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El Real Madrid derrota al Liverpool y aumenta su leyenda al levantar la decimotercera Champions League (3-1)

Una chilena de Bale puso el título en bandeja. El galés firmó un doblete y Benzema abrió la cuenta. Decimotercera Champions, tercera seguida.

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La otra chilena del siglo. | EFE

Cómo no te van a querer, si les has hecho felices por decimotercera vez. El Real Madrid es, de nuevo, campeón de la Champions League. Derrotaron al Liverpool por 3 a 1 gracias a los goles de Benzema y un doblete de Bale, dos jugadores cuestionados durante toda la temporada y que, irónicamente, han sido los héroes en la cita más importante del año. Este equipo, pese a tener fecha de caducidad, es inmortal. Han dado otro paso más en esas escaleras que empezaron a subir en Milán y que tienen como destino la gloria eterna. Suben cada año un escalón más complicado que el anterior mientras el resto de sus competidores, el mundo entero, les miran desde abajo, a mayor distancia y con el recelo lógico de quien siento admiración y celos.

Al escribir "Champions League" en cualquier buscador de internet, la primera sugerencia debería ser "Real Madrid". No lo es, pero debería serlo porque no hay otra opción desde hace más de hace 1.000 días. Nadie había conseguido dos seguidas y ahora son tres años consecutivos conquistando Europa. El Real Madrid es la envidia de todos los clubes del mundo. Esto es algo que muchos no querrán admitir de forma pública. Alegarán varios argumentos. Que ellos no son prepotentes, que no compran los títulos con dinero, que con la ayuda de los árbitros todo es más fácil e incluso algunos se agarrarán a unos supuestos sentimientos que son incomparables con el de cualquier otra afición. Excusas para no afirmar algo tan sencillo, obvio y evidente: todos querrían ganar tanto como el Real Madrid. Todos.

Milán, Cardiff y ahora Kiev. Se utilizará la palabra "inmejorable" para describir la gesta del Real Madrid. Pero, ¿estáis seguros de esto? A ver quién es el listo que les descarta para la final de la próxima temporada en el Wanda Metropolitano. "Hay que ir a por otra, tío". Ya lo dijeron Nacho y Carvajal tras conquistar la duodécima. Esta es la ambición que ha creado el Real Madrid desde la época de Di Stéfano, Gento y compañía y que ha llevado a su máximo esplendor Zidane al construir un grupo de hermanos que son, ya, parte de la eternidad. El resto de generaciones venideras oirán las gestas de Cristiano Ronaldo, Sergio Ramos y compañía. Son historia del Real Madrid y del fútbol. Es bastante probable que nunca veamos a un equipo tan dominante en Europa. Un equipo que, con insultante naturalidad, levanta una copa que la mayoría de futbolistas no ven ni de cerca.

Esta Champions League será recordada como la de las chilenas, la de Ronaldo en Turín y la de Bale en Kiev, y los errores garrafales de los porteros rivales del Real Madrid. Sven Ulriech, portero del Bayern de Munich, regalando un gol a Benzema. Karius, portero del Liverpool, regalando no uno, sino dos goles. Uno, otra vez ante Benzema, y el segundo a Bale. Son graves los dos pero sobre todo el primero en el que puede ser el más grande en la historia de las finales de la Champions League. Sacó con la mano desde su área y le dio la pelota a Benzema pensando que no metería el pie. El segundo fue también muy grave pero se ve en más ocasiones. Un disparo de Bale, fuerte pero muy lejano y al centro de la portería, acabó entrando mientras Karius ya iba tirándose al suelo con intención de cavar un agujero donde llorar tranquilo. Su actuación le va a perseguir toda su vida.

Zidane apostó por el once de Cardiff. Ni mucho menos funcionó igual. De hecho, el Liverpool fue mejor y generó más peligro hasta pasados los veinte minutos cuando se produjo la primera jugada crucial del encuentro. La lesión de Salah en una jugada fortuita con Ramos. Al egipcio se le salió el hombro y, con él, se fueron muchas posibilidades del Liverpool de conquistar el título. El equipo inglés cambió por completo. Es otro sin Salah. El sistema, al variar a un 4-4-2 y la mentalidad, al renunciar a la presión alta que estaba incomodando al Real Madrid. Ahí también se nota la profundidad de cada plantilla. Pueden elegir un jugador del Madrid, lesionarle y seguirán teniendo las mismas opciones.

No fue la final que muchos intuyeron. No fue ese partido loco lleno de ocasiones y goles. Todo lo contrario. Al descanso, cero a cero y salvo un disparo de Arnold, nada de nada. Tras el paso por vestuarios, un larguero de Isco y el primer error de Karius, el que abrió la lata de la diversión. Los dos equipos se soltaron el pelo. El Liverpool no tardó en contestar. A los pocos minutos empató Mané, el mejor de los ingleses, en un saque de esquina. El delantero africano tuvo luego un disparo al poste pero el Liverpool siempre estuvo a remolque desde la lesión de Salah.

Zidane fue determinante con el segundo cambio. Nacho entro por lesión de Carvajal y la primera permuta no obligada de Zidane, tuvo un efecto inmediato y determinante en el partido. Se fue Isco y entró Bale. Y llegó la obra de arte del galés. El gol que guardarán todos los madridistas en su memoria. Puede ser mejor que el de Zidane en la final de Glasgow. Marcelo centró y Bale voló para meter una chilena imparable para cualquier portero. El fútbol es maravilloso porque en Navidades, con la enésima lesión de Bale, nadie podía imaginarse un desenlace parecido. El gol fue un golpe de efecto para los dos equipos. El Madrid creció y el Liverpool se hundió. Y para rematar cualquier atisbo de remontada, apareció Karius.

El Real Madrid volvió a tocar el cielo. Se ha demostrado que esta plantilla tiene hambre. Sólo había una cosa segura tras el pitido final: que habría lágrimas. Con el Real Madrid es fácil intuir que serían de felicidad y no de tristeza.

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