retorno de un rico indiano a la aldea que le vio partir, reencontrándose con su antiguo amor… y prefiriendo fijarse en su bella hija.

El segundo reparto de este montaje dirigido en lo musical por el siempre acertado Antonio Fauró y en lo escénico por Mario Gas, tiene a Javier Franco en el difícil rol protagonista, que pasa de héroe a villano, y que sabe aprovechar con su fantástica voz, en la exultante entrada de "Mi aldea" y en los momentos en los que debe mostrar vulnerabilidad. Dándole la réplica como Adriana encontramos a Sandra Ferrández, elegante en todo momento y brillando en la marcha "Amigos, siempre amigos", joya de cualquier antología del género que se precie. No obstante, a Ferrández se le echa de menos mayor arrebatamiento, tal y como lo requiere el folletinesco argumento.

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Una prometedora Leonor Bonilla ejecuta bien el papel de la joven Rosaura, mientras las mejores ovaciones se las lleva Alejandro de Cerro como Gustavo, con una de esas voces en las que uno puede mecerse, y a pesar de que, siendo totalmente sinceros, haya dejado atrás época para hacer de mozo (la verosimilitud en la lírica es una batalla perdida, no obstante). Como contrapunto cómico, unos muy atinados Lander Iglesias y Esteve Ferrer. Y en un breve aunque poderoso y casi lorquiano papel, Ana Goya, como la abuela que empuja a la nieta a casarse por interés.

A Mario Gas se le puede reprochar no haber sabido extraer todas las posibilidades melodramáticas del texto ni de sus intérpretes, en números que deberían ser estremecedores (el reencuentro entre Adriana y Juan, la despedida entre madre e hija) y se quedan reducidos a una buena interpretación musical y miradas y abrazos pautados en exceso. Como drama musical, por tanto, resulta algo insatisfactorio. Como espectáculo, es más que recomendable, ayudado por una imaginativa relectura con toques cubistas (por su ambientación en la provenza francesa de los años 20), con estructuras semejantes a grúas y proyecciones audiovisuales, obra de Ezio Frigerio, Riccardo Massironi y Sergio Metalli. Los Gavilanes es buena oportunidad para que el público descubra y recuerde al maestro Guerrero. El mejor homenaje que puede haber.

  • Título: Los Gavilanes

  • Director escénico: Mario Gas

  • Director musical: Antonio Fauró

  • Dónde: Teatro de la Zarzuela (Calle Jovellanos nº 4, Madrid)

  • Cuándo: Hasta el 24 de octubre

En Cultura

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