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De hombres, de nombres y de Luis Aragonés

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Da toda la impresión de que el señor Del Bosque selecciona a los miembros de nuestro equipo nacional (y hasta nacionalista, por no pecar de estrecho) con el mismo criterio que las lagartas de postín se decantaban por un pipiolo u otro en el momento cumbre de sorberles el seso. "Lo esencial son los nombres, no los hombres", aseguraban conjugando el pedigrí con la cartera y situando el interés sobre las apetencias. A Del Bosque los nombres se los dicta esa prensa que forja, en titulares, títulos de nobleza. Esa que mercadea con leyendas (ahí es nada: leyendas) que han remendado en los despachos tras romperse en el césped. Esa, en fin, que dispone lo que el marqués de la pachorra propone y alinea.

Los nombres, sin embargo, cumplen sobre el papel porque el papel lo aguanta todo pese a que cada día pinte menos. Mas luego, sobre el campo, cuando llega la hora de meter la pierna, hay que contar con hombres, no con nombres, que se dejen el alma para reeditar un sueño. Y conviene, por tanto, que un conductor de hombres, como aquel Menelao al que cantaba Homero, les lleve a la batalla sin remilgos y sin ponerle trabas al ardor guerrero. Alguien que no bostece en mitad de un encuentro, que vocifere si los suyos le dan cuartelillo al muermo, que en lugar de esconderse tras su selvático entrecejo, exija intensidad, tensión, crujir de dientes. Alguien, en suma, que en vez de suplir con nombres el declive imparable de un sistema de juego, coloque a cada hombre donde mejor se desenvuelva.

Lasciate ogni speranza… El beato marqués, a divino no llega, tuvo la inmensa suerte (la potra, según cuentan) de asumir el legado que Luis Aragonés le dejó al retirarse de la mesa de juego. Los bajitos, el toque, los pases entre líneas, los laterales dos en uno acuchillando los extremos… El santo y seña, o sea, del milagro español, la clave del prestigio que todavía nos sustenta, es propiedad de un personaje inolvidable que, en éste corral de cuernos, ha sido pasto de la amnesia. Quizá porque fue el míster que condenó a Raúl a destilar la mala baba en el baúl de los recuerdos. Quizá porque tenía una lengua muy larga y la corrección política le caía muy lejos. O quizá porque él, a diferencia de Del Bosque, sabía motivar a un delantero centro:

"Salga usted ahí fuera -le ordenó al Niño Torres la noche que dejamos a Europa boquiabierta- y pague a su país lo que le debe". ¡Qué grande Zapatones! ¡Qué sabio el de Hortaleza! Y pensar que hoy en día que silben a Piqué ha hecho que el marqués decrete una alerta ética...

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