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Apuntes sobre lo de Florentino

Pocas profesiones tienen la capacidad de gregarismo acrítico y repetición automática del periodismo.

Pocas profesiones tienen la capacidad de gregarismo acrítico y repetición automática del periodismo.
El presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, en el palco antes del partido de LaLiga entre el Real Madrid y el Real Oviedo | EFE

Florentino Pérez dio el otro día una rueda de prensa tempestuosa que ha dado pie a innumerables reacciones dentro y fuera de España. Como ocurre siempre con lo que se hace noticia, lo que en un principio eran percepciones y opiniones personales se fosilizan en narrativas que los periodistas repiten como loros bien adiestrados. Pocas profesiones tienen esa capacidad de gregarismo acrítico y repetición automática. Aunque también es posible que sea un rasgo humano general más visible en ellos porque son los que más usan el micrófono.

Una de estas narrativas se centra en la supuesta senilidad que habría demostrado Florentino al quedarse a gusto. Muchos de los periodistas que difunden ahora esa idea pretendieron durante años que no había ningún problema con Biden. Todos los vídeos que le mostraban aturdido y desorientado eran desinformación, manipulaciones de pseudomedios y podcasters sin escrúpulos que habían cortado el vídeo justo cuando el deambular sin rumbo de Biden encontraba su explicación al final.

Como en la célebre huida de cuadro en una cumbre del G7, que los guardianes de la ortodoxia política y mediática nos explicaron como un gesto amable de un presidente perfectamente lúcido hacia los paracaidistas a cargo de la demostración aérea del acto.

Después de aquel debate con Trump, al New York Times y a otros medios de referencia, todos de EEUU y quizá alguno británico, les dio vergüenza seguir diciendo que Biden estaba bien. Se dio permiso entonces para decir lo que era evidente para todos. Y ya nuestros periodistas empezaron a decir lo que hasta esa noche era una maldad de la extrema derecha mentirosa y edadista.

Muchos de esos periodistas que tardaron lo que quisieron CNN y el New York Times en darse cuenta de la disminución evidente de las capacidades cognitivas de Biden, decíamos, ven ahora una manifestación evidente de senilidad en el despliegue de energía y vehemencia que dio el otro día Florentino.

Es verdad que dicen estar viendo un tipo de senilidad distinta a la que al final acabaron reconociendo en Biden. Porque la senilidad que le achacan a Florentino es la que se traduce en incontinencia, en vez de en sopor, confusión y aturdimiento. La de Florentino, dicen los mismos proponentes del diagnóstico, es una senilidad como la que también se le achaca a Trump.

Vayamos pues a juzgar los méritos del diagnóstico. Se ha dicho que la intervención ante los medios de Florentino se caracterizó por su falta de articulación y coherencia, pero yo la definiría más bien como emocional y vehemente. Que estas dos últimas cualidades se confunden cada vez más con las dos primeras dice más del receptor del mensaje que de quien lo emite.

El periodista y el consumidor tradicional de noticias y discursos públicos se han acostumbrado a la asepsia plana y vacía, y recibe cualquier alteración de la plantilla como un funcionario recibiría una solicitud de un ciudadano escrita en forma de ensayo en el reverso del folio del formulario.

Acostumbrado como está a la retórica hueca y prefabricada de políticos y futbolistas, el periodista debería salivar ante un aluvión de verdad como el que protagonizó Florentino. Pero igual que el enfermo se acostumbra a la comida de hospital y puede que le indigesten sus primeros cocidos, el observador de nuestra actualidad enlatada ha perdido el olor y el gusto. Y corre a buscar amparo en los tribunales de las formas, en los manuales de etiqueta o incluso de psiquiatría, cuando entra en el bosque no domesticado de gente que aún está viva como Florentino o Trump.

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