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Ota Benga, la afrenta más vergonzosa en la historia de los Juegos Olímpicos

Durante los Juegos de San Luís 1904 se produjo una de las escenas más deplorables en la historia del deporte. Ota Benga fue uno de sus protagonistas.

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Durante los Juegos de San Luís 1904 se produjo una de las escenas más deplorables en la historia del deporte. Ota Benga fue uno de sus protagonistas.
Ota Benga, en la fotografía que acompañaba su jaula en el Museo Americano de Historia Natural | Wikipedia

"Qué suerte tenemos de haber nacido en Estados Unidos, y no en tierras lejanas donde los hombres y los monos siguen siendo casi lo mismo, donde el hombre no es hombre, sino un animal no desarrollado que sólo sirve para cazar y subir a los árboles". Algo así debían pensar quienes, en 1904, se acercaban al recinto de los denominados Antrophological Days a contemplar el bochornoso espectáculo que el Comité Olímpico Nacional había preparado durante la celebración de los Juegos Olímpicos de Estados Unidos.

Dos jornadas de vergonzoso racismo, en las que paralelamente a la competición en la que se debían lucir los mejores atletas del planeta, aquellos a quienes los estadounidenses consideraban como "seres primitivos" (negros africanos, indios sioux y de otras tribus, moros, patagones, sirios, o pigmeos) debían dejar en evidencia su inferioridad física y moral ante la cultura anglo-americana.

Era la manera perfecta, consideraban los organizadores de tal evento, William J. McGee y James Sullivan, figuras importantes en la antropología y en el deporte estadounidense respectivamente, de demostrar la inferioridad del mundo indígena. Con ello se pretendía demostrar su completa jerarquía racial.

No tuvieron en cuenta que pusieron a competir a individuos que jamás lo habían hecho, y además en deportes que ni tan siquiera habían oído hablar. Las carcajadas de los espectadores -muy numerosos- se desataban cuando, por ejemplo, uno de ellos era capaz de lanzar el peso a sólo tres metros, cuando en realidad era un ejercicio que estaban realizando por primera vez.

Para ‘compensar’, durante el segundo día de la bochornosa competición –por decirlo de alguna manera- estos seres salvajes, como les denominaban, practicaron deportes supuestamente más habituales para ellos. Por ejemplo, les hacían disparar flechas con arcos -posteriormente, deporte olímpico- o subirse a árboles en la menor brevedad posible.

El acto –recordemos, parte del programa de actividades de los Juegos Olímpicos de San Luis de 1904- ha significado el capítulo más grave que haya vivido jamás el movimiento olímpico. Eran otros tiempos, se trató de un hecho que hoy nos parecería inadmisible, pero no hay duda de que dejó marcado para siempre el espíritu del olimpismo. "Es una mascarada ultrajante" declaró entonces Pierre de Coubertin, verdadero impulsor de los inicios de los valores del olimpismo, para posteriormente pronunciar una frase profética: "Esto dejará de existir cuando estos negros, estos cobrizos, estos amarillos, aprendan a correr, a saltar, a lanzar, y dejen a los blancos que hoy les están humillando por detrás de ellos".

Ota Benga, uno de los exhibidos

Entre los diferentes seres inferiores o seres salvajes que fueron bochornosamente exhibidos durante aquellos Antrophological Days se encontraba un niño de origen pigmeo, de la tribu de los batwa, en el Congo. Ota Benga que en 1904 tenía 21 años, dos hijos, y hasta entonces soñaba con ser un día jefe de su grupo familiar, como sucedía desde hacía siglos en su tribu.

Pero entonces apareció en su vida Samuel Phillips Verner, un hombre de negocios norteamericano enviado a África por la Exposición Universal de St. Louis para recoger pigmeos y exhibirlos en los Antrophological Days. Cuando vio a Ota Benga tan negro, tan bajo, tan delgado, y con los dientes recortados en forma de punta, pensó que había encontrado aquello que había ido a buscar. Fue comprado como esclavo por un kilo de sal y un rollo de seda.

Benga, junto a otros africanos que habían sido trasladados como él a Estados Unidos, fue expuesto en los Antrophological Days de San Luis. La locura por ver aquellos salvages se desató, y el interés por Benga fue especial. Los espectadores incluso pagaban un plus de cinco céntimos por poder ver sus dientes. La historia que contaban sus promotores contribuía a ello: sus afilados dientes, según ellos, le servían para despedazar a bocados a sus víctimas.

Tras finalizar los Juegos de San Luis, Ota Benga fue trasladado de la mano de Samuel Phillips Verner al Museo Americano de Historia Natural, donde debía hacer las delicias de los visitantes fingiendo ser una especie de hombre-mono. De ahí pasó al zoo del Bronx, que tenía la intención de ampliar su exhibición de monos. A Benga se le permitía andar libremente por el zoo, para sorpresa de los turistas, pero debía dormir en la misma jaula que los monos.

"Pigmeo Africano Ota Benga, 23 años, altura de 4 pies y 11 pulgadas, peso de 103 libras. Traído desde la ribera del río Kasai, Estado Libre del Congo, Centro Sur de África por el Dr. Samuel Phillips Verner. Exhibido cada tarde durante septiembre", informaba el letrero ubicado frente a su jaula, según recordó el New York Times el 10 de septiembre de 1906.

Acosado por los visitantes, la conducta del congoleño se volvió violenta, lo que unido a las reacciones contrarias a su encarcelamiento que comenzaron a aparecer, provocó que en 1907 fuera liberado y puesto bajo la tutela del clérigo de la Iglesia afroamericana baptista James H. Gordon.

Ahí cambió de nuevo de manera drástica la vida de Ota Benta. Fue llevado a un orfanato, le enseñaron cómo comer y a hablar inglés, se devolvieron sus dientes a la forma originaria, y encontró un trabajo en una fábrica de tabaco donde rápidamente se granjeó la simpatía de sus compañeros, que comenzaron a llamarle 'Bingo'.

Pero no era su vida. Se encontraba atrapado en un mundo en el que no era el suyo, y con la imposibilidad de regresar a casa, pues el Congo estaba siendo víctima de uno de los colonialismos más crueles de la época de las manos del monarca belga Leopoldo II. En 1916, con 32 años y sintiéndose atrapado entre aquellos dos mundos, decidió que había llegado la hora final.

Según se relata en el libro de la periodista estadounidense Pamela Newkirk Spectacle: The astonishing life of Ota Benga, encendió un fuego ritual, bailó una danza tradicional, se arrancó las piezas dentales que le habían colocado, y se disparó un tiro en el corazón con una pistola que había robado.

Por cierto, durante aquellos Juegos de San Luís, durante aquellos días en los que la sociedad americana demostraba al mundo su superioridad ante lo que ellos consideraban razas salvajes, un negro, un salvaje, se llevaba dos medallas olímpicas. Se trataba de George Poage, hijo de esclavos nacido en Missouri en 1884, quien se llevaría la medalla de bronce en los 200 metros vallas y en los 400 metros vallas.

Eso, a pesar de que le solicitaron en más de una ocasión que se sumara al boicot que estaban realizando los africano-americanos a causa, precisamente, de aquellos Días Antopológicos. Probablemente, las medallas ganadas por Poage fueron la mejor manera de demostrarles que estaban muy equivocados.

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