
"No pasarán", decían los franceses y los afrancesados.
Pues hemos pasado. Con una lección de fútbol que se estudiará en las escuelas de fútbol urbi et orbi. Especialmente, la lección imperial de Rodri que convirtió el estadio de Dallas en Las Ventas, parando, templando y mandando como nos enseñó Belmonte.
Al final del partido, algunos franceses se mostraban aliviados ya que al menos no se tendrán que gastar una millonada en horas extras de antidisturbios para evitar que París arda. 14 de abril, París sigue valiendo una misa católica, pero no que la barbarie la arrase en nombre del multiculturalismo. Además, señalaban otros, se ahorran un discursito de Macron, que debe de ser como los inaguantables de Fidel Castro pero, encima, pedante y cursi como Versalles.
La selección de España juega, como Benzema, para los que saben de fútbol. Comandados por Rodri, al que le cabe el fútbol en la cabeza como a Hegel el Espíritu Absoluto, España, la Roja, los Hispanos, el equipo que el lehendakari no quiere que gane el Mundial —y mucho menos con goles de los vascos Oyarzabal, Merino, Zubimendi o Nico Williams y las paradas de Unai Simón—, realizaron un partido perfecto del primero al último, una IF (Inteligencia Futbolística) que ríete de Claude, Grok y Perplexity. Perplejos estaban los franceses y el resto del planeta fútbol viendo cómo los de De la Fuente desplumaban al gallo galo que se creía que iba a ser un Miura en la plaza de Dallas pero que acabó convertido en vaquilla de tentadero de cortijo.
En mitad del partido me llegó el meme que resumía mejor que cualquier crónica esta España bipolar: un Mariano Rajoy sonriente y en plan abuelete subiendo sobre sus hombros a un Keyne Yamal enfervorizado, el hermanito de tres años de Lamine que se ha hecho la imagen más viral del Mundial celebrando cada gol desde la grada como si fuese Manolo el del Bombo. El montaje tiene su gracia porque Rajoy se ha hecho célebre por la última de sus perlas de humor gallego, con retranca y mala follá, aunque esta vez le ha estallado en las manos al cuestionar la francesidad de los jugadores de Deschamps de origen africano, como si España compitiera en los Mundiales con once vástagos de Numancia y Francia tuviese la exclusiva de fichar a los nacidos fuera de sus fronteras étnicas. Se le olvidaba al prócer de Santiago de Compostela que el mejor jugador de la historia de la selección española nació en Buenos Aires y se llamaba Alfredo Di Stéfano. Es como si alguien defendiese que el gran cine clásico de Hollywood no lo habían hecho cineastas norteamericanos de pura cepa (protestante) refiriéndose a John Ford (católico de ascendencia irlandesa) o Frank Capra (católico de ascendencia italiana), por no hablar de Hitchcock (católico, inglés), Wilder (judío, austríaco) y Lang (católico, alemán).
Ese pequeño lapsus de memoria histórica es el que ahora carga a hombros, sin saberlo, el propio Rajoy en el meme. Porque Keyne, hijo de Sheila Ebana, la madre ecuatoguineana de Lamine, es exactamente el tipo de crío cuya españolidad los de ocho apellidos españoles —incluyendo Puigdemont, Arzallus y, claro, Rajoy— habrían puesto en duda si su hermano fallase un penalti en vez de driblar a medio mundo —no está teniendo sus mejores noches, pero el chaval de Esplugas de Llobregat lo intenta—. La pureza de la camiseta, como la pureza de la sangre, solo se invoca cuando se pierde; cuando se gana, hasta el más rancio se sube al carro y se echa a hombros al niño que mejor la representa. El mundo espera en vilo el próximo artículo de Rajoy en el que hará una gracieta de las suyas sobre el apellido de nuestro último flamante goleador Pedro Porro.
En la final, ante los descendientes del antiguo Virreinato del Río de la Plata o la pérfida Albión, la España de Mariano Rajoy y la de Keyne Yamal deben unirse en un solo grito futbolístico: "¡Santiago, y cierra España!", que no significa que España deba cerrarse a los que tengan ascendencia extranjera —marroquí (Lamine), francesa (Laporte), ghanesa (Williams)—, sino que han de mantener prietas las filas, jugar al primer toque y lanzar ataques fulgurantes de manera que el fútbol pase a ser definido como ese deporte que inventaron los ingleses, juegan 11 contra 11 y siempre gana España.
