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Antonio Bacchetti, el futbolista partisano del Nápoles

Fue un ídolo futbolístico. Fue partisano. Y fue un homicida. Una vida de muchas vidas. Un icono en la historia del Nápoles.

Fue un ídolo futbolístico. Fue partisano. Y fue un homicida. Una vida de muchas vidas. Un icono en la historia del Nápoles.
Antonio Bachhetti, durante su etapa como futbolista | Archivo

La historia de Antonio Toni Bacchetti es de aquellas que dan para muchos capítulos. Y muy variados. Aprovechando que esta noche se disputa el duelo entre el Real Madrid y el Nápoles de Champions, recuperamos su historia.

Porque fue un referente en los años 40 en el equipo partenopeo. Tanto, que hoyse le sigue recordando como gran futbolista. Pero igual de recordados son sus capítulos fuera del terreno de juego. Su etapa como partisano durante la Segunda Guerra Mundial, que le perseguiría para siempre. Y su trágico final, prácticamente en prisión, después de cometer un extraño y convulso homicidio.

Una vida, una historia, una carrera, que hoy sigue bien viva entre la afición y la leyenda del Nápoles.

Futbolista y partisano

Antonio Bacchetti nace en Codroipo, en la provincia de Udine, el 17 marzo de 1923. Sus inicios en el fútbol se dan en el barrio, en el Ricreatorio Brunetta primero, y en el Dopolavoro SAFREC después. Tras un breve paso por el sur de Italia, en 1942, con 19 años, regresa a Udine, para formar parte del primer equipo del Udinese, entonces en la Serie B.

En 1943 el país se paraliza por completo con la intensificación de la Segunda Guerra Mundial. La competición también. Aunque se disputarán diferentes campeonatos oficiosos divididos por regiones. Bacchetti jugará algunos partidos del Torneo Alta Italia con la Cormonense.

Pero su cabeza estaba en otro lado. O su necesidad. Con el nombre de batalla de Gianni, Bacchetti, junto a su hermano pequeño Germano, pasa a formar parte de la División Garibaldi ‘Natisone’.

Su rol consistirá básicamente en procurar comida para los partisanos que están en la montaña. Pero su autoridad y carácter le distinguen, y en apenas un mes es nombrado sargento mayor de la División. Su formación tendrá un papel importante de conexión y logística entre las brigadas que operan en las montañas del Véneto, Carnia y los Alpes Julianos.

Estrella del Nápoles

Terminada la Guerra, vuelve el fútbol. Y llegará el debut de Antonio Bacchetti en la máxima categoría del fútbol italiano. Lo hará en el Atalanta, donde marcará 4 goles. Es, según las crónicas de la época, un centrocampista técnico, elegante y con buen disparo.

Su siguiente paso será por la Lucchese, donde termina de explotar el joven futbolista, y firmará por el Inter de Milán. Un Inter que por aquel entonces se encuentra ya entre los más grandes del país, y donde coincidirá con futbolistas como Enzo Bearzot, Amedeo Amedei o Istvan Nyersperò. Ahí, no obstante, Toni no se adapta, y disputará tan solo cuatro partidos para salir rumbo al Brescia.

Su siguiente destino será el Nápoles. Y ahí Antonio Bacchetti demuestra que puede ser uno de los mejores futbolistas del país. En un equipo recién ascendido y con grandes ambiciones, se consolida como el ídolo de la afición.

Ayudan, por supuesto, sus cinco goles en los tres primeros meses de competición. También su peculiar estilo de correr, siempre con la cabeza erguida, lo que le valdrá para ser conocido con el sobrenombre de El camello. Y también algunas anécdotas protagonizadas, que le hacen ganarse el cariño de su afición. Como sus habituales visitas a los más necesitados de la ciudad para entregarles comida o ropa.

O como aquella ocasión en que desapareció del equipo. Instantes antes de arrancar el duelo entre el Nápoles y el Inter, todos buscan a Bacchetti. El altavoz del estadio informa de ello, como cuando un niño se pierde en un aeropuerto. Pero nunca se supo dónde estaba. Hay quien asegura que se infiltró, disfrazado, en la grada, para disfrutar del encuentro.

En cualquier caso, el equipo termina la liga en sexta posición. 10 goles llevan el sello de Bacchetti, que se cuela en el Panteón de los ídolos del Nápoles.

La siguiente temporada arranca por el mismo camino, con Bacchetti en el pleno de su madurez futbolística. Su nombre suena con fuerza para pasar a formar parte de la selección italiana, necesitada de revitalizarse después del fracaso en el Mundial de 1950, y de la tragedia de Superga.

Pero todo se derrumba en un instante…

El pasado partisano

El 1 de noviembre de 1951 Antonio Bacchetti es citado por un mandato del Ministerio Público de Udine para que se presente ante el Tribunal de Udine: se le acusa de un delito de asesinato.

Todo sucedió en marzo de 1944. Tal y como se relata en el libro Un calcio a la guerra, de Davide Grassi i Mauro Raimondi, Antonio Bacchetti caminaba por las montañas friulanas junto a su hermano Germano y otro partisano, Glauco Orselli, transportando a Antonio Comuzzi, capturado por su supuesta colaboración con los nazis. Deben llevarlo ante la presencia del comandante partisano Nonino. Pero poco antes de llegar, les informan de que éste ha tenido que huir.

Ante el temor de ser cazados por aquellos que habían hecho sobresaltarse al comandante, y ante el desconocimiento de qué hacer con Comuzzi, deciden dispararle, abandonarlo en el campo, y huir también.

El cadáver de Comuzzi será hallado casi un año después. Su familia denuncia a Antonio Bacchetti, a su hermano, a Orselli, y a otros dos miembros de la División Garibaldi Natisone, por haber secuestrado y asesinado a Comuzzi. Y después de años de investigaciones, se emite la citación. Aquel 1 de noviembre de 1951.

El proceso se desarrolla el 17 y 18 de diciembre. Bacchetti explica lo sucedido. El fiscal descarta que los acusados actuaran con ánimo de lucro o de venganza personal, y habiendo excluido el motivo de "un estallido violento y bestial", interpreta los hechos ocurridos dentro de la lógica de la guerra. Pero como nunca se pudo demostrar la colaboración de Comuzzi con los nazis, se consideró la ejecucuón "un exceso y, por tanto, un delito penal". Antonio Bacchetti -como el resto de acusados- serán condenados a "no proceder", puesto que el delito, dictado por un motivo político, debía considerarse extinguido por la amnistía.

La carrera truncada

En aquellos dos meses en que duró el proceso, Antonio Bacchetti no juega con el Nápoles. Y tras emitirse el veredicto, y a pesar de salir a salvo, quedará marcado para siempre.

Más aún teniendo en cuenta que el entrenador de aquel Nápoles, Eraldo Monzeglio, era amigo y fiel admirador de Benito Mussolini. ¿Cómo iba a permitir que siguiera jugando su futbolista tras descubrir todo aquello? ¿Cómo iba a continuar un partisano acusado de homicidio en un equipo dirigido por un seguidor de Mussolini?

Al finalizar la temporada, y tras no haber disputado ningún partido más, Antonio Bacchetti sale rumbo al Udinese, donde vivirá un descenso a la Serie B. Bacchetti continuará un año más en la Serie A, con el Torino, pero sin volver a brillar nunca.

Etiquetado como un peligroso sindicalista, Bacchetti no encuentra ya espacio en el fútbol de élite. Jugará algunas campañas más en divisiones inferiores, con el Crotone y el Cividale del Friuli, hasta su retirada en 1957, con 34 años.

El otro asesinato

Su vida continuará ligada al fútbol. Durante más de una década será dirigente del Esperia di Udine, un equipo amateur, en el que se centra sobre todo en el descubrimiento de jóvenes talentos de la zona.

Y precisamente aquello le terminará jugando una mala pasada. Afectado ya por una fuerte tuberculosis, se encontrará con un directivo de otro equipo de la región, Armando Lorenzutti, que no le paga las cifras acordadas por el desembarco de los jóvenes futbolistas descubiertos por Bacchetti.

Cansado de todo, en mayo de 1974 Bacchetti decide acudir a la oficina de Lorenzutti. Le exige que le pague todo lo que le debe. La discusión se acelera, los dos se ponen agresivos, y en un momento dado Toni le dispara, terminando con su vida.

Será arrestado y condenado a diez años de prisión. Pero le permiten salir a los cuatro años ante la gravedad de su enfermedad. Apenas unas semanas más tarde, el 9 de mayo de 1979, fallece.

Terminaba así una existencia frenética. Con tantas vidas dentro de una misma vida. Con dos homicidios, por motivos tan dispares, separados por 30 años. Y entre los que, aunque fuera por un breve periodo de tiempo, hizo soñar a los aficionados del Nápoles. Tanto, que hoy aún se sigue recordando la leyenda de El Camello.

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