
Fuera de abono, el penúltimo festejo de la feria de San Isidro de la presente temporada, se anuncia para el domingo 7 de junio una corrida In Memoriam de Ignacio Sánchez Mejías. La actual empresa del coso madrileño gusta dedicar un homenaje a diestros de relieve. Y Sánchez Mejías lo fue, pero no sólo en el orbe taurino, sino por su dimensión literaria, pues patrocinó los actos que dieron lugar en Sevilla al nacimiento de la llamada generación del 27.
Era Ignacio de niño de los que jugaban "al toro" en la calle. Nacido en Sevilla el 6 de junio de 1891. Sus padres eran propietarios de una huerta, "El lavadero" y allí, entre otros chiquillos estaba uno que revolucionaria la fiesta: José Gómez, "Joselito el Gallo". Cuatro años menor que Ignacio fueron amigos hasta la muerte de este último. Tenía Sánchez Mejías ansias de aventura a las puertas de su juventud y se enroló en un barco rumbo a México, donde sobrevivió como mozo de cuadra en una hacienda. Como lo que él soñaba es ser torero, le dieron la oportunidad de ser banderillero en la plaza de Corelia. Acabó más tarde como peón en la cuadrilla de Joselito. Y de allí dio el salto al entorchado de matador, en Barcelona, donde, en presencia de Juan Belmonte como testigo, le dio la alternativa Joselito el 16 de marzo de 1919, que era su cuñado, casándose con una hermana de Ignacio. Otro tanto, al revés, había hecho cuatro años atrás contrayendo matrimonio con Dolores Gómez Ortega, hermana de los Gallos. Luego Joselito e Ignacio eran cuñados por partida doble.
El 16 de mayo de 1920 la fiesta se tiñó de negro en la plaza de Talavera de la Reina donde Joselito, del que se decía que ningún toro podía herirlo de muerte, perdió la vida, en presencia de Ignacio Sánchez Mejías, quien acabó con "Bailaor", el toro asesino.
El poeta que simuló ser banderillero
Fue Ignacio Sánchez Mejías un diestro valiente por encima de virtudes menores como matador de toros. Tenía otras aptitudes, como el deseo de adquirir la mayor cultura posible. Se dio la circunstancia de que ya en edad juvenil reemprendió sus estudios de Bachillerato en el Instituto de La Rábida (Huelva), que había interrumpido. Los toros y la literatura llenaban su mente. Y en el recuerdo de honrar la memoria de Joselito, dio en llamar a Rafael Alberti, otro de sus grandes amigos, invitándolo a Sevilla. Éste, recordaba así en uno de los tomos de "La arboleda perdida", lo que les ocurrió al llegar al hotel: "Ignacio me encerró bajo llave, sin pan ni agua, para que concluyera "Joselito en su gloria", al celebrarse el aniversario de su trágica muerte". El poeta del Puerto de Santa María leyó aquel poema en una velada celebrada en el teatro Cervantes sevillano.
Sánchez Mejías se identificó con muchos poetas de su tiempo y Rafael Alberti era uno de sus íntimos. Solían gastarse bromas como buenos andaluces. Y a modo de apuesta, aquel le propuso convertirlo en banderillero de su cuadrilla siquiera en una sola tarde. Parece que esa proposición estaba motivada porque Rafael pasaba apuros económicos y como manera de ayudarlo se le ocurrió lo de vestirlo de luces, advirtiéndole de que no tendría necesidad de poner ningún garapullo. Digamos que su presencia en la plaza de toros de Pontevedra sería "haciendo bulto". Accedió Rafael tras no poca insistencia de Ignacio. Llegada la tarde del 3 de julio de 1927, Alberti hizo el paseíllo con un traje de luces naranja y negro que le cedió Ignacio, vestido que guardaba en señal de luto por Joselito. Completó el poeta su atuendo con una montera prestada por Cagancho y un capote de paseo de Antonio Márquez. En los tendidos se hallaba José María de Cossío, que era quien los había presentado, a Sánchez Mejias y a Rafael Alberti. Éste, llegado a la barrera, se escondió cuanto pudo, no pisó la arena, ni dio un pase ni por supuesto, por lo acordado, no tuvo banderilla alguna entre sus manos. El miedo que pasó aquella tarde gallega no lo olvidó nunca.
En 1993, con noventa y un años, ya alejado su exilio en Roma, regresó a Pontevedra, entró en la plaza de toros con su segunda esposa, María Asunción y unos amigos, recordó su "hazaña" y en el centro del ruedo simuló dar unos pases a un toro imaginario.
Así surgió la generación del 27
El polifacético personaje que fue Ignacio Sánchez Mejías se resume en estas líneas, aparte de su condición de matador de toros: presidió el equipo del Betis, pues también era un "forofo" del fútbol y del equipo blanquiverde; jugaba al polo, escribía poesía y teatro. Sus obras fueron: "Sinrazón", "Zaya", "Ni más ni menos" y "Soledades". En 1933 estrenó en el teatro Español de Madrid un espectáculo de coplas, que había armonizado al piano otro de sus grandes amigos, Federico García Lorca, espectáculo que, junto a artistas destacados de raza calé, protagonizó Encarnación Júlvez "La Argentinita", que era amante de Ignacio. Seguía casado con la hermana de Joselito, nunca quiso separarse de ella, ni ésta de él, pero eso no acabó con aquella otra pasión. Que no fue la única porque Sánchez Mejías, seductor, también tuvo amores con Marcelle Auclair, hispanista, biógrafa francesa de García Lorca.
Como quiera, decíamos que Ignacio se encontraba en su salsa rodeado de poetas, invitó a unos cuantos a su finca sevillana "Pino Montano". Tres de los invitados, Pedro Salinas, Gerardo Diego y Rafael Alberti, en un ambiente grato, comenzaron a proponer al resto de colegas un homenaje a Luis de Góngora, al cumplirse el trescientos aniversario de su muerte. Propuesta que fue aceptada por los reunidos. Había que poner en marcha una organización que precisaba, al menos, de un desembolso económico, de lo que en seguida se ocupó, generoso como siempre, Ignacio Sánchez Mejías.
Aquel acto conmemorativo sucedió el 11 de diciembre de 1927 en el salón de actos de la Sociedad La Económica, sita cerca del Ateneo sevillano, dos de cuyos componentes formaron parte de los organizadores, en un grupo cuya fotografía ha sido infinidad de veces insertada en libros de texto y otros, figuraron: Juan Chabás, Mauricio Bacarisse, Federico García Lorca, Jorge Guillén, José Bergamín, Dámaso Alonso y Gerardo Diego. Fernando Villalón, el poeta que como también ganadero, soñaba con la nacencia de toros de ojos verdes, también sufragó parte del viaje y un banquete.
No está del todo evidenciado de quién partió la denominación de "Generación del 27", mas cierto es que después de aquellos encuentros poéticos, sus participantes serían en adelante citados como representantes de ese año, de esa época, al igual que anteriormente hubo la otra "Generación del 98".
Otra muerte cantada en coplas
Si la muerte de Joselito produjo infinidad de poemas, libros, y coplas, asimismo la de Ignacio Sánchez Mejías sería objeto del homenaje de muchos poetas, entre ellos sus amigos "del 27".
Ignacio llevaba unos años retirado. No se aburría, por cuanto hemos referido a sus otras aficiones. Pero el gusanillo de su profesión es algo que quienes ya no se visten de luces echan de menos los aplausos, las tardes de triunfo, aunque el riesgo de jugar frente a la muerte siempre exista. No necesitaba ganar ni dinero ni más fama. Pero, terco, haciendo oídos sordos de sus amigos, que le instaban a no cometer la insensatez de su retorno a los ruedos, quiso reanudar su pasión taurina. Físicamente sus condiciones no iban a ayudarlo. Le sobraban kilos, agilidad.
El destino le tenía señalada una fecha a Ignacio: la del 11 de agosto de 1934, en la plaza de Manzanares, sustituyendo a Domingo Ortega. Un toro de su lote lo hirió de gravedad en una pierna. En vez de quedarse hospitalizado en la ciudad manchega, decidió viajar a Madrid. Quizás fue su gran error, quién sabe. El caso que dos días después, con la zona de la herida gangrenada se fue de este mundo.
Consternación en su familia, en la afición, en sus amigos poetas. Federico García Lorca escribió una de las más grandes elegías que existen, como la de Jorge Manrique y sus coplas: "Llanto por Ignacio Sánchez Mejías". Aquello de "A las cinco de la tarde / eran las cinco en punto de la tarde…" sería ya harto repetido entre estudiantes, aficionados a los toros. Lo editó en libro José Bergamín, un año después en su revista "Cruz y Raya", ilustrado por José Caballero. Y también Federico desgranó estos otros versos a su gran amigo: "Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace / un andaluz tan claro, tan rico de aventuras…"

