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Pyambuu Tuul, del desprecio a la gloria en el maratón olímpico de Barcelona 92

Fue último en la carrera, ni siquiera pudo entrar en el estadio, y fue vilipendiado por todos… No sabían que había sido ciego hasta un año antes.

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Fue último en la carrera, ni siquiera pudo entrar en el estadio, y fue vilipendiado por todos… No sabían que había sido ciego hasta un año antes.
Imagen del Estadi Olimpic de Montjuic, al que Tuul no pudo entrar, aunque poco le importó. | Archivo

Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. Prueba del maratón, quizá la más célebre de cuantas se celebran en unos Juegos en lo que a atletismo refiere. Pasan unos minutos de las diez de la noche y, aunque ya hace cuatro horas que ha comenzado la carrera, y casi dos horas de la llegada del vencedor, aún hay un atleta corriendo. Hace 56 minutos que ha llegado su antecesor. Pero él también quiere llegar a la meta.

La imagen es desoladora. Pyambuu Tuul, nacido en Mongolia 33 años atrás, sube la cuesta de Montjuïc casi andando, y prácticamente a oscuras, pues no estaba previsto que ningún corredor llegara de noche. Delante de él, un motorista y el coche de jueces abriéndole camino; detrás, veinte policías, dos ambulancias, el coche escoba, el de seguridad, un furgón policial, y más motoristas.

Cuando va a dirigirse al estadio le dicen que no. Que ahí ya están con la ceremonia de clausura, y que debe terminar en una pista de entrenamiento completamente vacía. Tuul no protesta, se dirige a la silenciosa meta, y se dispone a dar la vuelta y media que le solicitan para completar los 42,195 km de la prueba.

Lo hace sonriendo, a pesar de la indignación de los jueces por aquel retraso inesperado, por ver cómo el atleta llegaba feliz con esa la marca. Incluso un juez quiso ir más lejos y expulsarlo de la carrera en los últimos metros por mostrar una camiseta con el anagrama de su equipo de entrenamiento, interpretando que era una publicidad. No sería su única equivocación: también lo acusaba de haberse inscrito con una marca falsa, 2 horas y nueve minutos, cuando la realidad es que su ficha no incluía ninguna marca.

Pero a Tuul todo eso le daba igual. No entendía nada. Sólo obedecía, hasta llegar a la meta, o hasta donde le dijeron. Siempre con una sonrisa. Sonriente porque había bajado su marca personal, de 4 horas y cuatro minutos a 4 horas clavadas. Por cierto, convirtiéndose también en el primer mongol que completaba un maratón olímpico. Pero sobre todo sonriente por una historia que no se conocería hasta acabada la carrera.

El día más feliz de su vida

Al día siguiente, un periodista –de los pocos que siguió su llegada a meta– le preguntó si había sido el día más feliz de su vida. Y la respuesta le dejó descolocado. "Hasta hace poco más de un año estaba totalmente ciego. Me entrenaba gracias a la ayuda de unos amigos que me hacían de guía. Me operé y, después de 20 años, pude volver a ver. Por eso, hoy no es el día más feliz de mi vida. El día más feliz de mi vida fue cuando recuperé la vista y vi a mi mujer y a mis dos hijas por primera vez. Y eran muy hermosas".

Efectivamente, cuando tenía 19 años Pyambuu Tuul perdió la vista en un accidente de trabajo. Se sometió a varias operaciones sin éxito, así que asumió que no volvería a ver. Como le gustaba correr, pudo seguir haciéndolo gracias a la ayuda de algunos amigos. Y de hecho llegó a participar en diversas pruebas de atletismo para discapacitados, e incluso en el Maratón de Nueva York acompañado de un guía.

Fue precisamente en Nueva York donde el Achilles Track Club, club de atletismo fundado en 1983, le informó de la posibilidad de una operación para recuperar la vista. Tuul no se lo pensó y, en 1991, se desplazó de nuevo hasta la ciudad de los rascacielos para someterse a un trasplante de córnea. La intervención, llevada a cabo por el cirujano oftalmológico Richard Koplin, fue exitosa y, después de 13 años, Tuul volvió a ver.

Como agradecimiento, el mongol prometió correr y acabar el próximo maratón olímpico –en este caso tocaba Barcelona– por sí solo, sin necesidad de un guía. Y lo consiguió. Corrió no para ganar, sino para mucho más: demostrar que el ser humano tiene muchas posibilidades de alcanzar metas. De ahí que Tuul llegará hasta el final sonriendo. Pese a ser el último, pese a terminar en una pista vacía, sin gradas, sin ruido. Pese a que los jueces lo abroncaban. Pese a que nadie lo tuvo en cuenta. Porque lo que acababa de lograr era mucho más que una victoria olímpica: era una victoria de la vida humana.

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