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Pino Djerdja, la leyenda yugoslava que imitó a Bob Cousy y apadrinó a Kresimir Cosic

Libertad Digital localiza en Zadar a uno de los grandes artífices del crecimiento del baloncesto en la Yugoslavia de Josip Broz, Tito

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Josip Djerdja, con el 10, junto a Kresimir Cosic, durante un partido del KK Zadar | Archivo 'Pino: realidad y mito'

En la ciudad croata de Zadar, una de las capitales históricas del baloncesto europeo, reza una vieja leyenda, conocida por todos en aquel lugar, que dice que "Dios creó al hombre y Zadar creó al baloncesto" (Bog je stvorija covika, Zadar kosarku!). Durante décadas, el bote de una pelota naranja en el viejo Pabellón de Jazine, en el que dicen los que vivieron su época dorada que se generaba quizá la más mágica atmósfera nunca vista alrededor de un deporte en el Viejo Continente, fue tan importante para toda Dalmacia que hoy día la canasta forma parte de la genética de los habitantes de la ciudad. Algo debido a personajes como Josip Djerdja (Đerđa, en croata), gran referente del baloncesto en la extinta Yugoslavia. Alguien del que los más jóvenes en España difícilmente habrán oído hablar, pero al que aquella generación histórica de los Emiliano, Luyk, o Buscató hubieron de sufrir en la cancha.

Hoy, la lúcida mente y ácida lengua del veterano ex jugador recuerda aquellos enfrentamientos ante una España que poco tiene que ver con la actual: "les ganábamos siempre, no podían hacer gran cosa contra nosotros. España hoy es una potencia mundial del baloncesto, pero su primer gran éxito fue la plata en el Eurobasket de Barcelona, en 1973, donde Yugoslavia fue oro. Y además, usaban muchos jugadores naturalizados, no había muchos españoles. Luyk, Brabender, después también a Sibilio. Nosotros éramos gente de los barrios, con un sueño: ganar a los soviéticos y llegar al nivel de los americanos", apunta.

Empezó a jugar con apenas 10 años, y hoy, ya octogenario, mantiene el mismo carácter reivindicativo que cuentan fue asociado a toda su vida y estilo de juego. Las crónicas de la época le describen como un jugador de enorme técnica, velocidad y flexibilidad, con una gran capacidad de tiro, visión de juego, y un auténtico dolor de cabeza para los árbitros y rivales, y en no pocas ocasiones para los compañeros de equipo. En el emblemático Café Lovre, centro neurálgico de la vida a orillas del Adriático, Libertad Digital se cita con una de las mayores leyendas del baloncesto europeo.

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Josip Djerdja gesticula durante la entrevista. | Archivo

Djerdja acude puntual a su cita, se sienta, pide un café y empieza a sacar recuerdos de una vieja cartera de cuero, donde se encierran secretos deportivos y sociales de la vida en la Yugoslavia del Mariscal Tito y de la Croacia independiente. "¿Quiere usted hablar de baloncesto? Va a ver lo que era la Yugoslavia baloncestística", amenaza, antes de mostrar una serie de fotografías en blanco y negro, que le sirven como argumento para su crítica postura. "En el Europeo de 1947 sólo ganan un partido, a Albania, en el Mundial del 50 en Argentina quedan últimos, y en el de Brasil en 1954 sólo vencen a Perú. Por cierto, en Buenos Aires se negaron a jugar el último partido contra España por el régimen franquista", recuerda, antes de desenfundar definitivamente. "¿Esto es lo que se ha llamado la escuela yugoslava? ¡Eso no existe, es una invención! Ellos no sabían qué era el baloncesto, lo aprendieron de nosotros, los croatas. Tenga en cuenta que les llevábamos unos cuantos años de ventaja, porque Zadar era de dominio italiano entonces, desde 1929 se jugaba en Zadar la liga italiana. Es algo así como el café, nosotros bebíamos expreso mientras ellos tomaban ese café turco sin leche, que aquí ni conocíamos".

La cabeza de Djerdja entra en ebullición. Los recuerdos le invaden, y se vuelve a jugar otro triple dialéctico mientras enseña un retrato más: "mire este jugador que lanza a cuchara. Es Aleksandar Nikolic, el gran entrenador, al que llaman padre de la escuela yugoslava". A la par, saca otra foto de un lanzamiento en suspensión, y exhorta "este es Izidor Marsan en un partido del mismo año, en Zadar. Saque usted sus propias conclusiones, ¡Íbamos años por delante, esta es la verdad del baloncesto yugoslavo, hasta el propio Radivoj Korac lanzaba los tiros libres a cuchara!". En opinión de `Pino´, como todo el mundo le conoce, la explicación a ese hecho es política, generada en el apoyo croata a los nazis en la II Guerra Mundial. "Marsan nunca jugó en la selección, porque nació en Zadar, y ellos en Belgrado pensaban que aquí todos éramos fascistas, sin importar lo que fuéramos de verdad. Pero claro, estaba Mussolini, y nosotros éramos italianos. Marsan se graduó en la Academia Militar en Italia, y por eso ya estaba mal visto". Djerdja, de hecho, nació como Giuseppe, aunque tras la guerra pasó a ser Josip. "Cuando empecé en la escuela, con 7 años, Zadar era bombardeada cada día. Nadie sabía ni una palabra de croata, todos hablaban italiano. Había que aprender croata en privado para poder ir al colegio. Se reían de mí cuando intentaba hablar correctamente el croata", evoca, echando la vista a un tiempo pasado que desde luego no parece mejor.

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Djerdja, con el balón en un partido del Zadar ante la Jugoplastika. | Archivo (del libro: `Pino: realidad y mito´)

¿Dónde empieza pues la gran evolución del baloncesto yugoslavo? "Cuando Nikolic nos conoce a Radivoc Korac (serbio), Ivo Daneu (esloveno) y a mí. Ahí empieza todo a cambiar. El propio Nikolic lo admitió después en foros internacionales, decía que había aprendido de nosotros, que él no era nuestro maestro", reclama el histórico base, adentrándose ahora en otro de los motivos de su éxito, llegado casi por casualidad desde el otro lado del Atlántico, cuando decir eso suponía una distancia casi insalvable. "Entonces la gente en Europa no sabía driblar, ni tirar en suspensión. No había entrenadores ni jugadores que enseñaran eso. Ni siquiera televisión, claro. Era una completa oscuridad en ese sentido. Yo tuve la suerte de tener una tía que vivía en New Jersey, que me envió una grabación en el año 1955. No tenía cámara ni nada parecido, pero sí un amigo que era operario en un cine local, y le pedí que me la enseñara. Entonces descubrí a Bob Cousy driblando rivales, o dando pases sin mirar al receptor. Era algo impensable para mí. Aluciné con lo que vi. Estuve un año yendo casi cada mañana a ese cine para verlo y tratar de copiarlo. En el fondo, fui un autodidacta del baloncesto, y es un hecho que fui el primer europeo en copiar a Cousy, no por ser el más listo, sino por tener la fortuna de conseguir esa grabación". Desde 1958 a 1967, Djerdja formó parte de la selección yugoslava en 103 veces. Serían subcampeones mundiales ya en Río de Janeiro en 1963 y en Montevideo cuatro años más tarde, en los albores de la época dorada del baloncesto plavi (azul).

Luces en lo deportivo que no se reflejaban en el día a día, por más que las consciencias a veces pesaran. A Djerdja se le turba la mirada: "¿Cómo no iba a jugar por la selección? Yo no era el único que tenía problemas, pero en la selección no podíamos hablar de ello. Eso lo hacemos ahora. Cuando ganamos la plata en 1963, tras ganar por primera vez a Estados Unidos, nos recibió Tito en Belgrado. Imagínese, eso nos glorificaba a ojos del país. Pero entonces había temas tabú que yo le cuento ahora. Derrumbaron la casa de mi padre, nos expropiaron unos terrenos sin preguntar nada. Había que callarse y ya está. El padre de Radivoj Korac era preso político y estuvo tres años haciendo trabajos forzados en Goli Otok –una árida isla del norte del Adriático que contuvo entre 1949 y 1989 una prisión considerada hoy lo más parecido a un gulag fuera de la Unión Soviética- . El padre de Bora Stankovic, el que fue Secretario General de la FIBA, también fue fusilado. Es difícil que usted entienda lo que era la represión en aquella época. Mi padre estuvo en la cárcel 4 años, yo era hijo de un enemigo del estado. Pasé por aquello y hoy, con 80 años, me sigo sintiendo maltratado", recuerda hoy el mítico jugador, dolido por las peculiaridades que le supusieron ser un deportista amateur en la Yugoslavia socialista, por mor de ciertas características específicas del antiguo estado balcánico.

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Josip Djerdja señala unas fotos antiguas durante la entrevista con LD. | Archivo

"Jugué en Zadar 20 años, y el club no me dio nada, ni una bicicleta. Gané mi dinero fuera de Yugoslavia. Aquí todos los deportes eran amateur, sólo el fútbol permitía ganar dinero, pero el partido comunista daba dinero por debajo de la mesa a algunos deportistas, o les regalaba un piso. Pero claro, a mí no me daban nada por mis orígenes. Fíjese, en 1967 firmé un contrato profesional con el Cantú italiano, por cuatro temporadas. A otros 6 jugadores la federación les dejó salir a jugar fuera, entre otros a Korac. A mí no, porque me consideraban amateur. Nunca jugué como profesional fuera de Yugoslavia, no me dejaron. Sólo podía huir del país, pero no quise porque no entendí el motivo por el que tenía que marcharme de mi país sin haber robado ni matado a nadie. Era un jugador de alto nivel, en 1968 fui capitán de la selección europea, pero no me dejaron porque el deporte yugoslavo tenía intereses de fuerza mayor", expone. De hecho, Borislav Stankovic le ofreció la posibilidad de nacionalizarse italiano para poder jugar en el Cantú sin problemas. Pero el hecho de tener que renunciar a la nacionalidad yugoslava hizo a Djerdja desestimarlo.

Más tarde si jugaría en Italia, concretamente en Gorizia, pero nunca lo hizo como profesional. Ayudó al equipo a ascender a la primera división, y terminó entrenando en el mismo club, produciéndose entonces otra situación imposible en el deporte actual. "Acepté ser el entrenador porque no podía dejar pasar esa oportunidad de ganar dinero, ya que como jugador no podía. En 1970, el Zadar jugaba la Copa de Europa, y me pidió que fichara para ayudarles. Así que compatibilicé el puesto de entrenador en Italia mientras jugaba de nuevo en Zadar. No creo que nadie haya hecho nunca algo así", subraya, entre media sonrisa irónica.

Tras su regreso lograría dos nuevos títulos yugoslavos con su club de siempre (1974 y 75), a sumar a los dos obtenidos en 1965 y 67, cuando el Zadar logró romper la hegemonía de los eslovenos del Olimpija Ljubljana y los serbios del OKK Belgrado, dominadores de la época hasta entonces. En esos cuatro trofeos nacionales con el Zadar, nadie puede olvidar la pareja que formó con Kresimir Cosic, para muchos el primer gran pívot moderno. `Kreso´, once años más joven que Djerdja, fue rápidamente acogido en su seno por éste, cercano observador de la explosión de un jugador de 211 centímetros capaz de jugar casi en cualquier posición en la cancha, hecho impensable en la década de los 60. "Recuerdo que cuando tenía 14 años pasó por un programa de selección de talentos. Tenía unas piernas muy delgadas, medía 2´05 metros y pesaba 72 kilos. No quería quitarse los pantalones largos porque le daba vergüenza de que el resto de niños le llamaran cruelmente `Auschwitz´. Estuvieron a punto de descartarlo, pero le dije al profesor Leonard Bajlo que le dejara jugar, que iba a ser un gran jugador. Que él le enseñara la parte física, y yo le enseñaría la parte del baloncesto. Creo que, de no ser por mí, quizá Cosic nunca hubiera jugado al baloncesto".

El hecho es que, con 16 años, `Kreso´ ya formaba parte del primer equipo del Zadar, aunque años más tarde volvería a ser bancado por su padrino deportivo, cuando justo antes del Mundial de Montevideo, Djerdja amenazó con no acudir a la llamada plavi si Cosic no era convocado por Ranko Zeravica. "En principio lo descartó, pero le dije que si él no iba no iba yo. Me contesto que le estaba cuestionando su autoridad. Pero le dije que no era un tema de autoridad, sino que había elegido mal. Dos años más tarde, Kreso ya era el mejor jugador de Europa". Se vuelve a demostrar que Djerdja no sabe de paños calientes.

A modo de anécdota, otro de los pilares de aquel histórico KK Zadar era Marc Ostarcevic, ex marido de Norma Duval y más famoso en España por sus devaneos con la presa rosa que por su polifacético pasado deportivo. A Djerdja no le sorprende el destino de su ex compañero, al que "aquí le llamaban `el gitano´. Creo que sigue teniendo la misma vida. Era un chaval genial, pero un poco irresponsable. Se casó unas cuantas veces y creo que tiene ocho hijos", esboza entre sonrisas que ocultan alguna historia prohibida.

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Djerdja (izquierda), un tipo ácido y mordaz. | Archivo

Lo que no esconde Josip Djerdja son las huellas de un físico impresionante para un deportista forjado apenas en los primeros años de la segunda mitad del siglo XX, musculado como pocos entonces, algo de lo que sigue sacando pecho hoy: "mis pruebas de aptitud física eran excelentes", alardea. De hecho, su percha sigue siendo envidiable para haber superado los ochenta años, y aún es capaz de hacer el pino durante más de diez minutos seguidos. Ello le hace sentirse feliz "porque no poca gente de mi edad tiene dificultad para cruzar la calle, y yo aún puedo jugar al baloncesto". Cuestionado por la última vez que sudó sobre la cancha, sorprende de nuevo: "hace dos días, juego cinco veces en semana, con unos amigos de entre 40 y 60 años, pero yo tengo 80", sonríe.

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En esa reunión baloncestística que rezuma a aquel Zadar que fue poco menos que capital europea del baloncesto hace medio siglo. Djerdja hace gala de su deseable elasticidad, labrada también de forma autodidacta, como aquella imitación de Bob Cousy. "Tengo una rutina de estiramientos, siempre media hora antes de jugar. Si no, creo que me lesionaría". Lo que tampoco le falta a uno de los grandes bases de la historia yugoslava es memoria y heridas de un pasado aún latente. Lo demuestra por última vez cuando recuerda, sobre sus estiramientos, que "empecé a hacerlos en 1960, cuando los aprendí leyendo libros americanos sobre yoga. Y mire, se han hecho casi una ciencia. Pero ya sabe, yo iba a Belgrado y los hacía y ellos se reían de mí". Genio y figura.

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