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Dorando Pietri, la leyenda del primer gran perdedor de la historia

Su llegada a meta fue agónica. Tuvieron que ayudarle para ganar una carrera épica. Poco después, fue descalificado. Pero Pietri ya era histórico.

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Dorando Pietri, exhausto, en el momento de cruzar la meta.

El atleta Dorando Pietri fue el gran héroe de los Juegos Olímpicos de 1908. Su imagen nada más concluir la prueba de maratón conmovió al mundo. Fue recibido por la Reina de Inglaterra. Invitado a partir de entonces a las mejores competiciones internacionales. Convertido para siempre en una de las grandes leyendas en la historia del olimpismo. Sin embargo, Pietri no había ganado. Había sido segundo. Y de manera trágica.

Dorando llegó a los Juegos de Londres con 23 años. Es a los 19 cuando comienza a tomarse el atletismo en serio. A esa edad llega a Carpi, el pueblo donde trabaja en una frutería, Pericle Pagnani, el más grande maratoniano italiano del momento, para dar una exhibición. Dorando se pone a su lado en la salida sin pedir permiso, y le acompaña hasta los kilómetros finales cuando, ante el enfado de éste, le deja ganar. A partir de esa carrera va creciendo en sus marcas. En 1905 vence en los treinta kilómetros de París y al año siguiente consigue su clasificación para los Juegos Olímpicos.

Un maratón para la historia

Y así llega al 24 de julio de 1908. Día del maratón de los Juegos Olímpicos de Londres. Desde antes de comenzar parecía claro que Dorando Pietri iba a ser uno de los grandes protagonistas de la carrera. Por sus resultados, por la fama que ya por entonces empezaba a crearse en torno a su leyenda y, obviamente, por su altura. 159 centímetros no son propios para un atleta. Tampoco para un maratoniano.

A las 14:33 arranca el maratón. Un maratón extraño, puesto que para cumplir con el recorrido, desde el castillo de Windsor hasta el palco presidencial del Estadio Olímpico, la distancia tiene que ampliarse, de los 40 kilómetros habituales hasta entonces, a 42'195. Desde ese momento, sin saber muy bien por qué, ésa fue establecida definitivamente y para siempre como la distancia oficial.

Desde el comienzo, el ritmo es altísimo. Los maratonianos ingleses, poco expertos en aquellos tiempos, comienzan al máximo de sus posibilidades con tal de brillar delante de la Princesa de Gales María de Teck, espectadora de lujo desde el Castillo. Eso, unido a las altas temperaturas, provoca que los 55 atletas iniciales vayan cayendo uno tras otro. Como una especie de carrera de eliminación. Ni la mitad llegaría a cruzar la línea de meta.

En el kilómetro 30, Dorando Pietri lanza un espectacular ataque, dejando a todos atrás. Alcanza y adelanta con notable superioridad a Hefferson, hasta el momento por delante, y se lanza directo a por el oro. Son algo más de diez kilómetros espectaculares, hasta el 41. En ese punto, el atleta italiano comienza a aminorar la marcha, fruto del terrible cansancio que padece. Su perseguidor, el estadounidense John Hayes, se encuentra a más de diez minutos. Así que es imposible que le alcance a falta sólo de un kilómetro.

Los últimos 500 metros Pietri comienza a caminar. No puede más. Y nada más entrar en el estadio llega el vía crucis para el italiano. Sin fuerzas, casi desmayado, toma la dirección equivocada, inconsciente de hacia donde va, dejando que las piernas, de cualquier manera, manden. Los jueces le detienen y le ponen en la dirección correcta; él a duras penas consigue avanzar. Comienza a tambalearse. De un lado a otro. Y a falta de 200 metros, se cae al suelo. Los jueces de la carrera y los médicos acuden en su ayuda, y le levantan. Anda unos cuantos pasos más, y vuelve a caerse. Vuelven a levantarlo. Y vuelve a caerse. Y vuelven a levantarlo. Así, hasta cinco veces. Finalmente, con el último resquicio de fuerza que podía quedar, y con la ayuda de los jueces, consigue romper la cinta de la meta corriendo. Y se deja caer al suelo. Más de nueve minutos para recorrer los últimos 350 metros.

El propio Pietri relataba días después en el Corriere della Sera qué le había ocurrido. "Iba primero. Sabía que podía disminuir la marcha, pero estoy tan lleno de furia que corro más deprisa. No sé frenarme. Voy mirando al frente, y no veo más que público y muchas curvas. De repente veo al fondo una masa gris. Es el estadio. Ya estoy ahí. Después, no recuerdo nada más".

Instantes después de aquella escena llega, en la segunda plaza, John Hayes. El equipo de Estados Unidos presenta de inmediato una queja. Alega que la victoria del italiano no ha sido justa, pues sin la ayuda de los jueces nunca hubiera llegado a cruzar la meta. Y obviamente le dan la razón. Pietri es descalificado, y el oro es para Hayes. Comienza, en ese mismo instante, la gloria del perdedor. Acaba de convertirse en mito.

Un perdedor convertido en leyenda

Porque la imagen de Pietri dando tumbos en el estadio, cruzando la meta al borde del fallecimiento, y perdiendo minutos después el oro, ya había calado. Muy hondo. Al día siguiente la gesta es narrada por Sir Arthur Conan Doyle en el Daily Mail. "Ningún romano antiguo supo lucir como él el laurel de la victoria en la frente. La gran hazaña del italiano no podrá ser nunca eliminada de los archivos del deporte, fuera cual fuera la decisión de los jueces".

Ese mismo día la Reina Alejandra solicita un encuentro con él y le entrega una copa de plata dorada, réplica de la destinada a los vencedores del maratón. Y Conan Doyle lanza una subscripción, en la que participa con cinco libras esterlinas, para ayudarle a abrir una panadería en Carpi.

A Dorando Pietri le comienzan a llegar ofertas económicas para participar en las principales maratones internacionales. De hecho, ese mismo año compite en el Maratón de Nueva York, en el que se impone a Hayes, el campeón olímpico, cumpliendo con su venganza. La carrera, disputada íntegramente en el Madison Square Garden -262 vueltas-, fue histórica: 20.000 espectadores presentes para ver el duelo, más otros 10.000 que tuvieron que quedarse sin billete y aguardar fuera.

En los años siguientes el maratoniano italiano no para de otorgar entrevistas. Recorre todo el mundo, de Buenos Aires a Göteborg, para correr maratones y ser utilizado como reclamo. Cosecha un premio tras otro, y en 1911 se retira con una buena fortuna acumulada que le permite regresar a Carpi a regentar sus negocios. Muere en Sanremo en 1942, tras sufrir un infarto. Pero Dorando Pietri ya es leyenda.

Sus gestas provocaron que el compositor estadounidense Irving Berlin, uno de los más importantes de principios del siglo XX, le dedicara una canción titulada Dorando. Más recientemente, de él se han escrito libros, como Il sogno del maratoneta (il romanzo di Dorando Pietri), ensayos como Scacco al maratoneta y canciones de grupos italianos, como A un passo del traguardo -A un paso de la meta de Tupamaros. Y en 2012 la RAI realizó una miniserie televisiva, titulada Il sogno del maratoneta, centrada en su figura.

Todo, por no haber ganado. Todo, por ser aquel que perdió, pero venció. Todo, por el capricho de la organización, que decidió que en lugar de terminar la carrera al llegar al estadio, se diera casi una vuelta entera (352 metros) para terminar delante del palco. Porque sin ese gesto hacia la Reina Alejandra, Dorando habría vencido el maratón, pues llegó al estadio con diez minutos de ventaja sobre el segundo.

Pero de así haber sido, seguro que no habría entrado en la historia de la manera en que lo hizo. Porque hoy, cuando se habla de maratón, cuando se habla de los más grandes, siempre viene a la cabeza el nombre de Spiridon Louis, el atleta griego que venció en la primera maratón olímpica en Atenas en 1896, por supuesto el de Abebe Bikila, que ganó descalzo en Roma 1960, y el de Dorando Pietri. El primer gran perdedor de la historia.

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