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Rubén Amón: "Los toros son un oscuro objeto de deseo para la manipulación política"

El periodista y escritor publica El fin de la Fiesta, un ensayo sobre los retos inmediatos a los que se enfrenta la tauromaquia.

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El periodista y escritor publica El fin de la Fiesta, un ensayo sobre los retos inmediatos a los que se enfrenta la tauromaquia.
Rubén Amón | EFE

Si alguien, por casualidad, pasara delante de una librería y se topase de golpe con el último libro de Rubén Amón (Madrid, 1969), lo más probable es que se llevase una impresión equivocada. El fin de la Fiesta (Debate) es un ensayo que habla de toros, sí, pero no de su final inminente. Antes bien es una recopilación de todas las razones por las que merecen ser preservados; y una celebración de una tradición a la que, en opinión del autor, aún le queda mucha vida. En las páginas incluso fantasea con la posibilidad de una prohibición, y se imagina formando parte de una resistencia clandestina, asistiendo a corridas por la noche con el motor del coche en marcha, para poner pies en polvorosa al menor canto lejano de la sirena de la autoridad. Para Amón los toros aún tienen mucha vida, sí. Aunque sólo sea por su vena contestataria y vanguardista. Lo que ocurre es que están repletos de malentendidos. Para resolverlos ha escrito el libro. Y, por eso, hablamos con él:

Pregunta: ¿Estamos ante el fin de la Fiesta?

Respuesta: No, yo creo que no. No creo que el fin de los toros esté cerca. De hecho, creo que las características de esta sociedad, completamente infantilizada, puritana y mojigata, están abriendo el camino para que mucha gente descubra una serie de acontecimientos y experiencias que tienen mala reputación, sí, pero cuya mala reputación es precisamente su máximo atractivo. Para mí, la excepcionalidad de los toros puede ser su camino de supervivencia. Porque sirve como respuesta a esa uniformidad que yo percibo que empieza a agotarse. Confío mucho en que el péndulo de la corrección empiece a cambiar de sentido y en que se resuelvan todos los malentendidos que rodean al toro, que son muchos.

P: ¿Cuál es la finalidad de la Fiesta?

R: El fin de la Fiesta es ninguno, en el mejor sentido de la palabra. Yo creo que todo fenómeno cultural tiende a carecer de finalidad práctica. Lo superfluo, lo artístico, todo tiene que ver con la capacidad del humano para sofisticar lo inútil. Mira, Santiago Amón decía que el arte es la exaltación de lo inútil. Y precisamente porque los toros no tienen ninguna finalidad, pueden sobrevivir en esa paradoja. En el libro yo trato de exponer los argumentos finalistas, que a mí no me hacen falta, pero que la sociedad debería valorar antes de abandonarse a la corriente prohibicionista. Yo no necesito excusas, ni pretextos de ningún tipo, para saber que estoy presenciando un acontecimiento estético y creativo extremo. No necesito apelar ni a los puestos de trabajo, ni al bien medioambiental ni a la ventaja que la tauromaquia supone para el propio toro de lidia. Pero son argumentos que deben tener en cuenta los detractores, o al menos el público laico. Que sepan que los peligros que entraña la abolición de la Fiesta son mucho peores que conservarla.

P: ¿Los toros son tortura?

R: Bueno. Ese es un tema… En primer lugar, yo agradecería que a las personas a las que nos gustan los toros no se nos percibiera como si fuésemos psicópatas. Porque si tuviéramos esta psicopatía tan desarrollada haríamos cola en las puertas de los mataderos, directamente, para observar en directo la realidad de la relación que tenemos los humanos con los animales. Una relación, no nos engañemos, que consiste en el hacinamiento y en la ejecución con perspectiva industrial. En España se matan al año 52 millones de cerdos y 2 millones y medio de bovinos. Los toros que se lidian en una plaza son 2.600. Estaría bien que, antes de afrontar estos debates hipócritas, los detractores admitieran cual es la realidad de la relación entre los humanos y los animales. Porque una vez aclarado ese aspecto, a lo mejor sería más sencillo que me entendiesen cuando digo que no encuentro nada más civilizado y civilizador que transformar el sacrificio de un animal en un fenómeno ritual estético de semejante naturaleza. Los toros son un arte escénico llevado al extremo. El arte escénico que contrapone la muerte con la estética del erotismo. Y aunque esto que acabo de decir pueda parecer algo excesivamente elaborado, o intelectual, o abstracto, en realidad se vive en la plaza desde un plano completamente instintivo y pasional. El problema también está en que, en estos tiempos, lo pasional, lo irracional y lo instintivo se observa con mucho recelo desde una sociedad excesivamente infantilizada y aséptica.

P: El contraargumento más utilizado a eso suele ser que al menos en un matadero la muerte del animal es instantánea e indolora, mientras que en la plaza se celebra el ensañamiento y el sufrimiento del toro.

R: Y ante ese contraargumento existe el que compara la vida del toro de lidia con la de otros animales parecidos. Si yo tuviera que hacer esa comparación, de verdad, no sabría cómo empezar a criticar nada. Porque, en primer lugar, el toro de lidia vive en situación de ganadería extensiva, en dehesas y marismas, sin limitaciones de espacio más allá de las fronteras de una finca; en la plaza sólo se lidian los machos más cualificados, es decir, un treinta por ciento del total; y su muerte en el ruedo, por más que digan, no es concebida como una humillación o un ensañamiento, sino como todo lo contrario. Dirán lo que quieran, pero lo que diferencia al ser humano de cualquier animal es su dimensión ética. Y la matanza del toro coloca al matador en la zona de mayor riesgo. Ni siquiera se mata al toro de la forma más rápida. Pero sí de la forma más arriesgada. Aquí cada uno puede pensar una cosa, pero, para mí, que aquello que podría ser un trámite en el matadero se convierta en un gesto de extremo valor le añade a la tauromaquia un matiz ético completamente relevante. ¿Qué está dispuesto a hacer un torero para matar a un toro? Esa es la pregunta. Desde luego, darle un calambrazo por detrás no. Antes prefiere exponerle la femoral. Y todo esto insiste precisamente en esa idea civilizadora del acontecimiento. No es algo salvaje, sino todo lo contrario.

P: En el libro indagas de una forma más profunda en las consecuencias positivas que tiene el toro de lidia para el medioambiente. ¿Se conocen, realmente?

R: Claro, es que el debate habría que plantearlo también en esos términos. Supongamos, por un momento, que los argumentos animalistas y antitaurinos son ciertos. Si los diésemos por buenos, llegaríamos al disparate de amenazar 500.000 hectáreas de marisma y dehesa en la península ibérica. 500.000 hectáreas de fincas que no tienen otra razón de ser. Y amenazaríamos también la existencia de un animal genéticamente excepcional. Fíjate, las quimeras genéticas en que hemos convertido a los animales de compañía tienden a despojarlos de sus rasgos originales. No queda nada del lobo, por ejemplo. Es un perro. Queda mucho de aspirante a bebé perfecto, que no da problemas. Pero sin embargo, toda esa sustitución afectiva que protagonizan las mascotas actuales, que son como placebos de un niño, no tienen nada que ver con el camino opuesto que se emprendió con el toro bravo. En su elocuencia genética y en su especificidad, el hombre ha explorado hasta el máximo los rasgos más agresivos del toro. No es un animal salvaje, obviamente, porque ocupa un espacio delimitado y porque está expuesto a la selección, pero es un animal que el hombre ha convertido en una criatura de belleza y agresividad extraordinarias. Bien, pues ahora esa especie majestuosa está amenazada; y todo porque la sociedad animalista ha establecido patrones hipócritas de relación con los animales. En los argumentos animalistas prevalece antes una concepción estética que una concepción verdaderamente animalista. Si no, por favor, que no se mate a una rata, que es un mamífero sofisticado. O a esos bichos que nos dan tanto asco.

P: Esa es otra cuestión interesante. ¿Crees que el movimiento animalista es percibido hoy exclusivamente en su vertiente más extrema —la que pretende equiparar al hombre con el animal—, o es que el animalismo es extremo por definición?

R: El animalismo es una religión de centro comercial. Una opción política que no conlleva ningún riesgo pero que tampoco propone ninguna solución para los problemas que podemos tener. Es enormemente cómodo ser animalista porque, en principio, te coloca en el respeto a las mascotas. Un animalista no respeta a los animales, habría que decir, sino a esos seres de compañía que hemos convertido en sucedáneos de nuestros hijos. A esos sustitutivos que nos sirven para seguir alimentando nuestras necesidades afectivas. Por eso es tan fácil ser animalista. Y por eso es tan temerario reconocer en la tauromaquia el respeto total hacia un animal. Tanto en la forma en la que vive como en la forma en la que muere. Yo creo que quienes todavía no han percibido la fuerza del animalismo, y su sectarismo, están subestimando lo que supondría realmente la transformación de una sociedad a través de este nuevo movimiento de liberación. La diferencia entre este y los anteriores movimientos de liberación, sin embargo, es que aquellos actuaban exclusivamente en el plano humano, mientras que ahora se ha pasado a pelear en el plano animal. ¿Pero qué es esto de que los animales son como los humanos, sabiendo además, como sabemos, que los animales no tienen obligaciones? Lo que habría que decir claramente es que el animal no tiene derechos. Y esto no es una merma de sus cualificaciones. Es una evidencia. No tiene derechos porque no tiene obligaciones. Lo que no significa que yo a un perro que me cruce por la calle le vaya a dar una patada. Pero al perro hay que tratarlo como a un perro. Que es, por otro lado, como el perro espera ser tratado. La comunidad ética de los humanos es una comunidad que posee la noción del bien y del mal. La animal, no. Por tanto, quien quiera extrapolar esa característica exclusivamente humana a una pretendida comunidad perfecta de animales, lo que fomenta es un disparate. A día de hoy, en mi opinión, existe un fundamentalismo animalista que goza de buena reputación pero que, en el fondo, lleva a las sociedades al disparate.

P: Nuestra evolución científica y tecnológica, de hecho, parece bastante influenciada por la ética animalista. ¿Cómo sería un futuro en el que los avances técnicos hiciesen posible que no fuese necesario volver a matar para comer?

R: Eso que planteas señala un doble proceso de deshumanización, en mi opinión. Se vacía al humano de humanidad y se reviste al animal con ella. Es un proceso fascinante, la verdad. Y es verdad que en ese proceso interviene el factor tecnológico. Por un lado en el debate, tal y como lo acabas de plantear tú, de qué puede ofrecer el "progreso" como solución al consumo de proteínas que necesitamos para seguir viviendo. Pero también en el plano robótico. Me explico: creo que el robot, la máquina, está desplazando al ser humano de su sitio. Hay una especie de transhumanismo, que entraña una serie de consecuencias inquietantes. Para mí es un escenario distópico. Obliga a plantear la existencia del hombre antes del arca de Noé. Y su desarrollo además es enormemente traumático. Porque ya me explicarás, después de haber tenido domesticados a los animales durante diez mil años, cómo empiezas a relacionarte con ellos como si fuesen tu congéneres. ¿Cómo esperas que te devuelva un gato lo que tú le estás dando? Es una relación completamente asimétrica. Pero es que vivimos en una sociedad enferma.

P: En el libro indagas en que es una sociedad que ha dejado de mirar a la muerte. ¿Por qué?

R: Porque se ha infantilizado. Ahora la sociedad abjura de todo síntoma de decrepitud y decadencia. Es la misma razón por la que los ancianos están escondidos en las residencias. Y la misma por la que sólo los toleramos si han escalado el Everest o si tienen un vigor sexual remarcable. O sea, un anciano, para ser asimilado en la sociedad, tiene que ser cualquier cosa menos un anciano. Es así. Cualquier acontecimiento que nos recuerde nuestra finitud, en esta sociedad incolora, inodora y aséptica, ha sido postergado y subordinado. ¿Cómo no van a molestar los toros? Si yo entiendo perfectamente que molesten. Antes te he dicho que agradecería que no se mirase al aficionado taurino como si fuese un psicópata. A ver si nos van a empezar a mirar ahora como si fuéramos necrófilos. El siguiente paso será ese. Y yo digo que los toros, no es que se relaman con la muerte, es que la subliman. Aquí suelo poner un ejemplo que me parece muy característico. Me resulta interesante cómo una sociedad como la italiana, tan diferente a la española por su forma de vivir el idealismo, en su necesidad de escaparse de la realidad encontró un argumento tan fascinante como la ópera. Cómo se puede llegar de la ficción total —fíjate que en la ópera la gente, en lugar de hablar, canta— a la conmoción absoluta de la realidad. Cómo Bernard Shaw le tiraba su muleta a la soprano Adelina Patti en La Traviata, pensando que estaba muriendo de verdad. Pues este viaje de la mentira a la verdad que hace la ópera, la tauromaquia lo hace al revés. Va de la verdad total, que es la muerte, a la mentira. Y mentira en el sentido de que ninguno estamos asistiendo a la celebración de la muerte en una plaza de toros. Lo que hacemos es asistir a un rito que la expone de una forma creativa. Y eso es un ejercicio que cualquier director de escena debería percibir… De hecho, el otro día hablaba Angélica Liddell de esto con autoridad. A día de hoy nadie se espera que un director de escena progresista encuentre en los toros el arte perfecto. Pero en cierta forma lo es, precisamente porque esa conjugación del erotismo y la muerte, con el rasgo de lo efímero, permite al creador una plasticidad increíble. La sociedad, en cambio, se ha negado a sí misma que morimos. Pienso, mientras digo esto, en todos los esfuerzos que ponemos en la cirugía plástica, en la búsqueda de la eterna juventud, en la búsqueda incansable de soluciones estéticas y terapéuticas que consigan tapar que estamos condenados a envejecer y morir. Claro, en un mundo así, es normal que se arrincone al ejercicio que nos expone de una forma tan drástica no sólo la muerte, sino también el posible triunfo de la oscuridad sobre la luz. Porque los toros empiezan a las cinco de la tarde con la luz del sol dibujando una cornamenta sobre el ruedo; y cuando nos vamos, la muerte y la oscuridad han terminado por conquistar la arena completamente.

P: ¿Los antitaurinos se han parado alguna vez a escuchar lo que un torero tenga que decir? Lo digo porque, al hilo de lo que acabas de exponer tú, parece difícil sostener eso de que los matadores son frívolos o sádicos. En el libro dedicas varias páginas a hablar precisamente de la hondura con la que viven la Fiesta. De lo presente que está en su vida la muerte, el valor y el amor al toro.

R: No, claro. Mira, el argumento más grotesco del animalismo y de los antitaurinos es aquel que dice que si tienen que morir seis toros, por lo menos, que cada tarde caiga también algún torero. Aquí, primero, se olvida un principio fundamental, que es que el toro es para el torero la forma de medirse consigo mismo. Esto no es un combate entre iguales, ni lo ha sido nunca. La tauromaquia no es una expresión que busque la simetría en la pugna entre el hombre y el animal. En absoluto. Eso es un malentendido. El torero explora su valor, sus límites, en su enfrentamiento con el toro. Y esa es la función del animal. Pero bueno, si ahora te decía que la sociedad no quiere oír hablar de la muerte, tampoco quiere oír hablar de los héroes verdaderos. En el libro hay un capítulo dedicado a este fenómeno, que a mí me parece muy relevante. Porque en la confusión de la igualdad con el igualitarismo, y del igualitarismo convertido en dogma, pensamos que todos tenemos derecho a ser héroes. Por eso, el que nos acaba molestando es el héroe de verdad. Y un héroe de verdad es el torero. Primero, por su vocación. Por su preparación. Por su vestimenta. Por su grado de concentración. Por la misión que emprende. Por los peligros que contrae. Y por la connotación ritual con la que rodea todo lo que hace. No te digo ya cuando se viste, o cuando organiza su capilla en el hotel. O cuando, antes de salir a torear, pasa por la capilla también. Sea religioso o no lo sea, por cierto. Que aquí también nos confundimos. Es el riesgo de exponer un rito en una sociedad completamente secularizada.

P: ¿No percibes, sin embargo, que la sociedad está dejando poco a poco de ver los ritos como esa especie de vertiente autoritaria del dogma religioso y está comenzando a valorarlo de otra manera?

R: Bueno. Sí. Pero primero creo que habría que aclarar que no todo lo religioso responde a la expectativa de una respuesta concreta ante la angustia existencial. Yo mismo soy ateo y tengo nociones de lo religioso por encima de la creencia en Dios. El caso es que el ser humano es religioso. Y si visitas el Museo de la Evolución Humana en Burgos, además de encontrarte a Miguelón, con sus 500.000 años, verás también una piedra a su derecha, bautizada como Excalibur, que ya en ese tiempo ejercía una función religiosa. El ser humano es religioso. Santayana decía, de hecho, que la religión es casi una reacción animal del ser humano. Por eso seguimos siendo religiosos a día de hoy; y por eso seguiremos siéndolo. Lo religioso está intrínsecamente relacionado con la naturaleza humana, independientemente de que uno crea o no crea. La secularización viene después. Se me ocurre, por ejemplo, cuando la nueva política irrumpió en el Parlamento y entendió que la representación del ciudadano tenía que pasar por vestir como él. Suponiendo que los ciudadanos vistan como visten los representantes de la nueva política. Creo que ahí se estaba confundiendo nuevamente el valor de lo ritual y lo litúrgico en su manera de solemnizar las cosas, que es otro de los rasgos que nos caracterizan como especie. Lo inútil, otra vez; pero otra vez en el buen sentido. No es que un político tenga que ir de traje al Parlamento para distinguirse del ciudadano en función de lo que le cuesta la ropa. Ni mucho menos. El traje es una forma de identificarle solemnemente con el espacio legislativo. Por eso un juez se pone una toga y por eso en Wimbledon se juega de blanco. Es una regla inequívoca de Wimbledon que se juega en el césped y que se viste de blanco. Y quien no acepte esas reglas, no puede jugar. Estas cosas nos parecerán lo que quieras, pero responden a un énfasis litúrgico. Yo creo que las cosas, revestidas de liturgia, incorporan una solemnidad y una distinción que las sugestionan y las convierten en algo mucho más interesante. Por eso no se me ocurre acontecimiento litúrgico de más peso que la tauromaquia. Tanto por su herencia judeocristiana evidente, como por sus referencias anteriores grecolatinas, y toda su connotación pagana. Ese sincretismo que incorpora la tauromaquia la convierte en una ceremonia extraordinaria. O sea, yo me pregunto si en este mundo tan globalizado y uniformado puedo entrar yo en la Maestranza y encontrarme todavía un ceremonial del XIX, con reminiscencias antiquísimas, y puedo envolverme en un rito que me sobrepasa, que me traslada el misterio, esa otra gran desaparición de nuestras vidas… Joder. Si puedo experimentar eso, ¿cómo no voy a ser taurino?

P: ¿Los toros son de derechas?

R: Mira, esto tiene que ver más con algo que hemos tocado antes. Lo que pasa es que la relación casi automática que se ha establecido entre animalismo, ecologismo e izquierda ha creado un frente artificial al que se le ha opuesto otro planteamiento, igual de artificial, que quiere ensalzar una supuesta identidad española y casi un fervor macho. Son dos profundas tergiversaciones. La izquierda se ha adherido al antitaurinismo por vinculación orgánica al animalismo y al ecologismo. Entendidos, tanto el ecologismo como el animalismo, de forma enfermiza. Ningún ecologista sensato es antitaurino si se plantea, en términos igualmente sensatos, qué supondría para el ecosistema la desaparición del toro de lidia. Pero el frente es inequívoco. Como es inequívoco el que está delante; el que relaciona los toros con lo costumbrista, lo auténtico y lo español. Y los toros son muy españoles, eh, pero no por su adscripción ideológica. Se trata de una cuestión mucho más cultural y casi mística. No tiene nada que ver con la manipulación ideológica. Por eso es muy divertido asistir a estos periodos en los que oscila la fascinación de un frente al otro. A este respecto yo siempre pongo el ejemplo del toro de la alternativa de Manolete, que nació de nombre Comunista pero se lidio como Mirador. Le cambiaron de nombre para despojarle de cualquier connotación política. Fíjate, sin embargo, en que que se llamase Comunista quiere decir que el toro nació en la República, y que le pusieron ese nombre para honrarle. Ahora bien, por la misma razón, Franco no podía tolerar que un Comunista se lidiara en la plaza. Y no precisamente porque se le fuera a dar muerte al comunista, sino por la propia nobleza que encarnaba el toro. Otro ejemplo es el de los dos carteles que comparten sala en el museo de Madrid: una corrida en el 36 patrocinada por la Pasionaria y presidida por ella y otra corrida presidida y patrocinada por Himmler. Una con la esvástica y otra con la bandera republicana. Los toros son un oscuro objeto de deseo de la manipulación política. Pero en realidad, como he dicho otras veces, si algo son los toros es un fenómeno subversivo. Un acontecimiento que descabalga al señorito para darle el protagonismo al tipo de a pie que venía del pueblo y que del pueblo sigue viniendo. Si yo tengo que ver en los toros un rasgo, veo un rasgo de vanguardia.

P: Lo que a mí me parece curioso es que la relación "perniciosa" de la tauromaquia con la derecha funciona en las dos direcciones. Quiero decir, ya no es tanto un "los toros son malos porque son de derechas", sino, "la derecha es cavernaria porque le gustan los toros". ¿Hasta qué punto la asociación entre la tauromaquia y la derecha es una doble caricatura que se retroalimenta?

R: Claro. Te puedo responder a esa cuestión con otra pregunta. ¿Por qué el Gobierno socialista ha prevaricado para negarle las ayudas a los banderilleros, cuando tienen derecho a ellas por su estatus laboral? ¿Por qué se discrimina a los currantes? ¿O es que los banderilleros, los subalternos, los hombres de plata, forman parte de una élite de multimillonarios y de terratenientes? ¿Y por qué un Gobierno que se dice ecologista interviene en una votación para negarle las ayudas a los criadores de toros bravos de lidia, como si negando esas ayudas no se estuviese perjudicando a una especie y a un ecosistema y sí dañando otra vez al señorito ganadero que vive en el latifundio? Esa clase de mensajes son una obscena manipulación. Del currante, del ganadero y del mundo de los toros. Y además está en flagrante contradicción con la posición que tenía esa misma izquierda hace veinte años. Una izquierda de la que viene José Tomás, identificado como torero republicano; y no te digo ya la de los ochenta, que reconocía en los toros un espacio de transgresión y que cogía la bandera de un torerazo gordo y viejo, llamado Antoñete, de orígenes humildes. Por eso arranco el libro citando a Carmen Calvo. Porque fue ella, en un homenaje a Sánchez Mejías, la que habló de los toros desde su perspectiva de transgresión y vanguardia. Una vicepresidenta del Gobierno. Esa es la forma de rescatar a los toros de la tergiversación. Y no lo digo porque haya que verlos como algo de izquierdas a partir de ahora, entiéndeme. Cuando yo denuncio la manipulación la denuncio en los dos sentidos.

P: Justo te quería preguntar por eso. Ahora se dice mucho que Vox ha movilizado el voto del trabajador, que se ha visto abandonado por una izquierda cosmopolita demasiado centrada en las políticas de identidad. ¿La aparente adhesión del mundo del toro al partido de Santiago Abascal no se puede explicar de la misma forma?

R: Estoy completamente de acuerdo con eso que acabas de decir. Yo recuerdo la Feria de Valencia de hace dos años, que apareció Abascal y lo aclamaron al grito de "presidente, presidente". Fue más o menos como el reflejo de una comunidad abandonada por todos los partidos políticos. O por casi todos. Y aquí incluyo a Ciudadanos, que cuando convino e hizo de los toros su argumento de controversia política en Cataluña, salió Albert Rivera a hombros de la plaza de Barcelona, pero cuando dejó de convenir se olvidó de los toros. Ese es un buen retrato de la manipulación política que se ejerce desde todos lados. Y es un buen retrato de la manipulación que ejerce también Santiago Abascal. Porque yo no veo en su defensa de los toros un argumento honesto, sino la captura de un nicho desamparado. Por eso a mí me resulta muy incómodo que utilice los toros como ejemplo de los valores de una cultura, cuando estoy viendo al mismo tiempo toda la tramoya que hay detrás. Y a qué obedece ese énfasis.

P: De hecho en el libro señalas que los toros son muy españoles, sí, pero ante todo son mediterráneos. No tienen que ver con una nación ni con una etnia.

R: Tienen que ver, ¿sabes con qué? Con un animal. Con la cultura que ha engendrado un animal, desde nuestra herencia grecolatina hasta Mitra, que los romanos entronizaron como culto en Roma, trayéndolo de Siria. Tienen que ver con la presencia del animal excepcional allí donde ha sido criado. Mira, los toros son un ejemplo de colonización, porque se llevaron a América y al sur de Francia. Pero allí donde está el toro de lidia está el acontecimiento. En ese sentido yo soy completamente contrario a la exportación de la corrida de toros. Me parece absurdo hacer toros en China o en Las Vegas. No es un acontecimiento que necesite expansión más allá de donde el toro de lidia tiene su territorio. Porque es un acontecimiento ligado a un territorio. Pero allí donde hay toro de lidia, el fenómeno se engendra. Eso nos permite tener la peculiaridad de una máxima figura del Perú, como antaño lo fue César Rincón de Colombia. Lo que quiero decir es que no es que me moleste la definición de los toros como fiesta nacional; es que me parece restrictiva.

P: Otro tema que tocas en el libro: ¿los toros son machistas y homófobos?

R: No. Pero eso no quiere decir que no tengan zonas oscuras. Lo que pasa es que una cosa es la tauromaquia y otra el mundillo de los toros. Y en el mundillo de los toros sí que creo que está bastante arraigada una mentalidad retrógrada, en muchos ámbitos. Una mentalidad machista, desde luego; pero no porque la tauromaquia sea machista. En el libro diferencio lo machista de lo masculino, porque creo que también es necesario hacer esa aclaración. De la lectura de Feria, la novela publicada recientemente por Ana Iris Simón, uno se lleva con bastante claridad la sensación de que no hace falta desarmar lo masculino para acabar con lo machista. Y la tauromaquia es un acontecimiento masculino, empezando por los atributos del toro. Dentro de la ambigüedad con la que se desarrolla el espectáculo, teniendo en cuenta que ni siquiera se sabe muy bien si el torero se viste de hombre o de mujer. O esa forma de seducir al animal, que tiene rasgos enormemente femeninos. Las medias, el estilo, las zapatillas… Todo es muy femenino. Pero volviendo a la pregunta: sí, yo creo que sí que existe un mundillo de los toros rancio y casposo donde todavía resultan tabúes cuestiones que tendrían que dejar de serlo. La de la homosexualidad es flagrante, de hecho. No hay noticia de un torero que haya dicho ser homosexual. Está claro que si no han trascendido nombres, y si hay que rebuscar el caso de Sidney Franklin, un torero americano de los treinta, o de Mondeño, que no llegó a decirlo nunca, es porque su homosexualidad se observaría con cierto recelo. A mí me resulta insignificante que un torero sea homosexual o heterosexual. Pero sí es significante que el mundo de los toros contestara con recelo o represalias a quien lo dijera con naturalidad. Que no se haya dicho nunca es la demostración de que existe cierta reserva al peligro que supone admitirlo.

P: Has dicho al principio que eres optimista con respecto a la supervivencia de la tauromaquia. Sin embargo, en el libro haces un ejercicio de realismo y expones claramente la mala praxis que ha permitido que la situación haya llegado a los extremos en los que se encuentra ahora. ¿Eres igual de optimista con que pueda corregirse la mala gestión y establecerse un modelo saneado y de futuro?

R: Sí, bueno. Yo digo que hay dos amenazas, en realidad: la explosión exterior y la implosión. O sea, la hostilidad del contexto, que es feroz, y la implosión. En este escenario hay que hablar de ambas cosas. Hablo de hostilidad, para empezar, porque los toros están desvinculados, no ya de la política —y ese es un problema de responsabilidad, no de favoritismo—, sino que ni siquiera tienen acceso a la publicidad. Asociarse con los toros, a no ser que seas una marca de alcohol o de tabaco, puede provocar recelos. Pero aún así creo que esto le da un rasgo muy interesante. Ya es prácticamente la perversión total: los únicos anunciantes asociados a los toros tienen que ser el whisky y el tabaco. Todas estas cosas llevan a que el sector dependa al final de la taquilla. Y en ese sentido el toro está amenazado desde fuera, pero también amenazado desde dentro, porque ha sido un ámbito completamente desunido, con enfrentamientos gremiales y tribales, y con muy poca consciencia de los peligros que han existido mientras los tiempos de bonanza hacían inverosímil que pudieran estar en peligro. Por eso nuestro patrón de comportamiento es Francia. Porque Francia siempre ha vivido en la excepción y en la hostilidad. Hostilidad tanto de su legislación como de la okupación española de sus plazas. Se sabe poco que en Francia hay medio centenar de plazas muy importantes. Y que hay ferias de relevancia. Pero Francia ha marcado el terreno de la resistencia, precisamente por haberse mantenido tantos años en ese territorio hostil. Por eso digo que una de las expectativas para que los toros sobrevivan pasa por un ejercicio de transparencia y honestidad. De los toros consigo mismos. Y cuando digo toros me refiero a todos los sectores que están involucrados en ellos.

P: ¿Cómo ves la amenaza de la prohibición?

R: Ahí sigo siendo optimista. Pienso en la conciencia de la sociedad laica respecto a lo que supone el prohibicionismo. A quienes simpatizan con la idea de prohibir los toros yo siempre les invito a que se centren no tanto en el predicado como en el verbo. Que atribuyamos a una administración, a un Estado, a un Gobierno, la capacidad de prohibir, siempre es una mala noticia para las libertades. Lo preocupante de prohibir los toros es el verbo. Y en ese sentido, también añado lo que supondría en la práctica esa prohibición: desde el daño medioambiental o el exterminio de una cultura. No tener toros, respecto a tenerlos, es mucho peor.

P: ¿En ese plano sí que son necesarios los argumentos finalistas?

R: Claro. Sólo faltaba que en un contexto de tanta hostilidad dejáramos de utilizar argumentos tan sólidos como estos. Claro que hay que usar los argumentos finalistas contra los que frivolizan con la idea de prohibir los toros. Otra cosa es que no le deban hacer falta a uno, en el sentido de buscarse una coartada que le exima del escarnio público por ir a los toros. Yo no voy a entrar en negociaciones con la sociedad, ni para hacerme perdonar, ni para disculparme, ni para suprimir cuatro banderillas y la pica del picador. O sea, los toros no pueden dejar de ser lo que son para ser tolerados. Y esto es para mí muy importante. Porque en el propio mundo taurino hay ciertas sensibilidades que apuntan en esta dirección: "Hagamos un espectáculo menos cruento". Mira, los toros son sangre. Los toros son cruentos, que no crueles. Y suprimir el lado cruento de la tauromaquia es dejar a la tauromaquia sin sentido. Suprimir la eucaristía de la misa es dejar la misa fuera de lugar. Yo prefiero la desaparición de las corridas de toros que las fórmulas edulcoradas.

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