
Rusia habría recurrido a su denominada flota de barcos fantasma para lanzar y recuperar drones empleados en una campaña de vigilancia sobre infraestructuras críticas de varios países europeos. Estas operaciones habrían tenido como objetivo recopilar información de inteligencia, analizar la respuesta de las defensas de los países y localizar vulnerabilidades en instalaciones estratégicas repartidas por buena parte del continente.
Así lo refleja un informe elaborado por el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS, por sus siglas en inglés), un prestigioso think tank o centro de investigación global fundado en 1958 en Londres —Reino Unido—. La institución sostiene que existen indicios sólidos de que Rusia utilizó embarcaciones de su flota fantasma como plataformas logísticas para desplegar drones en las proximidades de las costas europeas.
El estudio documenta un total de 144 incidentes registrados entre 2024 y 2026 en al menos 13 países europeos, entre ellos varios miembros de la OTAN e Irlanda. Los aparatos sobrevolaron instalaciones militares, aeropuertos, puertos, infraestructuras energéticas y otros emplazamientos considerados estratégicos. El patrón de los vuelos, su frecuencia y la selección de objetivos apuntan, según el IISS, a una campaña coordinada de obtención de inteligencia.
Entre los objetivos identificados figuran bases militares, centrales nucleares, aeródromos e infraestructuras críticas cuya protección resulta esencial para la seguridad nacional de los Estados afectados. El informe señala que algunos de los drones también sobrevolaron instalaciones vinculadas a la presencia militar de Estados Unidos en Europa, lo que sugiere un interés específico por evaluar la capacidad de respuesta de las fuerzas aliadas.
Los investigadores sostienen que los buques de la denominada flota fantasma proporcionan una plataforma discreta y flexible para estas operaciones. Estas embarcaciones, utilizadas habitualmente para transportar petróleo ruso al margen del régimen de sanciones occidentales, permiten acercar los drones a sus objetivos reduciendo la distancia de vuelo y dificultando la identificación del punto exacto desde el que fueron desplegados.
El IISS considera que el propósito principal de la campaña no habría sido ejecutar ataques, sino recopilar información de inteligencia de alto valor. Entre los objetivos figurarían cartografiar las medidas de seguridad, estudiar los procedimientos de vigilancia, medir los tiempos de reacción de las autoridades y detectar posibles lagunas en los sistemas de defensa antiaérea y antidrones desplegados en diferentes países europeos.
El estudio reconoce que atribuir con absoluta certeza cada uno de los incidentes resulta complejo, ya que los drones empleados son relativamente pequeños y pueden operar con escasa firma visual y electrónica. No obstante, el centro de investigación sostiene que la coincidencia entre la presencia de buques de la flota fantasma y numerosos vuelos, unida al patrón observado, hace muy probable la implicación de Rusia.
Los expertos también advierten de que esta campaña pone de manifiesto las dificultades de los países europeos para responder de forma coordinada a las amenazas híbridas. En muchos casos, los drones operaron cerca de instalaciones especialmente sensibles sin que existieran mecanismos suficientemente ágiles para neutralizarlos, lo que evidencia carencias tanto en los sistemas de detección como en los protocolos de actuación.
El informe subraya además que estas operaciones permiten a Moscú obtener información valiosa sin recurrir al empleo directo de medios militares convencionales. El uso combinado de drones de bajo coste y embarcaciones civiles vinculadas a la flota fantasma reduce el riesgo político y operativo, al tiempo que complica la atribución inmediata de los hechos y dificulta una respuesta proporcionada por parte de los Estados afectados.
Las conclusiones del IISS refuerzan la preocupación creciente por el empleo de tácticas de guerra híbrida contra Europa. El estudio sostiene que la combinación de espionaje, vigilancia y utilización de activos civiles con fines militares representa un desafío cada vez mayor para la seguridad europea y reclama reforzar la cooperación entre aliados, mejorar las capacidades antidrones y proteger con mayor eficacia las infraestructuras críticas frente a este tipo de amenazas.

