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Alan Turing: la desconocida faceta de gran deportista del 'padre' de la computación

Además de uno de los padres fundadores de la informática, Alan Turing fue un magnífico maratoniano, hasta el punto de rozar la participación olímpica.

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Además de uno de los padres fundadores de la informática, Alan Turing fue un magnífico maratoniano, hasta el punto de rozar la participación olímpica.
Alan Turing, durante los campeonatos británicos amateurs de 1947. | Archivo

El 7 de junio de 1952 fallecía Alan Turing (Londres, 23 de junio de 1912). Lo hacía rodeado de misterio. Aparentemente un suicido, aunque las dudas perduran aún hoy. Sus últimos años habían resultado excesivamente duros. Condenado por su homosexualidad, a nadie pareció importarle que fuera uno de los grandes héroes de la Segunda Guerra Mundial. Que fuera el encargado, como se le ha atribuido en más de una ocasión, de salvar más de 10 millones de vidas gracias a su inteligencia, a su pericia, a su capacidad para descubrir –y descifrar– lo que nadie más era capaz.

Una faceta –y una tragedia personal– conocida a nivel mundial, y magníficamente retratada en la película Descifrando Enigma (2014).

Pero seguramente más desconocida para la mayor parte del público –en el film, de hecho, apenas se menciona– es su faceta como atleta. Como gran atleta, podría afirmarse. Hasta el punto de que se quedó a las puertas de participar en los Juegos Olímpicos de 1948.

Mens sana in corpore sano

Lo cierto es que a Turing le gustó correr ya desde pequeño. Y no sólo correr. Prácticamente cualquier deporte.

En unos años de infancia complicados, en los que era observado como un niño raro tanto por sus compañeros de colegio como por sus profesores del internado de Sherbourne, el deporte le permitía esa dosis de libertad que generalmente le vedaba su cabeza. Ciclismo, remo, alpinismo… y por supuesto el fútbol.

De hecho, se aficionó a las carreras después de una serie de jornadas en las que el mal tiempo había convertido el campo de fútbol del internado en impracticable, y los profesores habían mandado a los alumnos a dar vueltas corriendo para entretenerlos. Fue ahí cuando el joven Turing comprendió que aquella marcha le resultaba útil para relajarse, para despejar la mente, y para poner todo lo que por ella pasaba –que era mucho– en orden. Ya no pararía.

También el ajedrez, claro, formaba parte de sus rutinas deportivas. Según se recoge en Storie di Sport, junto a su amigo David Champernowne inventaron una nueva modalidad de ajedrez que combinaba mente y cuerpo como pocas: el jugador que movía ficha debía realizar de inmediato una vuelta a la casa corriendo; si al llegar de nuevo a su posición el oponente no había realizado su movimiento, el que acababa de llegar de correr tenía la posibilidad de realizar un nuevo movimiento, ejecutando así dos –o más– consecutivos.

El gran crecimiento

Alan Turing entró en la Universidad de Cambridge en 1931. Y ahí multiplicó las dos vertientes de su vida: de manera prominente, como es obvio, la de los estudios, pudiéndose dedicar por fin a todo aquello que le fascinaba; pero, paralelamente, también la atlética: no sólo no la aparcó cuando más debía estudiar, sino que cada vez fue prestándole mayor atención.

Turing tenía claro –y aplicaba– el principio mens sana in corpore sano. No concebía el uno sin el otro. Crecer en uno le permitía crecer en el otro. Prácticamente corría cada día. Aunque solo fuera por hacer el camino que le llevaba de Cambridge a su domicilio; un camino de casi 50 km entre la ida y la vuelta.

Un camino que en ocasiones también hacía en bicicleta, otra disciplina deportiva con la que gozaba. Tanto, que era habitual que sus vacaciones se organizaran en base a las rutas que podía recorrer en bici por Francia o Suiza.

El final de una Guerra

Tras licenciarse en 1934 continuó sus estudios en Princeton. Y en 1936 le fue concedido el Premio Smith por la invención de la Máquina de Turing; una máquina capaz de "implementar cualquier problema matemático expresado a través de un algoritmo".

Pero en sus avances en computación no fue en lo único que fue trascendental Alan Turing. Quizá, de hecho, su mayor gesta se produjo durante la Segunda Guerra Mundial. Podría afirmarse, sin riesgo a equivocarse, que su figura resultó crucial para cambiar el devenir de la guerra y del mundo entero.

Porque sólo él fue capaz de descifrar los mensajes secretos enviados entre los servicios secretos de la Alemania nazi. Turing creó su primera Bombe, un artilugio capaz de descifrar las miles de combinaciones cifradas que las autoridades alemanas enviaban para organizar sus ataques militares mediante sus máquinas Enigma. Con aquel descubrimiento, pues, se pudieron anticipar varios movimientos y ataques nazis. Se afirma que gracias al trabajo de Alan Turing la Segunda Guerra Mundial se acortó dos años, y se salvaron más de 10 millones de vidas.

Precursor de la informática moderna

Concluida la guerra Turing se dedicó al proyecto de su máquina universal, dando lugar al primer prototipo de Automatic Computer Engine (ACE). Y fue en ese periodo cuando más se avivó en él la pasión por el atletismo. Se inscribió en el Walton Athletic Club, donde nadie sabía quién era y sobre todo qué había hecho Alan Turing; sólo sabían que era un magnífico corredor. El mejor del equipo.

Llegaron las primeras victorias. Su nombre comenzó a aparecer en la prensa. Hasta que la publicación deportiva Athletics Weekly descubrió su historia: "El Atleta del Walton es el mismo doctor Turing que ha creado la máquina que piensa", tituló su reportaje.

Pero mientras todos quedaban sorprendidos por aquella revelación, Turing seguía mejorando sus marcas. En una carrera de diez millas en Londres terminó segundo, por detrás de Peter Dainty, un atleta de talla internacional.

Poco después se estrenaba en la distancia del maratón, en Rugby, y terminaba cuarto. La victoria en aquella carrera fue para Thomas Richards, quien se haría con la plata olímpica un año más tarde.

Tras aquel resultado, Turing se planteó un objetivo que no parecía desde luego inalcanzable: disputar los Juegos Olímpicos que un año después se celebrarían en casa, en Londres. Y, tras varios buenos resultados, a finales de aquel 1947 su nombre aparecía como uno de los grandes aspirantes a lograr el billete a la cita olímpica.

Multiplicó sus esfuerzos y sus entrenamientos con ese objetivo; pero aquello le generó diversos problemas físicos. Hasta que una lesión en la pierna le impidió participar en las últimas pruebas previas a los Juegos. Aquellas que, de cumplirse los pronósticos, le hubieran permitido participar en Londres. No logró nunca, como se ha afirmado en alguna ocasión, una clasificación directa; pero lo cierto es que vistos sus resultados y su progresión, era altamente probable que hubiera terminado participando en los Juegos del 48 de no ser por aquella lesión.

Más teniendo en cuenta que el argentino Delfo Cabrera se llevaría la medalla de oro en aquellos Juegos con un tiempo apenas 10 minutos inferior al que había logrado Alan Turing unos meses antes.

Aquel infortunio terminó por apagar la sed de competición de Alan Turing, que no obstante pudo continuar corriendo a modo de placer. A modo casi de necesidad para su figura: "Tengo un trabajo estresante, y la única forma de sobrellevarlo es liberando la mente mientras corro".

Una cruel muerte

Aquella lesión no fue, ni mucho menos, la mayor de las desgracias que le esperaban a Alan Turing. Mientras continuaba con sus avances e investigaciones, su propia denuncia de un robo en su casa terminó con las autoridades revelando una relación entre Turing y el ladrón. Una relación homosexual demasiado escabrosa para la Inglaterra de la época.

En el juicio por su homosexualidad Turing afirmó que no tenía nada de que arrepentirse, porque en sus actos no había nada malo. Fue condenado por conducta indecente y graves actos obscenos. Le dieron dos opciones para continuar con su vida: la castración química o la cadena perpetua. Optó por la primera, iniciando así una tortura en vida que le aplicaba la misma Inglaterra a la que él había salvado de la amenaza nazi.

Poco después, el 8 de junio de 1954, era hallado sin vida en su habitación. En su mano tenía una manzana mordida que, tras ser analizada, reflejó que contenía cianuro. No hizo falta más: la versión oficial apuntó al suicidio. Un suicidio que desde entonces ha sido puesto en entredicho, aportándose diversas hipótesis sobre lo realmente sucedido… y sobre el que aún hoy siguen existiendo muchas sombras sin aclarar.

No fue hasta muchos años más tarde –cuando se pudieron desclasificar los trabajos realizados por Alan Turing durante la Segunda Guerra Mundial–, que su gesta, su hazaña, fue descubierta por el mundo entero.

Y también su trágica muerte; su trágica tortura. El 10 de diciembre de 2009, 55 años después de su muerte, el gobierno británico trató de restituir su nombre. "De parte del gobierno británico, y de todos aquellos que viven libres gracias al trabajo de Alan, me siento orgulloso de decir: lo sentimos mucho, te merecías algo mejor", declararía el entonces primer ministro Gordon Brown.

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