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Helsinki 1952: la venganza del finlandés volador

Nurmi, maltratado en Los Angeles 32, se tomó su particular revancha en unos Juegos muy bien cuidados y presentados, y que sirvieron de reconciliación.

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Helsinki 1952: la venganza del finlandés volador
Paavo Nurmi junto al pebetero. | Archivo

Finlandia fue durante la primera mitad del Siglo XX una de las grandes potencias deportivas del planeta. Por eso, cuando por fin le llegó la oportunidad de organizar unos Juegos Olímpicos, no escatimó en gastos de ningún tipo. No en vano, los de Helsinki del 52 fueron los Juegos más largos (del 19 de julio al 3 de agosto), más caros, y para muchos los de mayor éxito hasta Barcelona 92.

Eso sí, tuvieron el sello del carácter finlandés presente en todo momento: fueron unos Juegos muy amables, muy agradables para participantes y espectadores, y muy cuidados en todos los detalles; pero también unos Juegos Olímpicos repletos de pequeños mensajes de reivindicación.

La revancha de Nurmi

Sin duda, el más significativo de todos estos mensajes fue la revancha que consumó Paavo Nurmi, el finlandés volador. Hay que recordar que Nuurmi tuvo vetada su participación en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 32. El motivo, la denuncia de varios países sobre una supuesta profesionalidad del atleta, algo que estaba prohibido por entonces a la hora de competir en los Juegos.

Finlandia negó tal acusación, e inscribió a su atleta, aunque sólo se 'atrevió' a hacerlo en el maratón. Así, Nurmi viajó a Los Ángeles, pero el día antes de la ceremonia inaugural se le comunicó que no podría competir. El ganador de nueve medallas de oro y tres de plata, uno de los atletas más grandes de todos los tiempos, se despedía del olimpismo por la puerta de atrás. Así le habían obligado a hacerlo.

Por eso, en los Juegos de Helsinki, en su casa, se tomó una relativa venganza. A petición del Comité Olímpico Finlandés, y también del primer ministro –y expresidente de la Federación de Atletismo de Finlandia- Nurmi fue el encargado de llevar el fuego olímpico hasta el Estadio, un hecho que prácticamente nadie conocía hasta su entrada.

Cuando ésta se produjo, la afición enloqueció, con su manera de correr inconfundible, dando lugar a un enorme sentimiento nacionalista en el Estadio y en el país entero. Como relatan en Sports Illustrated, "su célebre zancada era inconfundible para los espectadores. Cuando apareció, las oleadas de gritos aumentaron de un rugido a un trueno. Cuando los equipos nacionales se congregaron en el campo y vieron la figura de Nurmi, rompieron filas como estudiantes emocionados, corriendo hacia el borde de la pista".

Unos Juegos para la paz

Los Juegos de Helsinki también significaron un importante paso hacia la paz mundial, al menos en el deporte. Se reincorporaron a la competición Alemania y Japón, 'castigados' en Londres cuatro años antes. Aunque lo más destacado fue el debut de la Unión Soviética.

En plena Guerra Fría, los soviéticos se dieron cuenta de la importancia de los Juegos como arma propagandística. Aunque se tomara sus recelos. Los atletas, por ejemplo, no podían 'mezclarse' con el resto, así que se instalaron en un recinto propio, a ocho kilómetros de la Villa Olímpica, rodeados de alambradas y con el paso prohibido al resto del mundo.

Supuso un gran enfrentamiento entre los dos bloques, Estados Unidos y URSS, durante toda la competición. Aquello fue beneficioso, y mucho, para el deporte: los americanos terminaron imponiéndose en el medallero con 76 conquistas, sólo cinco más que los soviéticos. Pero también propició la llegada de la Guerra Fría al deporte.

No obstante, el deshielo se produjo en la pista. Sobre todo, en el salto de pértiga, donde un pastor protestante, Bob Richards, se llevó la victoria en una final disputada entre tres norteamericanos y tres soviéticos que acabó con intercambio de abrazos entre todos ellos.

"Soy el único sacerdote del mundo que intenta llegar al cielo por sus propios méritos", afirmaría Richards tras la final. Aunque tanto podría referirse a sus impresionantes 4,56 de salto, como a su contribución a que se firmase la paz en el estadio.

La locomotora humana

Y como no podía ser de otra manera, en la tierra de Nurmi, en la tierra del medio fondo, el héroe de los Juegos fue un mediofondista que se convertiría en leyenda: Emil Zatopek. Ya había conquistado un oro y una plata en Londres, pero fue en Helsinki donde se consagró.

El atleta checo consiguió de nuevo el oro en el 10.000, y se tomó la revancha en el 5.000, en la que fue denominada "la carrera del siglo". No contento con eso, sorprendió a todos con su participación en la maratón, que disputaba por primera vez, y en la que también se llevó el oro.

Otro de los héroes de aquellos Juegos fueron el lanzador de peso estadounidense Parry O’Brien, quien consiguió la victoria sorprendiendo a todos con su peculiar estilo de lanzamiento: en lugar de comenzar de frente, arrancaba de espalda al círculo, giraba 180 grados, y usando la fuera del giro lanzaba el peso. Un estilo que poco después todos imitarían.

Y también hubo un gran espectáculo en el fútbol, no exento de polémica. Recordemos que no se permitía la presencia de deportistas profesionales, pero las ligas de los países del bloque del Este no se reconocían como profesionales, así que Hungría se proclamó campeona presentando un equipazo con jugadores de la talla de Puskas, Czibor o Kocsis.

En la final se impuso a la Yugoslavia de Vujadin Boskov por 2 a 0, con goles de Puskas y Czibor, mientras que Suecia se impuso a Alemania en la lucha por el bronce, estas dos selecciones sí formadas exclusivamente por futbolistas amateurs.

Una plata para España

España continuó en Helsinki con su paso por los Juegos Olímpicos con más pena que gloria. Tan solo envió a tierras finlandesas a treinta deportistas, número muy reducido en una competición que seguía creciendo en participantes a pasos agigantados.

Aún así, consiguió una medalla de plata en tiro de pistola. Lo hizo gracias al policía madrileño Ángel León, quien ya había sido sexto en Londres cuatro años antes.

Abanderados por el remero Luis Omedes Calonge, tampoco se obtuvo ningún diploma olímpico.

Los Juegos de Helsinki se clausuraron con la sensación de que habían sido los mejores hasta la fecha, con la limpieza por fin de que participaran todos aquellos países que así lo desearan, y con la retirada del octogenario Siggrid Edström al frente del Comité Olímpico Internacional, dejando al Olimpismo instaurado en su grandeza.

Sin embargo, pocos podían imaginar que estábamos a punto de entrar en una etapa tremendamente gris con el relevo de Edström por Avery Brundage, quien sometería al Olimpismo a su dictadura...

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