Menú

Hipocresía florentina y el descaro de Isabel

Quizá Florentino no fuera exactamente un señor, sino alguien que había entendido durante décadas que las formas también son poder.

Quizá Florentino no fuera exactamente un señor, sino alguien que había entendido durante décadas que las formas también son poder.
Florentino Pérez y Ayuso, en el partido de la NFL celebrado en el Santiago Bernabéu | Europa Press

Si un hombre poderoso vive lo suficiente, suele emborronar su legado al menor contratiempo.

No parecía que fuera el caso del presidente del Real Madrid, Florentino Pérez. Durante décadas se había empeñado en aparecer como un hombre razonable, profesional y modesto. Hasta su rueda de prensa del martes. Acostumbrado a triunfar, las obras y los éxitos hablaban por sí mismos. Y su elegancia lo diferenciaba para bien de la competencia. Sobre todo, frente al bocazas de Joan Laporta, el presidente del Barça que utilizó y utiliza la entidad social más importante de Cataluña como la mayor plataforma independentista. De raza le venía al galgo. Ya de joven llegaba a las juergas con los amigos al grito de "¡puta Espanya!".

Le diferenciaba también de activistas como Laporta por no utilizar el victimismo, la persecución arbitral o los contubernios franquistas para justificar sus derrotas. Hasta el martes. En un instante cayó de bruces en todas esas melonadas. Y con el soporte de un canal propio detrás: Real Madrid TV. Como siempre lo ha tenido y tiene el Barça en Cataluña: TV3. Sólo que el primero es privado y TV3 la pagamos todos.

Para quienes sufrimos en el Principado esa soberbia cotidiana de quienes se creen sus dueños y tratan a la mayoría de ciudadanos españoles en Cataluña desde una insoportable hegemonía moral –como colonos, extranjeros o butiflers; o sea, traidores por ser, o a pesar de ser, ciudadanos con ocho apellidos catalanes–, ha sido una gran decepción.

Quizá Florentino no fuera exactamente un señor, sino alguien que había entendido durante décadas que las formas también son poder. Que la contención, incluso fingida, eleva más que el grito. Y precisamente por eso decepciona tanto verlo descender al barro del victimismo que antes parecía despreciar.

Frente a tanta tinta derramada estos días sobre el particular, me viene a la memoria la vieja dialéctica entre hipocresía y franqueza; entre la aparente amabilidad sin serlo y la brusquedad del matón. Del berzas, que dicen en mi pueblo. Y me refugio en el aforismo de François de La Rochefoucauld: "La hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud".

Y quizá por eso escribió semejante sentencia. Porque incluso el tramposo necesita fingir que cree en aquello que viola. Hasta el corrupto necesita disfrazarse de hombre honorable. La máscara moral ya implica una rendición parcial ante la superioridad del valor cívico.

¿La franqueza es la virtud por excelencia frente a la hipocresía? ¿O es ésta un signo inevitable de la civilización para que no nos partamos la cara en nombre de la verdad cruda? Quizá la civilización no sea más que eso: el delicado barniz de hipocresía necesario para impedir que la brutalidad natural de los hombres convierta cada desacuerdo en una guerra tribal. Quizá la hipocresía no sea siempre lo contrario de la virtud, sino el precio imperfecto que pagamos para poder convivir.

Aunque me repugnan los tramposos y los broncas, el Florentino educado –o hipócrita– era preferible al berzas de Laporta. Pero ahora, como dice el tango, "en el mismo lodo todos manoseaos".

Habría de volver al arte de la prudencia que tanto respeto le reportó en el pasado, porque basta un solo error para perder lo ganado con tantos aciertos. Y si se empecina, que eche una ojeada a la deslenguada de María Jesús Montero con aquel "accidente laboral" que hiere el alma.

¿Cómo encontrar la dosis exacta entre hipocresía y franqueza? Difícil equilibrio. Porque la hipocresía educada puede crear espacios de civilización sin necesidad de engañar groseramente; y la franqueza puede servir a la justicia sin necesidad de humillar. El problema es que rara vez comparecen puras. Casi siempre llegan mezcladas con el interés, la vanidad, el cálculo o la ira.

Y, sin embargo, llega un momento en que tanta diplomacia calculada, tanta corrección estratégica y tanta impostura institucional producen una fatiga moral que vuelve atractiva la franqueza descarnada, incluso cuando bordea la imprudencia.

Mientras escribía estas cavilaciones, Isabel Díaz Ayuso relataba sus cuitas en el México podemizado durante la entrevista que le hacía Federico Jiménez Losantos en esRadio, a propósito de su accidentado viaje con la inestimable colaboración del Gobierno español. Su descaro y su desparpajo, en medio de tanto cálculo y politiqueo de su propio partido y del resto de líderes políticos actuales, sonaban a agua limpia irrumpiendo sin miramientos en la pocilga de aguas estancadas y tramposas del sanchismo.

No sé si a Ayuso puede aplicársele esa fórmula de equilibrio que acabo de defender. Tal vez sí. Tal vez no. Juzguen ustedes mismos.

Porque al final no juzgamos igual la hipocresía elegante, que la franqueza brutal: las juzgamos según quién las pronuncie y contra quién se dirijan. Nuestras propias pasiones también nos ponen delante del espejo. Cada cual reflejándose en el suyo.

  1. Ayuso, tras el viaje a México: "Yo, por la libertad, aventuro la vida, pero no la de todo mi equipo".

  2. Ayuso: "Sheinbaum tenía una orden del Gobierno de España de reventar mi viaje a México".

  3. Ayuso: "Sánchez va a utilizar el dinero de todos para crear un estado de ánimo para 2027"

  4. Ayuso, a Montero: "Que sí, que vais a perder".

Temas

En Deportes

    Servicios

    • Oro Libertad
    • Curso
    • Inversión
    • Securitas
    • Buena Vida