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El dron kamikaze Shahed-136, el arma 'low cost' de Irán con el que ataca con éxito y por saturación a sus vecinos

Cada aparato apenas cuesta unos 35.000 euros. Es utilizado por Rusia en Ucrania y por proxies iraníes como Hezbolá o los hutíes yemeníes.

Cada aparato apenas cuesta unos 35.000 euros. Es utilizado por Rusia en Ucrania y por proxies iraníes como Hezbolá o los hutíes yemeníes.
El dron kamikaze Shared-136. | Wikipedia - Mehr News Agency

El zumbido eléctrico de los drones kamikaze se ha convertido en una de las señales más temidas en los conflictos modernos. Identificar su presencia es sinónimo de estar a las puertas de una explosión que puede acabar con la vida del combatiente. En este nuevo paradigma bélico, el Shahed-136 de fabricación iraní se ha convertido en el sistema más exitoso del mercado mundial.

Este pequeño dron suicida pertenece a la categoría de las denominadas "municiones merodeadoras", aparatos que vuelan durante horas hasta detectar o recibir coordenadas de un objetivo antes de estrellarse contra él cargados de explosivos. Irán ha apostado por esta tecnología como una forma de compensar su inferioridad en aviación de combate frente a sus rivales regionales y frente a las grandes potencias occidentales.

El Shahed-136 tiene un diseño sencillo pero eficaz. Con una estructura triangular y una hélice trasera, puede recorrer alrededor de 2.000 kilómetros y transportar entre 30 y 40 kilogramos de explosivos. Se lanza desde rampas montadas en camiones o plataformas simples, lo que permite desplegar numerosos aparatos en pocos minutos y desde ubicaciones dispersas, dificultando su detección previa.

Uno de los factores clave de su éxito es su precio. La estimación es que cada unidad cuesta unos 35.000 euros, una cifra ínfima si se compara con los misiles de crucero (más de un millón de euros por unidad) o los interceptores que se utilizan para derribarlos. Esta asimetría económica es precisamente la base de su eficacia en combate y del interés que está despertando entre prácticamente todos los ejércitos del mundo.

La verdadera revolución táctica llega con los llamados ataques de saturación. En lugar de lanzar un solo dron contra un objetivo, las fuerzas que utilizan el Shahed-136 envían decenas o incluso centenares de aparatos simultáneamente. El objetivo es desbordar las defensas aéreas del enemigo, obligándolo a gastar interceptores caros contra plataformas extremadamente baratas.

Esta táctica se ha visto con claridad en la guerra de Ucrania. Rusia ha utilizado versiones bajo licencia del Shahed-136, rebautizadas en Moscú como Geran-2, para atacar infraestructuras energéticas y ciudades controladas por el Gobierno de Kiev. Durante algunos bombardeos nocturnos, Rusia ha lanzado oleadas de drones que obligan a las defensas ucranianas a elegir qué interceptar y qué dejar pasar.

El rendimiento de estos drones en Ucrania ha servido como escaparate internacional para el modelo iraní. Los Shahed-136 han demostrado ser difíciles de neutralizar cuando se utilizan en grandes cantidades. Su vuelo a baja altura y su reducido tamaño complican el trabajo de radares y sistemas antiaéreos diseñados originalmente para amenazas mayores, además de poder llevar el suficiente nivel de explosivos para ser altamente mortales.

También ha sido empleado en los dos últimos años por algunos de los principales proxies de Irán en el escenario internacional. Por ejemplo, por el grupo terrorista Hezbolá para atacar a Israel o por los hutíes en Yemen contra el Gobierno del país y sus aliados de Arabia Saudí.

Ese éxito, sobre todo en Ucrania, hizo que en Occidente se iniciara una carrera por tratar de capturar algún ejemplar en buen estado para investigar sus tripas. Y la gran sorpresa que se descubrió, cuando se capturó una de las primeras unidades de fabricación iraní, fue que prácticamente toda la tecnología usada era occidental, es decir, que el régimen de los ayatolás se había saltado todos los embargos tecnológicos occidentales para desarrollar este aparato.

Es por ello que Irán ha convertido este dron kamikaze en una pieza central en su estrategia de reacción ante los ataques de Estados Unidos e Israel para llevar sus represalias militares a buena parte de los países del Golfo. Se han empleado en ataques contra objetivos en Israel y Emiratos Árabes Unidos, contra bases militares en Irak y Siria, y contra una de las grandes refinerías de petróleo de Arabia Saudí.

También ha sido el sistema de armas utilizado por Hezbolá para atacar la base británica de Akrotiri en la isla de Chipre como represalia a los ataques contra Irán. Un ataque de alta tensión, pues enlaza los artículos de defensa mutua de la Unión Europea y la OTAN. Si se ataca la base, de soberanía británica, se ataca a un país de la OTAN, pero si no se acierta y el ataque cae fuera de la base será territorio chipriota y, por tanto, un ataque a un país de la UE.

La capacidad de alcanzar blancos a gran distancia amplía notablemente el alcance estratégico de Teherán a bajo precio. Para los países de la región, el desafío no es solo técnico, sino económico. Derribar cada dron puede requerir misiles interceptores que cuestan millones de euros. Esa diferencia convierte al Shahed-136 en un arma de desgaste que obliga a los adversarios a gastar recursos desproporcionados para proteger su espacio aéreo.

El éxito de este modelo de dron kamikaze ha sido tal que incluso ha sido copiado por Estados Unidos. En un giro irónico de la evolución tecnológica militar, a través de ingeniería inversa, la empresa estadounidense SpektreWorks ha producido este dron con el nombre de LUCAS (Low-Cost Unmanned Combat Attack System), que irónicamente fue utilizado por primera vez en combate por Estados Unidos para atacar a la propia Irán el pasado fin de semana.

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